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Reportajes / Pág. 17

Sensación térmica

No siempre la sensación térmica que experimentamos corresponde a lo que marca el termómetro, la sensación que percibimos puede ser más alta o más baja dependiendo de la temperatura seca, de la temperatura radiante, de la velocidad o de la humedad del aire. Podemos sentir más frío del que realmente hace y también más calor. […]

por
Ernesto Ottone

No siempre la sensación térmica que experimentamos corresponde a lo que marca el termómetro, la sensación que percibimos puede ser más alta o más baja dependiendo de la temperatura seca, de la temperatura radiante, de la velocidad o de la humedad del aire.


Podemos sentir más frío del que realmente hace y también más calor.


Algo similar sucede con las percepciones sociales y políticas, podemos pensar que las cosas están más mal de lo que están, y cuando ello sucede podemos extender un juicio negativo a todo lo que acontece.


Llevados por ese estado de ánimo, podemos desarrollar una implacable crítica, ver todo negro y perder la capacidad de valorar las cosas positivas que también son parte de la realidad.


Algo de eso reflejan las últimas encuestas de opinión pública que hemos conocido.


En ellas, el gobierno y la Presidenta muestran un rechazo homérico y un apoyo raquítico.


De las áreas de gestión gubernamental se salvan apenas las tradicionalmente mejor evaluadas y de las reformas no se salva ninguna.


Si a aquello le sumamos las opiniones sobre el Congreso y los bloques políticos, no queda títere con cabeza en el sistema político.


Parecería que estamos en un país que experimenta una crisis profunda, casi cercana a la disolución social.


¿Es esa la situación del país? ¿Es ese el gobierno que tenemos?


Creo que no, que la sensación térmica reflejada en las encuestas nos está traicionando y andamos pasando más calor del que realmente hace.


Por supuesto que estamos atravesando por muchos problemas y se han cometido no pocos errores. Han pasado y están pasando muchas cosas feas y existen más incertidumbres de las que deberían existir.


No hay que ser un obsesivo partidario del orden para darse cuenta de que hay exceso de desorden.


Pero todo ello no nos convierte en un país en crisis y en proceso de disolución social, como parecieran estar convencidas algunas voces machaconas y estentóreas que navegan con soltura en el discurso apocalíptico y gustan de expandir el lodo todo lo que se pueda.


Chile no está paralizado, tampoco tiene una economía devastada cuyos fundamentos sanos han desaparecido.


Está creciendo poco, menos de lo que necesitamos, pero por sobre el promedio latinoamericano; hay demasiada agitación corporativa, pero no es un país incendiado carente de paz social; su institucionalidad continúa funcionando y nadie está sobre la ley.


El Banco Central nos dice sin pelos en la lengua la situación de la economía, lo mismo hace el ministro de Hacienda. Las metidas de pata salen a la luz y son criticadas hasta el exceso.


Vale decir, atravesamos dificultades, es cierto, pero las atravesamos en democracia, con todas las libertades vigentes y con las instituciones cumpliendo sus tareas. Algunos problemas que se han agravado, como la delincuencia, lo han hecho de manera exponencial en casi todo el mundo, y es necesario buscar formas nuevas para combatirlas.


Ello es complejo, urgente y requerirá una política de Estado eficaz.


Se puede criticar la gestión gubernamental, pero estamos lejos de tener un gobierno indeseable como en otras latitudes y la Presidenta no ha dejado de ser una persona digna, honesta y dedicada.


Estamos sintiendo demasiado calor entonces, pero no nos estamos derritiendo, y si se toman las medidas necesarias podremos refrescar el ambiente para que estemos todos mejor en un futuro cercano.


Para que ello suceda es necesario que el gobierno tome muy en serio las actuales tendencias de la opinión pública.


Tal como no es bueno gobernar siguiendo sólo las encuestas, tampoco es conveniente desoírlas.


En ese sentido, hay algunas reacciones que, a mi juicio, no son recomendables.


Una de ellas es la negación de la realidad, aquella que razona diciendo “yo hago las cosas bien, pero la gente no se da cuenta, no lo percibe, por lo tanto, el problema es comunicar mejor”.


El problema es que las acciones del gobierno, al menos en democracia y más aún en la sociedad de la información, son conocidas y evaluadas de manera instantánea.


Esta realidad es más poderosa que cualquier sistema comunicativo.


Precisamente porque la comunicación está en todas partes, una política de comunicación gubernamental hoy no hace variar fundamentalmente la opinión ciudadana como lo podía hacer antiguamente.


Por lo tanto, cuando la percepción de la gente es tan homogéneamente mala, la pregunta debería ser si hay algo en la acción de gobierno que no está funcionando bien.


Más vale focalizarse en revisar lo realizado y, sobre todo, las cosas a realizar. Si las reformas son tal mal percibidas, algo habrá en su diseño, en su aplicación, que no termina de convencer a la gente de sus bondades.


Una segunda reacción que poco ayuda es el “pensamiento de la queja”, pariente cercano de la negación. José Aricó, importante pensador argentino, lo describía como aquel pensamiento que afirma “yo no puedo ser porque hay alguien, en alguna parte, que me condena a no ser”.


Nuevamente la lógica es que yo lo hago bien, pero hay alguien, un enemigo agazapado, intereses inconfesables, celadas malintencionadas que impiden mi éxito.


Por supuesto que frente a cada acción de gobierno habrá la más de las veces una reacción crítica de la oposición, habrá intereses opuestos, habrá intenciones de bloqueo y también propuestas alternativas. Algunas serán mezquinas y otras bienintencionadas.


Así es la democracia.


Por ello, cuando las cosas no van bien, antes de buscar culpables alrededor, al lado o al frente, lo primero es revisar autocríticamente la calidad de mi propuesta, la claridad de mi discurso y mi capacidad de convencimiento tanto hacia quienes me apoyan y si es posible hacia mis adversarios, pero sobre todo frente a la gente, no a los que gritan más fuerte o “me matan a cariñazos”, como dice Mafalda.


La tercera reacción que no contribuye a mejorar las cosas es la fatalidad del bajo apoyo.


Esta es la más perezosa intelectualmente y la más bizarra políticamente y se expresa en la afirmación de que cuando se hacen cambios es natural que baje el apoyo y que el patrimonio político está para gastarlo.


Esa idea es harto necia. El patrimonio político está para desarrollarse y hacer crecer el patrimonio político a través de los cambios y no para gastarlo como si fuera un combustible que se termina y el auto queda en la pana del tonto.


Esa idea suena como la alegría del fracaso o la felicidad del sufrimiento. Resulta incomprensible salvo para mentalidades ajenas a la política de Estado, “somos pocos pero buenos, somos lo que entendemos el curso de la historia, la historia nos absolverá”. Todo eso lo hemos oído ya en alguna parte y sus resultados los conocemos.


De lo que se trata más bien es de darles solidez a las reformas, total ¿qué sacamos con aprobarlas, a la velocidad del rayo, si a los pocos meses habrá que reformarlas, adaptarlas o cambiarlas porque se hicieron al revés, mal hechas o con efectos perversos?


Gobernar es pensar en grande, no en el 25 % del núcleo duro. No es así que ha avanzado Chile.


En Chile tenemos los fundamentos para llevar adelante los cambios necesarios fortaleciendo nuestra convivencia y logrando una sociedad más igualitaria. Podemos avanzar mejorando la gobernabilidad y acercando la sensación térmica a la temperatura real del país.


No se trata de hacer más, se trata de hacerlo mejor.

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Opinión / Pág. 38

Sensación térmica

LA “SENSACION térmica” es la sensación aparente que las personas tienen en función de ciertos factores que determinan el ambiente en el que se mueven. Es lógico afirmar que hace calor o frío, según lo dice un termómetro. Pero no sólo la temperatura influye en la sensación que siente el cuerpo, sino otra serie de […]

por
Patricio Dussaillant, abogado. PhD. en Comunicación

LA “SENSACION térmica” es la sensación aparente que las personas tienen en función de ciertos factores que determinan el ambiente en el que se mueven. Es lógico afirmar que hace calor o frío, según lo dice un termómetro. Pero no sólo la temperatura influye en la sensación que siente el cuerpo, sino otra serie de factores que pueden mejorar o empeorar esa percepción.


En distintos sectores, algunos se preguntan qué está sucediendo con la campaña de Evelyn Matthei. Unos sostienen que ha perdido fuerza; otros, que nunca arrancó y, los más optimistas, que ya despegará. Lo único realmente claro es que la sensación térmica o clima de opinión acerca de la campaña no es precisamente favorable.


Tratándose del clima de opinión, entre otros, influyen los temas del debate público, las encuestas, la propaganda, los líderes de opinión y la cobertura de los medios.


Es evidente que la agenda ha sido copada por el tema del Golpe Militar y su foco principal en el perdón. Era previsible que la conmemoración de 40 años, más temprano que tarde, envolvería todo el debate, afectando principalmente a la campaña de Matthei. Era un objetivo buscado por la Concertación (ahora llamada Nueva Mayoría) con mucha anticipación y con intentos previos.


El clima también explica por qué la publicación de la encuesta CEP -más allá de toda discusión y cuestionamiento- contribuyó inevitablemente a la sensación térmica acerca de lo que la gente cree que sucederá en la próxima elección presidencial. Si el clima es definido como “lo que la gente piensa que piensan los demás”, la encuesta vino a confirmar dicha percepción.


A lo anterior se debe agregar la percepción que produce recorrer los distintos distritos a lo largo del país o incluso circular por las autopistas interurbanas, en las que claramente la propaganda de Bachelet supera con creces a la de Matthei. Reflejo también de la diferencia de recursos con los que cuenta cada candidatura en este momento. Algo similar sucede con los líderes de opinión. Un conteo rápido después de ver, escuchar o leer es suficiente para saber hacia dónde se inclina la balanza.


Muy importante es la cobertura de los medios de comunicación. En el informe de Litoralpress de las últimas semanas, se observa que la cobertura total en prensa, radio y televisión para Bachelet es de 38% sobre 27% para Matthei. En elecciones presidenciales anteriores, este mismo indicador ha sido un efectivo predictor del resultado.


Además, si a la cantidad de cobertura agregamos el encuadre con que se presentan ambas candidatas, cualquier observador podrá diferenciar la imagen de “gira presidencial” con que aparece Bachelet (la puesta en escena y el discurso en el Museo de la Memoria son un claro ejemplo), recuperando así, de la memoria de los electores, su carácter de ex presidenta y proyectando esa impronta hacia el futuro. El contraste llama la atención.


El clima afecta el estado anímico, más aún de la derecha que, históricamente, ha sido susceptible a los ambientes y los enfrenta, generalmente, desde una actitud pesimista y derrotista.


La sensación térmica puede variar de un momento a otro, bastaría un solo hecho; además, no se debe olvidar que las elecciones se ganan en las urnas, cuando se cuenta el último voto. Mientras tanto, todo puede cambiar.