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¿Por qué nos reímos de lo que nos reímos?

Usamos el doble sentido para abordar temas tabú. La talla rápida, como si fuera una competencia. Y nos reímos del poder, pero casi siempre a sus espaldas. Kramer rompió esa fórmula. Tal vez ese es el secreto de su éxito.

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J.M. Jaque / J.Abate / C.Pérez / F.Derosas /P.Arraztio. Fotogra
¿Por qué nos reímos de lo que nos reímos?

“MI AMIGO es tan pavo que pagó una manda de rodillas de Santiago a Lo Vásquez… y se pasó”. ¿Lo reconoce? Es un chiste corto. De esos que nos encanta escuchar y que han catapultado a Alvaro Salas o Bombo Fica. Y este: “¿Y Boston?”. Una talla rápida, generalmente usada para dejar en evidencia a alguien que hizo un comentario ácido sobre otra persona. Usted también lo ha escuchado mil veces. Y se ha reído con eso porque ese es el humor que tenemos y que nos provoca risa. Capaz de vincular dos o tres ideas de manera ágil, como define Claudia Dides, socióloga de la U. Central. Y que usa mucho más el lenguaje verbal que el corporal.


Sabemos que nuestro sentido del humor no es tan reconocible. También, que preferimos el chiste corto. Que nos gusta el doble sentido y que somos cuidadosos (por lo menos en lo aparente) con la autoridad. ¿Pero por qué nos reímos de lo que nos reímos? Por varias razones, pero principalmente, porque a través de ese estilo de humor damos rienda suelta a los temas que nos incomodan, como el poder y el sexo.


Por eso mismo somos una sociedad a la que le gusta más el humor de la galería de la Quinta Vergara que del escenario del Festival de Viña. En la galería estamos más apatotados, nos soltamos y ahí el más ingenioso gana puntos. “Todos quieren ser el que tira la talla precisa en el momento justo. Es casi una competencia inconsciente”, comenta Kiko Carcavilla, socio y director general creativo de la agencia Lowe Porta. Y si el que la tira primero ve aumentar su (efímera) popularidad, el que fue blanco del chiste se hunde unos centímetros en el suelo. Es que en nuestro humor hay un ejercicio de poder. Nos gusta que alguien deje la pelota dando bote para darle con todo y nos reímos en su cara. Pero ojo: no de todos. De la autoridad, por ejemplo, nos reímos por detrás. Desde el Presidente hasta nuestro jefe tienen una lista de chistes enorme. Y eso es histórico: así los sentimos más cerca y los miramos menos desde abajo.


Necesitamos el humor para enfrentar la cotidianidad, aunque no seamos particularmente chistosos en el día a día. Lo pedimos en la televisión, lo tratamos de inventar en la publicidad y lo buscamos en las revistas. Eso, aunque, en general, tenemos una autoimagen de fomes y graves (pero sarcásticos), de acuerdo al sondeo Los chilenos y el humor, del Centro de Encuestas de La Tercera. De hecho, al 66% de los chilenos le gustaría tener más sentido del humor. Y nos cuesta encontrar referentes o hitos en ese plano -no piense sólo en humoristas- porque no tenemos grandes plataformas donde desarrollarlo. Eche una mirada al resto del mundo: los ingleses llevan años con el humor negro en el cine y en la literatura, que los hace bastante reconocibles. El programa Saturday Night Live se ríe de los políticos hace décadas en Estados Unidos. Y la industria de las revistas en Argentina nos lleva años de ventaja y los teatros de calle Corrientes, en Buenos Aires, son una parada obligada para quienes cruzan la cordillera. “El chileno tiene una mirada sobre el humor, pero no hemos sabido desarrollarla en vitrinas como películas, libros o en la publicidad. Mira la televisión, por ejemplo: compramos licencias extranjeras”, comenta Marcelo Con, director general creativo de la agencia Proximity.


Reírse en la fila


¿Dónde nos reímos, entonces? En la fila, dice Rodrigo Bravo, director general creativo de Euro RSCG. Nos encanta reírnos de lo que no podemos o de quienes no debiéramos. Y para callado, porque nos da vergüenza exponernos. Es que la exigencia pública es ser una persona seria. “Ser serio es ‘lo correcto’. Eso está súper arraigado. Pero cuando estamos entre cuatro paredes, todos nos cagamos de la risa”, dice Con. ¿Recuerda a su papá diciéndole: “Ponte serio, pues?”. Es parte de la crianza. Y eso explica nuestro “humor negro”: cuando estamos en un velorio y decimos que, en realidad, el finao no era tan santo. Lo dice el chiste: “Mi compadre era tan flojo, que cuando se murió sus amigos le escribieron en la tumba: ‘Aquí continúa descansando…’”.


También lo vemos cuando nos reímos de la autoridad a sus espaldas. Si usted ya se cuenta entre el casi millón y medio de espectadores que vio Stefan versus Kramer, reconózcalo: la imitación del alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett, le sacó carcajadas y la novedad del ministro Rodrigo Hinzpeter era para aplaudir. Pero haga memoria: ¿se sintió algo incómodo cuando Kramer imitó al Presidente Piñera en la Teletón de 2011 a cinco metros de él? ¿Sí? Se lo explicamos: la risa contra la autoridad funciona en privado. En público nos cuesta soltarnos. Nos incomoda. Eso no quita que reírnos de las autoridades nos haga bien: es un ejercicio casi democrático. ¿O usted no vio cómo los ingleses hicieron saltar en paracaídas a la reina Isabel II en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres?


Pero históricamente nos hemos reído de eso, comenta Karina Santos Lara, profesora de Humor en la U. de la Frontera y directora de jaÜja, Centro de Estudios Humorísticos. “La burla al poderoso es una manera de acercarse a él, de liberarse y sacarse la rabia de estar abajo”, dice Santos. Jorge Rueda, académico de la U. de Santiago, dice que esto partió en los tiempos de la Colonia, período donde publicaciones como la Lira Popular, pliegos de poesía en décima que se repartían durante el siglo XIX, se reían de los curas y corregidores, autoridades de la época. Hoy lo hace Kramer. Y con mucho éxito.


Y algo similar -algo con aire catártico- nos ocurre con el doble sentido. Para algunos, se trata de un recurso que no se identifica y que cae en el facilismo. Para otros, no tanto. “El doble sentido tiene algo de sofisticación y exige creatividad constante. Eso no se ve en otros países”, dice Carcavilla. Pero también funciona como válvula de escape: si utilizamos tanto el doble sentido es porque a través de ese humor tocamos temas que no nos atrevemos a hablar y de los que no nos hacemos cargo, dice Raúl Carvajal, sicólogo de Clínica Santa María. Por ejemplo, el sexo. ¿Ya se acordó del “y tu hermana”? “Tenemos una relación hipócrita con la sexualidad y por eso nos da tanta gracia las cosas que son sobre sexo”, dice Andrés Kalawski, dramaturgo y guionista de la Facultad de Comunicaciones y la Escuela de Teatro UC.

Que no me toque a mí


Nos cuesta exponernos ante el resto, por eso los aludimos a través del humor. Y esa vergüenza de exponernos ante el resto también tiene un rasgo idiosincrático: le tenemos pavor al ridículo. es decir, nos centramos mucho en la opinión que tiene el resto acerca de nosotros porque construimos nuestra imagen desde afuera. Es la inseguridad que, de acuerdo a los especialistas, viene desde la crianza, cuando no trabajamos la autoestima y crecemos valorando poco nuestras propias capacidades (esperamos que esa valoración venga de afuera).


Y esa característica la reconocemos públicamente, aunque bajo el anonimato: según la encuesta de La Tercera, al 69% de los chilenos le hubiera gustado tener menos miedo al ridículo. No somos de los que nos reímos de nuestros errores o nos cae con gracia que alguien recuerde un hecho vergonzoso (salvo que estemos con gente de mucha confianza). Es que en las situaciones ridículas nos preocupa más la vergüenza que la risa. “Estamos tan preocupados de lo que el resto opina de nosotros, que nos impide disfrutar lo que nos pasa”, dice Carvajal. (Otro dato: al 72% de los chilenos le gustaría reírse más de sí mismo). Sin embargo, el ridículo del otro nos parece fantástico. “Es como el schadenfreude alemán, el reírse y sentirse alegre de la desgracia ajena”, dice Kalawski. En la otra vereda están los ofendidos: a nadie le gusta sentirse ridiculizado y observado, pero todos nos reímos cuando imitan al otro. “No somos igualitarios con el trato que tenemos hacia nosotros y el resto”, agrega Carvajal. No es un tema para mirarlo en menos. Reírse de sí mismo es uno de los puntos de la escala de McGhee que definen cuándo una sociedad tiene humor. No nos va bien en éste; mejor nota tendríamos en encontrar el humor en la vida cotidiana, por ejemplo.


Es que las cosas son cómicas en la medida en que no nos afecten. “En el humor, especialmente en el masculino, hay un sentido de grupo y de poder. Nos reímos del más débil”, dice Fabián Piña, director de Planificación de JWT Chile. ¿Cómo funciona ese humor? No plantea horizontalidad, sino asimetría. Es un humor que roza el bullying. Nada que ver con el humor femenino, algo más sofisticado. Fabián Piña lo describe como un humor de identificación: las mujeres se ríen de un cuento que las identifica porque son más empáticas. No se van a reír de la talla masculina bullynesca ni del chiste cruel. Y en general, aceptamos ciertos convencionalismos y nos reímos de quienes no caben en ese círculo. Por eso, los target de humor son siempre las minorías (gays, gordos, religiosos, etc.) o caen en la generalización idiosincrática: que el chileno es flojo, pillo o bueno para el trago. ¿Se lo sabe? Iba un curadito por la calle con una botella de vino en el bolsillo… en su tambaleo de repente se resbala y se cae. Se toca, siente algo mojado y grita… ¡ojalá sea sangre!

Lo que nos falta: La crítica social


Ya sabemos: no somos tan elegantes como los ingleses ni tan inteligentes como los franceses. Nuestro sentido del humor es bastante más básico que eso y, de hecho, no hemos entrado de lleno a reírnos de la sociedad. ¿Alguna vez, al menos, lo hicimos? Un poco. En los 70, el programa La Manivela hacía crítica social y en los 80, Medio Mundo jugaba con el absurdo. Son pinceladas de algo que solo un exponente logró profundizar: Coco Legrand.


En los 80, él se convirtió en un acertado caracterizador de la sociedad chilena y de sus cambios. En simple: una especie de intelectual de las situaciones cotidianas que no se hablan en forma explícita. Un ejemplo: en ese decenio, su personaje Cuesco Cabrera, un ejecutivo joven, formado en Chicago, arquetipo del despegue económico, hacía una crítica al modelo, quebrando el tabú. “La forma de expresar sus reflexiones es a través de su humor y de un guión que tiene mucha interpretación sociocultural, que pone en clave masiva y que resuena”, explica Gonzalo Tapia, sociólogo de Ekhos.


Otra mirada dice que en los últimos años el humor ha extendido sus deslindes. Gonzalo Tapia pone los ejemplos políticos de The Clinic y el mismo Kramer. “Ese humor empujó los límites. Y es un humor inteligente”, dice Rodrigo Bravo. Eso evidencia un país que va perdiendo el respeto, agrega Tapia. “Este es un país que se ha desacartonado. En este momento hemos relajado nuestra visión de la autoridad y eso nos hace un país más maduro. Hoy vemos, por ejemplo, que la posibilidad de criticar existe… aunque sea a través del humor”. Y eso no es chiste.

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Por qué nos reímos de lo que nos reímos

Porque descubrimos el error, la cáscara de plátano a tiempo y el tortazo a destiempo, y nuestro cerebro nos premia. Una extensa investigación del MIT dice que el sentido del humor es un mecanismo de la evolución y revisa las teorías que se han elaborado para explicar esta característica que pareciera ser exclusivamente humana.

por
Jennifer Abate C.
Por qué nos reímos de lo que nos reímos

Está en la base de nuestra vidas, nos define como seres humanos y es una de las claves para nuestra relación con los demás. Sin embargo, ha sido muy poco estudiado. Tanto, que en enero pasado, cuando se realizó el primer simposio académico sobre comedia en Estados Unidos, el presidente de la Sociedad Internacional de Estudios sobre el Humor, Rod Martin, abrió la conferencia quejándose de que “se podría llenar una biblioteca con análisis de temas como enfermedades mentales o agresión”, pero que el Manual de Sicología Social, de 1.700 páginas, sólo menciona al humor una vez.


Diversas teorías científicas y sicológicas han tratado de explicar el humor y, sobre todo, por qué eventos tan diferentes ocasionan una misma reacción, transversal a todos los seres humanos: la risa. Desde las teorías sociales hasta las que se basan en los mecanismos cerebrales involucrados, todas han tratado de explicar de dónde proviene esta particularidad. A éstas se refiere el libro Inside Jokes (Dentro de los Chistes), publicado el mes pasado por el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Pero este volumen está lejos de ser una mera revisión. Sus autores, Matthew Hurley, Daniel Dennett y Reginald Adams Jr., prometen haber encontrado la primera teoría que explicaría todas las formas del humor, un mecanismo evolutivo básico.


1. El aporte de la evolución


De la teoría evolutiva proviene la promesa de los autores de este libro, que aseguran que las ganas de reír son una recompensa que nuestro cerebro nos entrega para evitar cometer errores. Piense en una visita cualquiera al supermercado. Mientras toma rápidas determinaciones sobre qué comprar, su cabeza está en cualquier parte: en las cuentas por pagar, en la reunión del colegio de sus hijos o en el trabajo. Y sólo después de pagar se da cuenta de que ese frasco de mermelada que usted echó automáticamente al carro no era tal, sino uno de mayonesa. Un desayuno arruinado, quizás, pero usted mira el producto y, al darse cuenta del error, sonríe. Probablemente, no vuelva a cometer ese error.


Matthew Hurley, académico de la Universidad de Nottingham y coautor de Inside Jokes, explica a La Tercera: “El humor es una solución a los errores que cometemos al construir nuestros modelos de comprensión. Pero la recompensa no es para el error en sí mismo, sino que ocurre después de que hemos descubierto la equivocación. Como cualquier recompensa, es el resultado de un cierto comportamiento (haber encontrado un error) que tendemos a repetir en el futuro, pues ya sabemos que viene acompañado de algo positivo”. Según este académico de la Universidad de Nottingham, en Inglaterra, es por eso que las zonas del cerebro que se activan cuando una persona ve una comedia son aquellas relacionadas con los mecanismos de recompensa, o sea, regiones como la amígdala y la ínsula.


Hurley señala que esto evita acumular creencias equivocadas que, de no ser corregidas, podrían pasar a formar parte de la memoria de largo plazo, manteniéndonos eternamente en el error.


Esta teoría explica por qué, a pesar de lo trasnochados, los “videos locos”, aquellos donde recurrentemente aparecen novias enredándose en el vestido o vacacionistas cayéndose de una tabla de surf, siguen siendo tan populares. No es el contenido de la situación lo que nos provoca risa, sino el error en sí.


La gran ventaja de esta teoría es que, a diferencia de sus predecesoras, que sólo entregan explicaciones parciales, asegura ser la responsable de todos los tipos de risa, desde la que nos produce una rutina humorística, hasta las “gracias” que hacen nuestras mascotas.


2. Encontrando los vacíos lógicos


Es la teoría más aceptada hasta ahora. Como su nombre lo indica, quienes postulan la ventaja de este enfoque creen que el humor ocurre cuando nos encontramos frente a una incongruencia en una situación o relato. La idea principal es que nos reímos de las cosas que nos sorprenden porque están fuera de lugar.


Uno de los principales expositores de esta teoría, el sicólogo y renombrado investigador Jerry M. Suls, señala que no es la incongruencia en sí misma la que nos causa risa, sino el proceso de detectarla y luego resolverla. En Inside Jokes, los autores explican que, de acuerdo con esta teoría, la incongruencia se genera entre el inicio de una narración y el “remate” de un chiste o situación. La resolución ocurre cuando el cerebro, siguiendo una regla lógica, encuentra una forma de enlazar comienzo y final, a pesar de la inconsistencia en el desarrollo de la historia.


Dentro de este postulado es posible encontrar ciertos planteamientos de la llamada “teoría de la sorpresa”, que hace algunas décadas fuera muy aceptada, pero que hoy ha perdido fuerza, debido a que presenta una serie de vacíos. Pero aunque el asombro no esté presente en muchas situaciones que nos causan risa (de lo contrario, no seguiríamos disfrutando de los chistes que ya conocemos), sí lo está en una buena parte de ellas. Por ejemplo, si nos hacemos cosquillas a nosotros mismos, no nos reímos tanto como lo haríamos si alguien nos sorprendiera con esa acción. Aparentemente, para que las cosquillas tengan efecto, el cerebro necesita tensión y sorpresa, que no existen cuando la acción es controlada por la propia persona. Aún es un misterio cómo el cerebro procesa esta información, pero cierta evidencia señala que el cerebelo podría estar involucrado en este proceso. Un estudio del Departamento de Neurología Cognitiva de la Universidad College de Londres, dirigido por la investigadora Sarah-Jayne Blakemore, postula que cuando una persona se hace cosquillas a sí misma, “el cerebelo arruina la diversión, pues predice las consecuencias sensoriales del movimiento (las cosquillas) y le envía señales al resto del cerebro, dando instrucciones para que ignore la sensación resultante”.


3. Lo que nos une con los animales: el juego


“Mientras los ratones juegan, hemos llegado a oír algo que podría ser risa”, dice con seguridad el neurocientífico Jaak Panksepp, de la Universidad Estatal Bowling Green, en un video que muestra a un par de roedores jugando entre ellos. El mismo sonido, captado con frecuencia de ultrasonido, se escucha cuando el investigador les hace cosquillas a las ratas. Llegan a disfrutarlo tanto, que luego siguen, instintivamente, la mano de Paanksepp para que les haga más cosquillas.


El doctor Douglas Watt, experto de la Escuela de Medicina de Harvard, cree que no se puede hablar de humor sin hablar de juego, una capacidad común a los mamíferos. Todos son capaces de simular peleas para divertirse e interpretan diferentes roles, que van cambiando a medida que avanza el juego.


“Todos los mamíferos juegan y en esa capacidad está la fuente del sentido del humor. En el humor, lo que hacemos, en vez de hacerle cosquillas literalmente a alguien, es hacerle cosquillas de una manera figurada. Y esto produce las mismas emociones, las mismas expresiones faciales, el mismo tipo de alegría que obtenemos cuando jugamos, por lo que podemos pensar en el humor como la extensión verbal del juego”, dice a La Tercera.


Pero, para que ambos participantes consideren que un juego es entretenido, deben ir cambiando de roles, a fin de alternarse la dominación de la actividad. Exactamente lo mismo ocurre con el humor: las cosquillas dan risa, pero sólo cuando en algún momento se tiene la posibilidad de hacerlas de vuelta. De lo contrario, llega un momento en que se vuelven molestas y amenazantes. “Tienes a un tipo que va muy serio, en una posición dominante de la situación, y de un momento a otro la pierde completamente y está en el suelo haciendo el tonto. Estas reversiones son intrínsecamente divertidas, porque se parecen mucho a lo que ocurre en el juego”.


4. Queremos sentirnos superiores al resto


Este enfoque, que privilegia la superioridad que sentimos cuando nos reímos de otro, nació hace mucho tiempo, cuando el filósofo inglés Thomas Hobbes se refirió a la risa como una “gloria súbita” o el triunfo que sentimos cuando nos damos cuenta de que podemos reírnos de otra persona, que queda relegada a un rol inferior. Esta teoría, si bien a juicio de los autores de Inside Jokes no explica todo lo referido al humor, sí ha tenido muchos exponentes a lo largo de la historia, pues cubre una enorme cantidad de situaciones y “expone al humor como lo que realmente es: un recurso que es usado competitivamente”. Incluso cuando no sea ese su objetivo inicial. La razón de esto es que nos da muchas ventajas comparativas.


Para Douglas Watt, el humor es lo que hace divertida la socialización. “Si sales con un grupo de personas y pasas mucho de tu tiempo riendo, querrás pasar más tiempo con ese grupo”. Y la risa, la expresión más natural del humor, sirve a este propósito, ya que a partir de ella juzgamos la confiabilidad de otra persona. “Creo que uno de los criterios intuitivos más importantes que la gente usa es preferir a las personas que sonríen y están en estado de juego, en contraposición a emociones negativas, como estar enojado o temeroso”, dice Watt, lo que le da una inmediata ventaja a esas personas, pues se transforman de manera casi lógica en las más populares. “Gravitamos alrededor de gente juguetona y creemos que son más dignos de confianza, lo que nos hace más fácil establecer compromisos con ellos”.


Pero más allá de la popularidad, el sentido del humor confiere muchas otras ventajas. Matthew Hurley cree que los humanos han aprendido a usar el humor de diversas formas desde que aprendieron a reconocerlo en sí mismos y en los otros. “Los tipos de usos que tenemos en mente incluyen la evaluación de ingenio de los demás, así como el alarde del ingenio de uno mismo, lo que ayuda en la creación de los órdenes de jerarquía social y las relaciones de superioridad, así como la evaluación de la calidad intelectual de posibles parejas, amigos, o incluso, socios de negocios”.


De hecho, así eligen las mujeres a sus parejas, según un estudio liderado por el investigador Kritofor McCarty, de la Universidad de Northumbria, en Inglaterra. Esta investigación probó que ellas se sienten más atraídas por hombres divertidos (evaluación del ingenio del otro),mientras que los hombres prefieren a una mujer que se ría de sus chistes (así como el alarde del ingenio de uno mismo), que lo coloca en una posición de superioridad, tal como reporta una investigación liderada por el presidente de la Sociedad Internacional de Estudios sobre el humor, Rod Martin.


Es por esta sensación de inferioridad y jerarquía social que la gelotofobia, el miedo a que se rían de uno, es compartida universalmente. Un estudio realizado con más de 23 mil personas en 73 países del mundo, probó que un 17% de las personas cree que es más prevalente en sus países “reírse de otros” que reírse “con otros”, y que cada país difiere en su forma de afrontar este miedo. Por ejemplo, según esta investigación, los países que se sienten más inseguros frente a este tema son Turkmenistán y Camboya, mientras que otros, como Irak o Egipto, incluso tienden a evadir aquellos lugares donde creen que se pueden reír de ellos. En Burkina Faso, Rumania y Etiopía se encuentra la mayor cantidad de gente que sospecha que cuando otros se ríen, se están riendo de ellos. Los finlandeses, en cambio, son los que menos temor sienten a que otros se rían de ellos.


5. Por qué no nos reímos todos de lo mismo


La teoría de la “violación benigna”, un término acuñado por los investigadores estadounidenses Peter McGraw y Caleb Warren, propone que una situación es divertida sólo cuando cumple tres condiciones: que ocurra una transgresión a la forma natural en que se supone deberían ser las cosas, que ésta parezca no dañar a nadie y que una persona reconozca las dos variables al mismo tiempo. Algo muy semejante a lo que ocurrió hace pocos días, cuando un diputado equivocó el nombre de una ex intendenta: se quebrantó una norma (la del nombre verdadero de la involucrada), pero no parecía dañar realmente a nadie, por lo que los presentes, al darse cuenta de estas dos dimensiones, estallaron en risa.


Cuando no se cumplen ambos principios, no hay risa. McGraw asegura a La Tercera que su teoría es particularmente útil, pues explica un vasto rango de diferencias y particularidades culturales. “Una cultura puede pensar que una transgresión está bien, mientras que otra puede pensar que no. Algunas culturas consideran que eructar después de una comida es algo bueno, un cumplido, pero para otras es asqueroso”, dice.


Y esto es válido incluso para las personas que pertenecen a la misma comunidad. El género o la religión son aspectos que pesan, sostiene McGraw, y añade que “dentro de una misma cultura, incluso, hay enormes diferencias en las creencias, la personalidad y el temperamento, y todas estas cosas terminan teniendo un efecto en lo que la gente cree que es chistoso”. Por ejemplo, sostiene, quienes tienen un perfil más intelectual, valorarán más los juegos de palabras, mientras que las personas menos educadas no llegarán a reconocer las violaciones que se cometen en ellos, y por eso no los encontrarán divertidos.


Willibald Ruch, de la Universidad de Zurich, en Suiza, sostiene que, en una dimensión, los chistes son como huellas digitales: “Son muy específicas para cada individuo. Si nos gusta o no un chiste depende de nuestro estilo cognitivo (por ejemplo, si nos gusta la complejidad o la sencillez). La gente que disfruta el sinsentido, generalmente, busca diversidad e incongruencia, y aquellos a quienes les gusta el humor relacionado con la resolución de problemas, prefieren la simplicidad y la redundancia”.