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Cultura&Entretención / Pág. 73

Los Náufragos de la Loca Esperanza: la utopía del Théâtre du Soleil

En cuatro horas, la compañía de Ariane Mnouchkine presenta un montaje festivo y popular.

por
Andrés Gómez Bravo, Rio de Janeiro
Los Náufragos de la Loca Esperanza: la utopía del Théâtre du Soleil

Maurice Durozier revisa su vestuario. Peina sus postizos, arregla y ordena sus materiales. Se para y va a ayudar a mover cajas. En la multisala Arena de Barra de Tijuca, en Río de Janeiro, el Théâtre du Soleil prepara una nueva función. Todos trabajan. Unos barren, otros pasan aspiradora, acomodan la escenografía o cruzan cuerdas de un lado al otro del escenario. Son las cuatro de la tarde. Las puertas se abrirán a las seis. El público será recibido con comida y bebida. Y a las ocho, Maurice Durozier y otros 30 actores darán vida a Los náufragos de la loca esperanza, la última obra de la compañía francesa dirigida por Ariane Mnouchkine.


Estrenado en París en 2010, Los náufragos de la loca esperanza es el montaje estrella del próximo Festival Santiago a Mil, presentado por Minera Escondida. En él, Maurice Durozier interpreta a monsiuer Jean LaPalette, un pionero del cine, socialista, que realiza un filme sobre una utopía: el viaje de un grupo que quiere fundar un mundo nuevo.


Es 1914, la Primera Guerra Mundial está por estallar, y en una taberna francesa Jean LaPallette, su hermana Gabrielle y una troupe de actores aficionados filman la película: los mismos empleados del restaurante son los protagonistas. En ella, el director también actúa: interpreta a un banquero que va en el barco con los viajeros y que gatillará una lucha de clases a bordo.


Inspirada en una novela póstuma e inconclusa de Julio Verne, Los náufragos de Jonathan, el montaje del Théâtre du Soleil es una creación colectiva. “Ariane encontró este texto de Verne. Pensaba que tenía la semilla de lo que ella quería hablar políticamente: la utopía”, cuenta Durozier.


Después vino el proceso de creación de escenas, personajes, música, vestuarios. Once meses de trabajo que desembocaron en un montaje de cuatro horas, romántico, festivo y popular. Una obra que recoge y transmite el espíritu del Théâtre du Soleil: una compañía comprometida con su tiempo, que quiere representar su época con un lenguaje lúdico y universal.


La Belle Epoque


Fundado en 1964, el Soleil se instaló en los 70 en La Cartoucherie, una fábrica de armas abandonada en los bosques de Vicennes, en París. Comandada por Mnouchkine, la tripulación de la compañía transformó el lugar “en un refugio de teatro y humanidad”, como diría ella. Allí debutó Los náufragos de la esperanza el año pasado.


En su visita a Sudamérica, la banda viaja con 30 actores y 45 técnicos. Y trata de recrear el espacio de La Cartoucherie: el público es recibido por un comedor, con mesas y una barra de comidas y bebidas. De aquí pasará a la sala. En el trayecto podrá ver la intimidad de la obra: los camerinos abiertos permiten observar a los actores antes (y después) de salir a escena.


El escenario es una gran plataforma de madera que representa el ático de la taberna donde LaPalette montará su película. Durante los cambios de escena, los actores -con una destreza de gimnastas- montarán los diferentes ambientes.


La historia arranca en 1914, en el nacimiento del siglo XX. “Es una época de grandes invenciones, de avances en las comunicaciones, el transporte y de revoluciones artísticas. Es una época muy efervescente”, dice Juliana Carneiro, quien interpreta a Gabrielle, hermana y mano derecha de LaPalette.


En la obra confluyen así la estética de la Belle Epoque, la música, los sueños de modernidad, las ansias de cambio social, el cine mudo. El montaje tiene dos líneas narrativas: la historia de La Palette, el cineasta socialista, y su esfuerzo por terminar un filme que quiere educar al público, antes de que estalle la Gran Guerra. Y la historia de la película: el grupo que quiere fundar una sociedad nueva en otras tierras. Viajan a Australia, pero naufragan en el Cabo de Hornos, donde conocerán la historia de los kawéskar y los cazadores de indios.


Dividida en dos partes, la obra es una explosión de imágenes y sensaciones, alegre, romántica, idealista. Una celebración de la imaginación y de los sueños, hecha con enorme profesionalismo, creatividad y sentido del humor. Una reivindicación de la utopía social y artística. La misma que ha mantenido encendida el Soleil, cuya declaración de principios es “llevar felicidad al mayor número de personas”. Este montaje es fiel a ello.