Christopher Hitchens pensaba que todavía no había llegado el momento de escribir un libro con sus memorias, pero cuando se enteró de que en la exposición de fotografías "Martin Amis y sus amigos", presentada en la National Portrait Gallery de Londres, lo daban por muerto, decidió que ya era hora de poner en letra impresa sus vivencias. Pero el destino, que a veces es un bromista cruel, hizo que hace unas semanas Hitchens tuviera que suspender la gira promocional de su recién publicado libro de memorias "Hitch 22", para iniciar el tratamiento de un cáncer al esófago que le acaban de descubrir. Hitchens, o "The Hitch" como lo llaman sus amigos íntimos, es uno de los periodistas más famosos y controvertidos del mundo. A sus 61 años, es un personaje legendario que combina el espíritu de un revolucionario a contracorriente, el talento de un escritor ingenioso y paradójico, y cierta resistencia muy dandy a tomarse en serio. Su bien ganado prestigio de escritor combativo se basa en ataques memorables contra Henry Kissinger, la Madre Teresa de Calcuta, Bill Clinton, la izquierda internacional e incluso Dios, a quien le dedicó su libro más popular: "Dios no es bueno". Su celebridad también se sustenta en el entusiasmo por aparecer en televisión e intervenir en debates públicos, impulso que ha terminado por volverse casi un delirio exhibicionista que lo ha llevado a aparecer, en las páginas de la revista Vanity Fair, donde escribe regularmente, dando testimonio escrito y gráfico de una sesión de tortura a la que se sometió voluntariamente o de un tratamiento intensivo de belleza con resultados más bien cuestionables. El proceso incluyó el cambio de sus horribles dientes ingleses por una reluciente placa biónica y una dolorosa sesión de depilación radical. Su libro "Hitch 22", cuyo título alude a la novela "Catch 22", de Joseph Heller (un recuento autobiográfico de la II Guerra Mundial que describe cómo el exceso de entuertos burocráticos y de situaciones absurdas conducen a un callejón sin salida) está a medio camino entre la autobiografía y el ensayo político. La fisura que divide al libro y la propia vida de Hitchens es el atentado a las Torres Gemelas, cuando este trotskista considerado uno de los representantes más elocuentes de la izquierda internacional dio un inesperado giro hacia la derecha y apoyó el ataque de Estados Unidos a Irak. Una pirueta política que produjo un torrente de críticas en su contra: el escritor y periodista Tariq Ali, antiguo amigo suyo, planteó que Hitchens era una de las víctimas no declaradas del atentado y que quien circula bajo ese nombre era un impostor. Con el testimonio de su reacción ante estos atentados, Hitchens interrumpe su hasta entonces excelente recuento autobiográfico que corre en forma cronológica y que por momentos llega a ser emotivamente introspectivo, para iniciar un alegato contra todo el mundo que lo juzgó por su publicitada vuelta de chaqueta o por lo que el escritor Julian Barnes (otro ex amigo) llamó su "ritual desplazamiento hacia la derecha". La explicación para esta acalorada defensa personal está en uno de los capítulos mas extraños de "Hitch 22", que tiene un título que alude a Kipling y se llama "Algo" "de mi mismo "(como si alguna de las restantes páginas del libro fueran sobre algo distinto), en la que en un gesto de candoroso narcisismo se autoinflinge el famoso cuestionario de Proust. En un momento, el autor se pregunta: "¿Cuál es su idea de la felicidad en la Tierra?". Hitchens responde: "Ser reivindicado en vida". Esta inquietante idea de la felicidad terrenal, que según el mismo equivaldría a algo parecido a salirse siempre con la suya, es lo que domina casi toda la segunda parte del libro y la lápida que sepulta el proyecto autobiográfico. Lamentablemente, la felicidad del autor no coincide necesariamente con la de sus lectores y los primeros capítulos de "Hitch 22" son por lejos los mejores del libro, especialmente aquellos dedicados a la tragedia de sus padres, una familia de clase media que hizo el mayor esfuerzo para que su hijo tuviera la mejor educación posible. "Si existe algo parecido a la clase alta", dijo su madre Yvonne, "Christopher tiene que estar ahí". Yvonne murió en un pacto suicida con su amante, en un hotel en Atenas, mientras su padre, a quien Hitchens llama "el comandante", se fue hundiendo lentamente en la decepción y la melancolía. Tras este relato conmovedor, la narración de la vida de Hitchens se va entremezclando progresivamente con varios de los "grandes" acontecimientos políticos recientes (desde la Argentina de Videla hasta Polonia durante el comunismo), en un intento no del todo convincente por demostrar que él tuvo algo que ver con sus desenlaces. Hitchens no tiene el menor cuidado de esa prevención por evitar "dejar caer nombres". Al contrario, en estas páginas empuja una verdadera avalancha de personajes ilustres, partiendo por su círculo íntimo, los escritores Martin (Amis) o Salman (Rushdie), hasta una larga secuencia de apariciones incidentales de intelectuales eminentes, como Susan Sontag, Leszek Kolakowski o Isaiah Berlin. En ese sentido, "Hitch 22" vale más como testimonio de una trayectoria intelectual y política que como libro de recuerdos íntimos. El problema está en que el afán de Hitchens por hacerse justicia a sí mismo, dividiendo el mundo entre quienes están con él (héroes) y los que no (pusilánimes), puede terminar irritando al lector. Sin embargo, hay que aclarar que Hitchens podrá ser petulante y obsesivo, pero nunca tibio o aburrido. Su libro es sumamente inteligente y tiene la honestidad suficiente para demostrar que existe más de media docena de Christopher Hitchens: el revolucionario, el polemista de salón, el justiciero de las grandes causas, el héroe de guerra frustrado, el trepador, el ensayista brillante, el bufón, el cínico descreído. Todos ellos, tratando de hacerse un espacio a codazos dentro de un mismo cuerpo.