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Cultura&Entretención, Portada / Pág. 50

Playback, fervor y efectos visuales marcan debut de Britney Spears en Chile

La cantante actuó en el país ante 45 mil personas, casi todos fans históricos, y con un show cargado de trucos escénicos.

por
Claudio Vergara
Playback, fervor y efectos visuales marcan debut de Britney Spears en Chile

Algunos tuvieron que esperar casi 12 años, desde que en 1999 irrumpió como la adolescente dispuesta a patear reinados y arrebatarle el Olimpo pop a Madonna. Otros aguardaron menos, desde que a mediados de la última década avizoró el mañana que es hoy y se posicionó como un crédito de calibre en el pop sintético. Para todos ellos, la espera era una sola: a las 20.35 horas, las dos pantallas que flanqueaban el escenario del Estadio Nacional desplegaron una cuenta regresiva de media hora, la que detonaba el griterío ansioso de su fanaticada a medida que los minutos se consumían.


Pasadas las 21 horas, el conteo remató en cero. Las luces se apagaron y una gigantesca pantalla central, aderezada junto a otra en la mitad del escenario, que también funcionaba como pasarela para los encargados de despachar sus ritmos programados, emite imágenes de una Britney Spears (29) acechada por una manada sicopática que la persigue, que la desea encadenar y enjaular, en clara metáfora pop al acoso paparazzi que casi la llevó al despeñadero. La historia, que cruza gran parte del show como un loop sin fin, culmina y la estadounidense emerge desde el centro con un corsé plateado. Hold it against me, el single de su última entega, Femme fatale (2011), es el primer mazazo. La fiesta está lista.


Por eso, cuando todo apunta a seguidores que esperaron por varias temporadas, el asunto no sólo es metáfora: es una alusión directa a la fanaticada que la fue a ver a Ñuñoa y que, según cálculos de los organizadores, rozó las 45 mil personas. Es su hinchada histórica y dura, que demuestra que la ex musa Disney mantuvo su audiencia, pero no logró ampliarla ni hacerla más transversal. Eso explica por qué su tour ha arrojado registros moderados en el ítem de convocatoria, con sólo 20 mil personas que la vieron en cada una de sus dos escalas en Brasil y 30 mil en Buenos Aires.


Eso explica por qué anoche el coliseo de Ñuñoa en ningún caso se vio lleno y asomó como una versión apenas modesta de la histeria asfixiante que Justin Bieber desató en ese mismo césped en octubre. De hecho, muchos sectores preferenciales estaban a la mitad de su capacidad. Otros, como cancha general y galería, también se observaban con notorios vacíos, dejando amplio espacio al baile libre y a la danza sin destino.


Porque esa misma fanaticada ortodoxa que no abandona a la artista fue la que se tomó su arribo como una auténtica fiesta, pese al abusivo uso del playback y a una dinámica corporal relativa (ver crítica). Seguidores que asomaban en igualdad de géneros, con una edad que iba de 20 a 25 años, y que elevaba todo el vozarrón y la garganta que su ídola no ponía en escena. Todos con cintillos con su nombre, poleras con su rostro y pelo ensortijado, y felices de que apareciera en escena, sin importar su actual estado físico y artístico, casi demostrando que aquí vale aquel dogma que la norteamericana ha tomado como eslogan: It’s Britney, bitch!


Esa misma poco refinada exclamación parecía masticar al costado izquierdo del escenario gran parte de la familia que la acompaña en su gira -sus dos hijos y sus dos padres-, sentada en sillas especiales y mirando con calma la atmósfera. En compañía de ellos aparecía Maitén Montenegro, casi con las mismas razones para hinchar el pecho: su hija, Catalina Rendic (24), es una de las bailarinas más vistosas de su actual team. De pelo colorín, se mueve hábil y con destreza entre la docena de bailarines que secunda el espectáculo. Como anfitriona, el lunes ofició una recepción para sus compañeros.


Rendic se lucía, pero Spears seguía siendo la protagonista: en Up n’ down vuelven las rejas en escena, mientras que 3 es puro baile. Luego, emitió las pocas palabras que marcaron la noche: “¡Gracias, Chile!, ¿cómo se sienten?”. Luego pasaron Piece of me y una discotequera Big fat bass, ya con un corsé rojinegro y con la aparición virtual de Will.i.am, de Black Eyed Peas, en las pantallas. En How I roll aparece sobre un boggie rosado, rodeada de bailarines y en una postal muy similar a la que Madonna ofreció en 2008, en el mismo sitio.


En Lace & leather, otra marca: la calculada interacción con los fans, momento en el que subió a escena a un joven italiano (ver recuadro), lo puso sobre el vehículo y lo cubrió con sus piernas. If u seek amy la tiene en una suerte de homenaje a Marilyn Monroe, mientras que en Gimme more aparece en una de canoa de inspiración egipcia, casi como una Cleopatra moderna, en otra huella clara del show: sus variados recursos técnicos. Como en Don’t let me be the last to know, donde se cuelga en un andamio gigante y genera el momento más íntimo de la velada. Porque el fervor está reservado para hits como …Baby one more time, Toxic -ambos cantados bajo maquillaje electrónico- y el final con efectos de fuego en Till the world ends.


En camarines, como recompensa, la producción le regaló un reloj italiano. Tras el show, tomó una van y se fue a Aerocardal, donde, con bata blanca y con su prole, tomó a las 23.10 horas un avión privado rumbo a Lima, dejando a 45 mil fans con esa satisfactoria y poco elegante expresión que ha convertido en el mejor eslogan de su presente.