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Cultura&Entretención / Pág. 81

Llega Abu Ghraib: la serie de Fernando Botero sobre la tortura en Irak

El 15 de marzo la Fundación CorpArtes, el Museo de la Memoria y la U. de Berkeley estrenan exposición.

por
Gabriela García
Llega Abu Ghraib: la serie de Fernando Botero sobre la tortura en Irak

Un hombre dibuja en un avión. Furioso, usa el lápiz como antídoto. Hombres encapuchados, maniatados, desnudos o vestidos con ropa interior femenina aparecen en el papel que ese 2003 alojó el primero de los 80 bocetos que el colombiano Fernando Botero realizó inspirado en una noticia que lo hizo postergar el humor que suele caracterizar sus pinturas. En la revista The New Yorker acababa de encontrarse con las fotografías que los propios militares estadounidenses tomaron al interior de la cárcel de Abu Ghraib, cerca de Bagdad, mientras torturaban a los presos iraquíes.


Botero decide llevar estas vejaciones a la tela. 35 de estas obras -entre lienzos y dibujos- aterrizan por primera vez en Sudamérica. “Quedó horrorizado. Durante un año devoró libros y trabajó las 24 horas. Fue el único que se atrevió a llevar esta tragedia a la pintura. Abu Ghraib sólo es comparable con el Guernica de Picasso”, dice el hijo del pintor y escritor de El arte de Fernando Botero, Juan Carlos.


Abu Ghraib estará en el Museo de la Memoria desde el 15 de marzo al 24 junio, gracias a una alianza entre la Fundación CorpArtes, la Universidad de Berkeley y el museo. Es una muestra controversial como lo fue la del propio Botero sobre la violencia en Colombia. En 1998, éste dedicó obras al famoso capo de la droga, Pablo Escobar, y a Tirofijo, el jefe guerrillero de las Farc. “¿Qué otra cosa puedo pintar?, si hoy sólo veo violencia”, explicó en esa ocasión.


Exhibida en Italia, Alemania y Grecia entre el año 2005 y 2006, Abu Ghraib también aterrizó en la Galería Marlborough de Nueva York. “La tortura es una práctica medieval que es absolutamente inaceptable en una nación desarrollada como Estados Unidos”, señaló Botero entre aplausos.


Sin embargo, el periódico The New York Times subrayó que ningún museo se había mostrado interesado en adquirir esas obras.


Este fue el mensaje que llegó a oídos de la antropóloga chilena Beatriz Manzi en 2007. En su rol de docente de la Universidad de Berkeley se comunicó con Botero para que las obras pudieran llegar hasta su establecimiento. “Recuerdo que tuvimos que intervenir la biblioteca para mostrar la serie. Por suerte, fue un éxito”, cuenta Manzi.


Vista gorda


Las obras estarían siete semanas en Berkeley, pero la amistad entre la chilena y el pintor cambió el curso de las cosas. “Después de pensarlo mucho, quiero donárselas a la universidad. Me interesa avivar la memoria, que itineren”, le escribió Botero. Manzi eligió al Museo de la Memoria como una de esas paradas. “Chile es un país que ha logrado exitosamente mirar hacia el futuro, y de los pocos que tienen un museo que le rinde tributo a la memoria. Será un hito llevar a Botero hasta allá”, revela.


A Botero, que nació en Medellín y cumple 80 años en abril, no le fue fácil abrirse camino. Hijo de un vendedor ambulante que murió cuando él tenía cuatro años, se puso a pintar para poder ayudar económicamente a su familia. Su primera exposición -siempre colorida, poblada de mujeres y bailes-fue a los 16. Aunque sin imaginar en absoluto que con los años sus obras llegarían a costar entre 200 mil y un millón y medio de dólares. Hoy, Botero es el artista vivo que más exposiciones en museos ha realizado y sus obras están en el MOMA, el Metropolitan, el Guggenheim y hasta el Vaticano. Reacio a las entrevistas, a sus 79 años transita entre sus residencias de Nueva York, Italia y Colombia. “Botero celebra la vida, la belleza, la sensualidad y el deleite de la existencia en su obra, pero esto ha sido contra viento y marea. Ha pasado momentos de dureza económica, como cuando llegó con 200 dólares a Estados Unidos en los años 50, a hacer arte figurativo, cuando en realidad lo que dominaba el ambiente era lo abstracto-expresionista, y además perdió a uno de sus hijos en un accidente automovilístico. Es una locomotora del trabajo,trabaja de 8 a 10 horas diarias y lo hace de pie”, revela Juan Carlos.


Los personajes corpulentos es otra de las obsesiones del colombiano que cuando niño quiso ser torero y adora la pintura florentina. Incluso en esta serie de fondos ocres y hombres ensangrentados y golpeados tras las rejas, las figuras humanas son rollizas, sello que le ha valido la etiqueta de “el pintor de los gordos”. “Yo no he pintado un obeso en mi vida. Es la exaltación del volumen lo que me interesa”, ha aclarado quien enviará a Chile, a través de Manzi, un saludo escrito. “Si miras los cuadros en detalle, no hay bandera ni insignia que indique que esos retratos ocurren en Estados Unidos. El está hablando de ese demonio histórico, agazapado en todos los hombres, que dominado por la codicia o el racismo o el poder puede desatar el holocausto”, explica Juan Carlos sobre la serie cuyo traslado es de extremo cuidado. “Los cuadros viajan en seis cajones, en camiones que no pueden detenerse y en un vuelo sin escala. Además, tendremos que esperar 24 horas para abrirlas e instalar en la galería. Como si fuera un ser humano, hay que esperar que se aclimaten”, dice la jefa de museografía del Museo de la Memoria, María José Bunster.