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Opinión / Pág. 48

Vértigo de mayoría

LA NUEVA candidatura de Allamand y el sorpresivo acuerdo de la oposición con RN para reformar el sistema electoral, desataron otra crisis interna al interior de la derecha, que sólo viene a debilitar más sus futuras opciones electorales, si es que acaso eso fuera posible. De hecho, a pocos les cabe duda de cuál será […]

por
Jorge Navarrete, abogado

LA NUEVA candidatura de Allamand y el sorpresivo acuerdo de la oposición con RN para reformar el sistema electoral, desataron otra crisis interna al interior de la derecha, que sólo viene a debilitar más sus futuras opciones electorales, si es que acaso eso fuera posible.


De hecho, a pocos les cabe duda de cuál será el resultado de la próxima elección presidencial. Sin desmerecer el desempeño que tendrán los candidatos que no pertenecen a los dos grandes bloques políticos, su incidencia electoral será determinante sólo para resolver si Bachelet triunfa en primera o segunda vuelta. Puestas así las cosas, creo que es posible interpretar mejor algunas de las señales que ha dado la candidata de la Nueva Mayoría.


La primera fue descartar el procedimiento de la asamblea constituyente. Pese a todos los esfuerzos por recordar que ella jamás adhirió explícitamente a dicha opción, lo que política y comunicacionalmente se leyó es que se retrocedía respecto de la expectativa pública generada en torno a cuál sería su decisión. Sin ir más lejos, durante estos meses se había alimentado un discurso que ponía los énfasis en las insalvables dificultades para abordar institucionalmente este anhelo, especialmente referido a los altos quórum para modificar la Constitución y cómo esto subsidiaba el ilegítimo derecho a veto que una minoría podía ejercer en el Parlamento.


Una segunda señal es la nómina de personas que recién incorporó a su comando. Se trata de profesionales de gran competencia técnica, que aunque con disímil experiencia en el sector público, tienen todos algo en común: son políticamente moderados e ideológicamente contenidos. Y aunque podría echarse mano a la explicación de que después del resultado de esta primaria los candidatos electos deben conquistar el tan manoseado “centro político”, incorporando a figuras representativas de las fuerzas o partidos que resultaron derrotados, tengo la impresión de que también podemos sumar una razón más profunda que explica estos gestos y otros que vendrán.


Más allá del esfuerzo por mostrar nuevos rostros y muchos jóvenes, pareciera que persigue a la Nueva Mayoría un “ethos de la precaución”, que quizás proviene de los miedos y traumas de una generación que pagó muy caro por sus licencias del pasado y cuya convivencia en democracia estuvo oportunamente enmarcada en la lógica de la transacción. De hecho, no hay un verdadero dilema entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, cuando estamos convenientemente obligados a ambas. Y avizorándose la posibilidad de una amplia mayoría en las dos cámaras, que estamos más cerca del ocaso del binominal y que, por lo tanto, se derriban varios de los muros que impedían se desplegara cabalmente un ideario, no es descabellado pensar que, en algo que está más cerca de la psicología política y social, para muchos existe la necesidad de establecer ahora esos controles y contención en el propio frente interno.


Al igual que ese animal que padeció un cautiverio prolongado y que se niega a salir de su celda pese a que nadie se lo impide, no sería extraño que algo similar ocurriera con una generación que, para gobernar estas décadas, pagó el costo de hacer como que no habían ganado.