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Reportajes / Pág. 28

Occidente contra la fatalidad

BASTA UNA rápida mirada a la producción intelectual de la historia moderna y contemporánea para constatar que en épocas de crisis e incertidumbre, los historiadores y eruditos más perceptivos se han lanzado a la tarea de dilucidar las causas del auge, decadencia y transformación de los imperios y civilizaciones. La rápida expansión de la actual […]

por
Nicolás Ocaranza
Occidente contra la fatalidad

BASTA UNA rápida mirada a la producción intelectual de la historia moderna y contemporánea para constatar que en épocas de crisis e incertidumbre, los historiadores y eruditos más perceptivos se han lanzado a la tarea de dilucidar las causas del auge, decadencia y transformación de los imperios y civilizaciones. La rápida expansión de la actual crisis económica y sus repercusiones en Europa y Estados Unidos, ha sido objeto de los más variados análisis sobre la deficitaria política monetaria europea y el fracaso del Estado de Bienestar. Pero en lugar de seguir alimentando las hipótesis sobre un dudoso fin del capitalismo y el debilitamiento del coloso norteamericano en el concierto internacional, la trama de Civilización, último libro de Niall Ferguson, sigue un camino diferente al delineado anteriormente por historiadores y politólogos como Fernand Braudel, Kenneth Clark, Paul Kennedy y Samuel Huntington, intentando descifrar cómo la civilización occidental logró imponer sus reglas al resto del mundo durante siglos.


El problema de la hegemonía de Occidente ha sido una especie de obsesión etnocéntrica que los intelectuales han abordado desde múltiples perspectivas. Norbert Elias intentó explicarla a través de presupuestos sociológicos culturalistas que resaltaban la excepcionalidad de las costumbres civilizatorias. Desde la vereda del marxismo, las propuestas de Eric Hobsbawm e Immanuel Wallerstein se enfocaron en explicaciones referidas tanto a la expansión global del capitalismo, como a las interacciones centro-periferia que organizan el sistema-mundo. Los defensores del liberalismo político, por su parte, han insistido una y otra vez en la preeminencia de aquellas instituciones y legislaciones que organizan la vida política de las democracias occidentales. Por otro lado, la historia imperial y más recientemente, la historia global, han puesto mayor atención al fenómeno de la mundialización temprana o de una globalización avant la lettre, cuyas formas de circulación transfronterizas, relaciones comerciales y estructuras de dominación configuraron un colonialismo europeo que dominó el mundo hasta bien avanzado el siglo XX.


Sin embargo, para Ferguson, mediático y polémico profesor de Harvard, Stanford y Oxford, estos marcos metodológicos son insuficientes para comprender una historia del mundo en la que el predominio occidental es el fenómeno a explicar. A diferencia de una historia convencional sobre la riqueza, influencia y poder de Occidente, esta obra no sólo aborda un proceso complejo por la infinidad de detalles y escalas de tiempo que maneja, sino que, además, logra explicar, a través de comparaciones y sutiles preguntas e interpretaciones contrafácticas derivadas de documentos históricos, fuentes literarias, imágenes y artefactos culturales, que la historia del auge y decadencia de un locus como Occidente no puede ser comprendida sin una mirada global que considere también a sus contrapartes, a saber, el Oriente y el resto del mundo.


Este libro, que primero fue una serie de televisión emitida por la BBC, se inicia con una severa crítica al fragmentario sentido histórico que proporciona el modelo educativo de las escuelas y universidades occidentales y una serie de polémicas reflexiones sobre los aspectos positivos de la civilización europea, que algunos académicos no tardaron en calificar de elitistas, eurocentristas y proimperialistas, pese a que el mismo autor reconoce en su texto que como todas las grandes civilizaciones, la de Occidente ha sido un Jano bifronte: capaz de nobleza, pero -en medida no menor- capaz también de vileza.


Civilización plantea que el principal impulsor del cambio histórico es la interacción de las civilizaciones, tanto entre ellas como con sus propios entornos, y lo ejemplifica apuntando que hacia 1913, 11 imperios occidentales controlaban las tres quintas partes de todo el territorio y población del mundo, además de las tres cuartas partes de la producción económica global. Al mismo tiempo, discute el relativismo cultural afirmando que en la segunda mitad del siglo XX las sociedades orientales siguieron el ejemplo de Japón adoptando algunas de las instituciones y formas de funcionamiento de Occidente, lo que explicaría que el éxito de China y de las otras potencias asiáticas se inserta en un debate económico occidental que gira en torno a las tensiones entre el libre mercado y la intervención estatal.


Antes de exponer su argumento central, Ferguson cita la pregunta que un lexicógrafo inglés se hiciera hacia 1759: ¿Por qué medios… son los europeos tan poderosos?, ¿o por qué, dado que ellos pueden viajar a Asia y Africa tan fácilmente por razones de comercio o de conquista, no pueden los asiáticos y africanos invadir sus costas, establecer colonias en sus puertos y dar leyes a sus príncipes naturales? Ni el imperialismo ni el desarrollo de la técnica ni el proceso civilizatorio desarrollado al interior de las cortes europeas ni tampoco el individualismo derivado de la ética protestante que forjó el espíritu del capitalismo pueden explicar la hegemonía de Occidente.


La competencia, la ciencia, los derechos de propiedad, la medicina, la sociedad de consumo y la ética del trabajo fueron -según el autor- los seis resortes del poder global occidental. Estos elementos, reforzados por la solidez de sus instituciones políticas y económicas y la debilidad fortuita de los rivales orientales, permitieron que la supremacía occidental fuera, más que una modernización superficial, una transformación cultural que instaló un conjunto de normas, comportamientos e instituciones en unas fronteras en extremo difusas.


Según estas premisas, la expansión occidental que se inicia en el siglo XV con los viajes de exploración y las rutas comerciales abiertas por las ciudades-estado italianas y por los imperios ibéricos en Asia y América, no culmina con los procesos de descolonización que se desarrollaron en Africa y Medio Oriente durante el siglo XX, sino que es un fenómeno que va más allá de la consumación de las soberanías imperiales y la imposición de un modelo económico aparentemente irreversible. Esquivando el clásico argumento de los ciclos vitales que determinan el devenir de las civilizaciones, Ferguson concluye que éstas son sistemas complejos que operan entre el orden y el desorden, y que si bien pueden existir de manera estable durante períodos extensos, una leve perturbación puede desencadenar una fase de transición de un equilibrio benigno a una crisis que puede precipitar su desmoronamiento. Está por verse si los acontecimientos que seguirán a la coyuntura crítica que nuestro sentido histórico inmediato percibe como una fase de transición de la hegemonía, termina por confirmar o refutar el efecto amplificador de la crisis civilizatoria anunciada por Ferguson y el futuro desplazamiento del centro de gravedad desde Occidente hacia China.