*

Edición Impresa Cambiar fecha
Santiago / Pág. 37

Pequeños agricultores 100% urbanos

Cada día son más los interesados en cultivar hortalizas orgánicas en sus balcones y patios.

por
M. Cristina Goyeneche
Pequeños agricultores 100% urbanos

¿Tomates cherry en un balcón de Sanhattan?, ¿lechugas y rúcula en el medio del cemento ñuñoíno? De manera silenciosa, lo que hace cuatro años era un puñado de gente intentando llevar la agricultura orgánica a Santiago, hoy es un hecho de la causa. Así lo confirma Stephanie Holliman, quien dicta talleres de huerto urbano desde el 2007. Si el año pasado habrán asistido unas 200 personas, en lo que va del 2011 ya suma cerca de 400. “Si en un comienzo eran personas con estilos de vida alternativos, hoy vienen hombres y mujeres de todas las edades, muchas mamás, incluso agrónomos que no saben nada de agricultura orgánica”.


Otro punto en común de quienes se la juegan por tener su huerto en casa, es que no quieren renunciar a la ciudad. “Teniendo el huerto, empezamos a comprar menos cosas y aprovechar mejor lo que teníamos. A los tomates y la albahaca había que buscarle más usos que la ensalada y con las habas nos comimos hasta las hojas”, explica Belén Proano, dueña de un huerto de balcón.


Con tal fuerza ha crecido esta tendencia que, al alero de la FAO, se está formando en Santiago la ONG Red de Agricultura Urbana (RAU). Esta entidad agrupará a más de 30 personas, todas ellas involucradas desde hace años en el concepto de agricultura urbana. La idea de estar aunados les permitirá dar más promoción al tema y tener un sitio web común.


Marisol Dinamarca llegó a vivir a una casa pareada junto a su esposo y lo primero que quiso hacer en ella fue replicar, en la medida de lo posible, el verde de campo al que estaba acostumbrada cuando pequeña. Al poco andar, se dieron cuenta de que ya que invertirían recursos -agua y tierra- y tiempo en cuidar su jardín, por qué no también aprovechar el impulso para tener hortalizas. Con una mezcla de intuición y un curso introductorio, al limonero, las calas y las rosas, se sumaron las hortalizas. El verano pasado fueron tomates, muchos tomates y este invierno, buscando revitalizar la tierra que quedó liberada, sumaron acelgas, rúculas, lechugas, arvejas y minibrócolis.


En un rincón juntaron las hierbas y dentro de la casa se protegen los almácigos. “Alcanza para hacer nuestras propias ensaladas y el tiempo que le dedicamos a los cuidados, junto con ser agradable, no es mucho. Sólo aumenta un poco más en verano, con los riegos diarios y el desmalezado”, acota Marisol.


Semillas del Sol es el jardín infantil en el que Sofía Hernández se la juega por mantener vivo un huerto de 100 metros cuadrados. Forma parte del entorno de los niños un espiral de hierbas, un pequeño jardín sensorial para que los pequeños experimenten con olores y texturas y, por supuesto, la huerta, que pronto recibirá la chacra de verano que por ahora toma fuerzas en almácigos de choclos, porotos y acelgas.


En este oasis ñuñoíno Sofía no sólo es una apoderada más, sino que también una entusiasta con la posibilidad de ver que los niños se eduquen en torno a una huerta natural. Ellos hacen compost, controlan plagas con caléndulas llenas de chinitas y abonan periódicamente con humus de lombrices. “En mi casa, que es más pequeña, hago huerta en maceteros y en el pasaje cerrado en que vivo tomé un espacio para levantar un huerto comunitario”, cuenta esta antropóloga que desde 2004 trabaja con huertos.


En el piso 10 de un departamento ubicado en el corazón de Sanhattan, Belén Proano, ecuatoriana avecindada en Chile, da la batalla desde hace más de un año por mantener su huerta intacta en su pequeño balcón de 3×3 que mira al norponiente.


Día a día persigue el sol para que crezcan los tomates, juega con la sombra que generan los nuevos edificios y calcula que el balcón resista el peso de los sacos y sacos de tierra que subió para llenar los cuatro cajones de madera y los más de 10 maceteros que tiene con sus cultivos.


De esta forma, a la huerta -que a fines de invierno es de rúcula, ajos y perejil- se suman un limonero, un durazno y una mata de frambuesas. En potes de yogurt crecen cómodos los almácigos de todo lo que plantará en verano, siendo los tomates la estrella indiscutida.


“La idea era hacer algo que cuadrara con nuestro estilo de vida en la ciudad, ya que es aquí donde nos gusta estar, a si que la parrilla convive junto a la compostera y los maceteros de hortalizas”, destaca Belén.


Avecindada en Chile desde el año 2003, Stephanie Holliman viene cultivando su propia huerta orgánica e impartiendo talleres al respecto desde hace un buen puñado de años. Hoy se pasea entre las hortalizas de la temporada y planifica cómo será la próxima huerta que levantará en el jardín de su nueva casa.


Tiene la certeza de que instalará un pequeño invernadero que la ayudará a hacer almácigos. Tampoco podrá faltar su gallinero. No sólo tendrá huevos de campo en la mesa todos los días, sino que también grandes ayudantes. Las gallinas se alimentan con parte de los desechos orgánicos de la cocina, mantienen a ralla una serie de bichos molestos para el huerto y entregan un guano que resulta perfecto para el compostaje.