*

Edición Impresa Cambiar fecha
/ Pág. 56

Tito Matamala revive su odisea después del terremoto en nuevo libro

Tras el 27-F, Matamala dejó por un mes su casa en Concepción. Son estos agitados y aterradores días los que cuenta en el libro La noche de los muertos vivientes.

por
Roberto Careaga
Tito Matamala revive su odisea después del terremoto en nuevo libro

No quiso mirarlos a los ojos, pero se paseó entre ellos. La mañana del domingo 1 de marzo de 2010, Tito Matamala avanzó lentamente en su bicicleta por los alrededores del tradicional supermercado Mei, de Chiguayante. Esquivó las decenas de botellas vacías de cerveza y pisco, y alcanzó a ver a los saqueadores llevándose las últimas cosas de la tienda. En medio de la multitud de delincuentes, un viejo sin dientes, borracho, que empuñaba una botella de Escudo vacía, dijo: “Ya no queda ni una huevá”. Esa mañana, un día después del brutal terremoto del 27 de febrero, Matamala había salido a buscar algún diario, pero se encontró con la noticia de frente: “El salvajismo se había apoderado de las calles de Concepción”.


Fueron días intensos, tristes y aterradores. Para Chile y también para Matamala. El escritor y dibujante vivió el terremoto en su departamento en Concepción, en un quinto piso. Aterrado y en shock, esa misma madrugada arrancó en bicicleta a Chiguayante, donde unos buenos amigos, y recién el 1 de abril pudo volver a su casa. La crónica de Matamala sobre esos días agitados es un relato emotivo y angustiante, pero con algo de humor: la historia personal del miedo de un “cobarde confeso”. El texto se llama La noche de los muertos vivientes y domina el nuevo libro homónimo de Matamala.


Publicado esta semana por Lolita Editores, nuevo sello dirigido por Francisco Mouat, el libro de Matamala recoge también otras crónicas definidas en el subtítulo como “locas historias de la prensa y el periodismo”. Ahí está, por ejemplo, la trastienda de su novela De cómo llegué a trabajar para Carlos Cardoen (1996) o del efímero diario de Concepción Hora 12. Por supuesto, las 100 páginas (de las 200 del libro) que ocupa la crónica sobre el terremoto son lo más sorprendente del volumen.


La edad de piedra


Alrededor de las siete de la mañana del sábado 28 de febrero, Matamala esquivaba escombros y automovilistas histéricos en una Oxford aro 26. Llevaba una camisa verde manzana y unos jeans negros que no se sacaría en cinco días. Recorría los 15 kilómetros entre su casa y Chiguayante, donde viven los Farfán, quienes lo acogieron. Iba tan asustado que su “futuro se desdibujaba por completo”. Ahí, en la bicicleta, fue la primera vez que se le pasó por la cabeza escribir el texto que ahora publica.


Pero el primer ensayo fue al teléfono: el martes 3 de marzo, “después de presenciar como desaparecía la condición humana” en Concepción, Matamala le contó a La Tercera su experiencia en el terremoto. Ahí mencionó que la ciudad se parecía a la película de zombies de George Romero: La noche de los muertos vivientes. Matamala hablaba desde un claro de paz en Curicó, pero provenía de algo parecido al infierno.


Instalado en la casa de los Farfán en Chiguayante, el mismo sábado del terremoto, Matamala se paseó por el centro de Concepción. “La ciudad sufría un trance catatónico, pocos podían todavía entender las dimensiones de la tragedia”, anota. Sacó cosas básicas de su departamento y volvió a su refugio. No tenían electricidad, ni agua, ni señal de celulares. Se quedaron hasta la madrugada rodeando una fogata donde hicieron un asado. No sabían: afuera había empezado el pillaje.


El domingo, Matamala vio los saqueos en Chiguayante y en Concepción. Vio a “rufianes” y gente linda ABC1″ llevándose cajas de Chivas Reagal. Vio supermercados en llamas y bencineras desabastecidas por los ladrones. “Habíamos regresado a la edad de piedra”, anota. “Lo peor del saqueo vendría esa noche. No se salvó ningún supermercado, ninguna farmacia, ningún cajero automático. Ningún puesto de abarrotes ni botillería”, agrega.


El lunes, sigue Matamala, el “saqueo había borrado los rasgos de civilización”. Antes de que los vecinos de Chiguayante se armaran con machetes y palas para defenderse de los posibles saqueadores, el escritor se subió a un auto y viajó hasta Curicó a comprobar que su familia estaba bien. Fue un viaje lleno de desvíos y tacos: demoraron siete horas en recorrer 120 kilómetros. Curicó era un paraíso comparado con Concepción: “Había iluminación, semáforos, algunos boliches abiertos y un aire de desentendimiento total de la tragedia de la cual nosotros veníamos huyendo”, anota.


Regresó a Concepción cargado de comida, petróleo y dinero en efectivo. En las semanas siguientes, Tito pasó el miedo sacando fotos en la ciudad, moviéndose en bicicleta, escribiendo esporádicamente para la prensa y bebiendo un poco más de alcohol de lo normal. Sus amigos le llamaban “Sus-Tito Matamala”. Todo había cambiado.


Pero antes había llegado a pensar lo contrario: minutos después del terremoto, en la calle junto a sus vecinos iluminados por las explosiones del incendio de la Facultad de Química de la Universidad de Concepción, creyó que en dos días más volvería a su departamento y se dormiría viendo los informes del terremoto por televisión. “Error”.