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Reportajes / Pág. 30

París era más que una fiesta

Aunque en su momento Jackie Kennedy, Susan Sontag y Angela Davis representaron íconos muy distintos de femineidad, las tres fueron tocadas por el mistificado encanto y refinamiento de la Ciudad Luz. La primera dama lo convirtió en glamour, la ensayista en inteligencia pura y dura, y la líder afroamericana, en arrojo intelectual y político. Este libro da cuenta de ese proceso.

por
Nicolás Ocaranza
París era más que una fiesta

Si en los siglos XVIII y XIX París acogió al mayor número de artistas, aristócratas y millonarios de todo el mundo, en el siglo XX la tendencia aumentó. Más allá de la bohemia y los aparentes desenfrenos de la Ciudad Luz retratada por Hemingway en París era una fiesta, la fascinación por el influjo cultural parisino en las elites progresistas no cesó de atraer a jóvenes estudiantes norteamericanos, ansiosos de cruzar el Atlántico, de aprender la lengua de Montaigne y Baudelaire, de profundizar sus estudios y caminar sin destino por algún quartier hasta perderse y encontrarse.


Gershwin lo musicalizó en 1928 en su obra sinfónica Un americano en París y después, Hollywood hizo lo suyo transformando a París en un paraje de mistificación y ensueño. En Sabrina, de Howard Hawks, Audrey Hepburn daba vida a una chica, hija del chofer de la mansión, que tras un fallido intento de suicidio, era enviada a estudiar a París y regresaba a los Estados Unidos convertida en una joven tan elegante y refinada que ahora sí podría calificar como pareja del hijo del millonario.


Este es el contexto que Alice Kaplan, académica estadounidense que tiene una cátedra en la Universidad de Yale, utiliza para reconstruir en un apasionante relato la experiencia parisina de Jacqueline Kennedy, Susan Sontag y Angela Davis. Las tres vivieron una temporada en la capital francesa y la tesis es que, después de eso, fueron transfiguradas.


Jacqueline Bouvier Kennedy aprovechó el programa del Smith College para aprender la lengua y la cultura francesa entre 1949 y 1950. Su origen galo, orgullosamente reivindicado, permitió alardear en el medio americano-irlandés del clan Kennedy, que la consideró durante largo tiempo como una extraña, cuya sofisticación resultaba chocante. Susan Sontag, por su parte, vivió en París durante los años 1957 y 1958; en ese momento se estaba divorciando y allí, mientras descubría los encantos de la Nouvelle Vague y los hermetismos del Nouveau Roman, que luego contribuyó a introducir en los Estados Unidos, asumió su homosexualidad. Si el viaje transatlántico era bien visto para una joven de la alta burguesía como Jacqueline Bouvier, en el caso de Susan Sontag representó una fuga, puesto que dejó a su marido y a su pequeño hijo para inscribirse en la Sorbonne, lugar donde jamás puso los pies, pues prefirió seguir un derrotero afectivo e intelectual libre de compromisos. En el caso de Angela Davis, París era el centro de todas las vanguardias y el vivero de los grupos políticos más radicales. De esta manera, la estudiante mundana, la intelectual bohemia y la militante contestataria encontraban en París una capital para la vida intelectual más que un enorme museo.


Trois Américaines à Paris no es un capítulo más de la ya conocida historia de los exiliados en París. Su punto de partida, un simple año de intercambio o una breve residencia, permite redescubrir tres tiempos de la vida social y cultural francesa, retratados a través de las repercusiones de esas estadías en la vida de tres mujeres íconos de la historia política e intelectual estadounidense. Precisamente, la celebridad de estas tres mujeres llega después de su paso por París. Jackie Kennedy se convierte en primera dama en 1961; a mediados de la década de 1960, Susan Sontag deviene en conciencia crítica, y Angela Davis alcanza fama mundial cuando el entonces gobernador de California, Ronald Reagan, solicitaba que ella no diera clases en ninguna universidad estatal.


Una vez convertida en First Lady, Jacqueline Kennedy -que leía a Saint-Simon y a Proust en francés- no dudó en hacer de la cultura francesa un arma diplomática. Su visita oficial a París en junio de 1961, menos de seis meses después de que JFK asumiera el poder, o el envío a los Estados Unidos de exposiciones artísticas y actividades literarias patrocinadas por André Malraux son ejemplos de su ferviente francofilia y su afrancesado gusto por la moda, pese a las críticas de sus compatriotas. Tanto De Gaulle como Malraux se morían por ella, al mismo tiempo que detestaron la arrogancia clasista de su marido.


En París, Susan Sontag se convirtió -según su propio testimonio- en una “americana autoeuropeizada”. No sólo le interesaba el existencialismo de Sartre, el pensamiento feminista de Simone de Beauvoir, la presencia del absurdo en la dramaturgia de Ionesco, el vanguardismo de Godard y la crítica de Barthes, sino más bien, un modelo de intelectual que mezclaba formalismo teórico, intervención política y rupturismo.


El paso de Angela Davis por París en el verano de 1962 refleja también una historia de las afinidades electivas entre Francia y los Estados Unidos. Luego de una brillante carrera, Davis partió a Europa a profundizar sus estudios de filosofía. Mientras expandía su cultura literaria y filosófica, reafirmó en París su compromiso político, al cual sus orígenes afroamericanos sin duda la predestinaban. El ataque, en 1963, contra una iglesia bautista negra en Birmingham (Alabama) -su ciudad de origen- y el racismo antimagrebí que observó en París justo en una época en que las brasas de la guerra de Argelia, recientemente acabada, aún no se apagaban, alimentaron aún más su determinación como activa defensora de los derechos civiles de los afroamericanos. A su regreso a los Estados Unidos, su ascendente carrera académica en la Ucla se vio truncada por la vigilancia a la que fue sometida por su filiación al Partido Comunista y su proximidad a los Black Panthers. En 1970 fue inculpada de complicidad en un secuestro y el FBI presionó a sus jefes para expulsarla de la universidad. En 1971, el viejo Louis Aragon encabezó una marcha de 60 mil manifestantes en solidaridad con ella, luego del llamado que hiciera el PC francés y figuras como Foucault y Genet.


Así, el trío logró traducir en términos políticos y culturales, cada cual a su modo, lo que las calles parisinas ofrecían. La fusión de política, literatura, arte y estética, que produjo tantos debates y confusiones en el siglo XX, mostró los cruces e intersticios de una época de profundos cambios socioculturales que tendrían eco más allá del momento y el lugar. Jacqueline Kennedy, Susan Sontag y Angela Davis dieron con una ciudad que las hizo vivir un espíritu de libertad impensable en la puritana América. Alice Kaplan invita a reflexionar sobre los descubrimientos que hicieron y sobre las transferencias culturales entre las dos orillas del Atlántico. Su libro es una bella historia en el espejo de la segunda mitad del siglo XX, época de la cual estas divas fueron, si no musas, al menos símbolos incuestionables.