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Santiago / Pág. 48

Las dos caras del Parque Bustamante

De día está repleto de colegiales y universitarios, gente sobre bicicletas, paseando al perro o leyendo un libro sobre el pasto. Pero apenas oscurece, la fisonomía de este espacio público en Providencia cambia radicalmente. Esta es la historia de un gran par de tacones, prostitución y vecinos acostumbrados al barrio.

por
Carlos Palacios Sturiza
Las dos caras del Parque Bustamante

LOS DÍAS de más calor, una hilera de piernas sumergidas hacen un intento por refrescar la temperatura del cuerpo. El espejo de agua que está frente al Café Literario del Parque Bustamente sirve para eso. También, para que los niños y los perros se lancen, por igual, a las artes del chapoteo.


A mediados del siglo pasado, este parque se consolidó como uno de los pulmones verdes más importantes de Providencia. Habían recién sacado la línea del tren que iba desde la Estación Pirque -actual Metro Baquedano- hasta Puente Alto. Y enormes jardines comenzaban a aparecer. Ahí jugaban niños sin procedencia determinada. Venían del elegante barrio que recorría calles como María Luisa Santander o Ricardo Matte, de los conventillos cercanos a Vicuña Mackenna o de los edificios que miraban al parque.


Hoy, los juegos no han cambiado mucho, pero sí la infraestructura del lugar. Desde que llegó el alcalde Cristián Labbé se construyeron importantes ciclovías, se levantó el famoso Café Literario, y el hoyo que alguna vez fue pileta se transformó en un amplio skatepark.


Durante el día, y sin excepciones en la semana, se llena de universitarios de los institutos profesionales cercanos, que hacen tiempo entre ramo y ramo. No se dejan de ver turistas, que si no están tomando fotos, están bebiendo café en algún cómodo restobar de esquina. Después de las 7 de la tarde aparecen los trotadores, y decenas de madres llegan a airearse mientras empujan un coche. “En este lugar se disfruta una verdadera vida de barrio. Los fines de semana salgo de paseo en bicicleta con mis hijas. Cuando se cansan, nos sentamos sobre el pasto a tomar una bebida”, dice María, vecina del sector. Fuera de eso, lo que ella más disfruta es conocer a la gente de alrededor. “Uno compra siempre en los mismos lugares, te cortas el pelo en la peluquería de la esquina y de pronto te das cuenta de que muchas caras se hacen familiares”.


Ese detalle lo captaron varios jóvenes a mediados de los 90 y tímidamente empezaron a arrendar antiguos departamentos cercanos al parque. Sin embargo, desde 2000 en adelante, algo empezó a cambiar en el sector. Día y noche no comulgaron más.


De lunes a sábado, Manuel Aranguis llega a eso de las 5 de la tarde al Parque Bustamante. Trabaja como mesero en un restobar que abrió hace dos años en Av. Ramón Carnicer. A esa hora ve niños en los juegos infantiles, perros tironeados del cuello por sus dueños y jóvenes con el jeans a medio caer intentando piruetas en el skatepark. Pero cuando cierra el negocio a las 2 de la madrugada, Aranguis desanda el camino por otra ruta para regresar a su casa: en vez de tomar Ramón Carnicer, elige Av. Portugal para llegar a la Alameda. “Todos los días veo cómo este lugar se transforma, por eso evito andar por aquí de noche”, dice.


Después de las 9 de la noche, aparecen los travestis y la calle -entre el Metro Baquedano y el de Santa Isabel- queda gobernada por tacones talla 43, las pantys de red y los escotes con implantes de silicona. “Aquí encontré un lugar seguro, que está bien iluminado y cerca del centro”, dice un transgénero que a las 9.30 de la noche inicia su pausado recorrido por las veredas. Viste minifalda, un corsé y zapatos con estampado de leopardo y terraplén.


La mayoría de las prostitutas, travestis, transgéneros y transexuales arribaron hace más de 10 años a las orillas del parque. El barrio rojo por excelencia de la capital se extendía por la calle San Camilo, pero a a fines de los 90, la zona se saturó y empezaron a emigrar. “Eramos cerca de 100 las ‘chicas’ que ejercíamos la prostitución. Pero el barrio se llenó de edificios residenciales y aumentaron las denuncias”, explica la dirigenta “trans”, Daniela Arraño. “El alcalde de Santiago de entonces, Joaquín Lavín, instaló casetas de seguridad con vigilancia las 24 horas y la ‘fiesta’ se acabó”. Daniela recuerda que la autoridad impulsó becas de capacitación en peluquería y costura para que cambiaran de rubro, “pero duramos seis meses, porque nadie nos contrataba”, cuenta. Entonces “las chicas” volvieron a la calle.


El fenómeno es común en los pulmones céntricos de otros países. Pasa en el parque Bois de Boulonge, de París, y en Parque del Rosedal, de Palermo, en Buenos Aires: mientras alumbra el sol, familias ríen y perros pasean. Cuando se esconde, se abren las cortinas del barrio rojo.


Daniela, que ejerce el comercio sexual desde hace 16 años, dice que en 2000 llegaron las primeras 20 ‘trans’ al Parque Bustamante. El lugar estaba dominado por las prostitutas mujeres y hoy en total son cerca de 100. Explica, eso sí, que no trabajan todas al mismo tiempo. “El sector norte del parque, desde el Metro Baquedano hasta la esquina de calle Eulogia Sánchez, sigue siendo territorio femenino (representan el 20%). Desde ahí al sur, pertenece a los ‘trans'”, explica.


Entre las trabajadoras hay un acuerdo más que tácito sobre los derechos que ostenta cada una en las esquinas. “La más poderosa es la más antigua. Pueden ponerse hasta 10 en una misma cuadra”, explica la dirigenta. Patricia, una transgénero recién llegada de Ecuador, cometió el error de pararse en el área de un grupo de chilenas. A la noche llegó un hombre y le pegó.


Una habitante del sector asegura que la relación con las prostitutas y “trans” es armónica: “Vivo aquí hace 15 años y hay respeto. Uno puede caminar tranquila de noche y no pasa nada. Ya te conocen”.


Para ella y otros vecinos del barrio, el problema es otro. “Lo que pasa es que la mayoría de los clientes llega caminando y no en auto, y por eso el ‘contacto’ suele ser en la vía pública…”, dice.


Efectivamente, Daniela reconoce que se esconden en los recovecos de las fachadas, detrás de árboles o matorrales, o en las angostas y pintorescas calles que conectan el parque con Av. Vicuña Mackenna. Y al día siguiente, las veredas lucen los resabios de la noche anterior: preservativos, papeles higiénicos y botellas de alcohol. De hecho, en junio de 2010, el Hospital de la Asociación Chilena de Seguridad tuvo que instalar una reja frente a la entrada, para evitar que se refugiaran ahí.


Según datos de la 19 Comisaría de Providencia, las detenciones por desórdenes en las inmediaciones del Parque Bustamante han aumentado. “Si en 2008 hubo 13, en 2010 se elevaron a 58”, explica el capitán Ramón Rost. No las arrestan por estar en la calle, sino por estar gritando o peleando. “Hay veces en que se las descubre sin documentos, con drogas o teniendo sexo en la vía pública y, en esos casos, la detención se produce por ofensas al pudor”, agrega el capitán Rost. Eso sí, ésas han disminuido: “En 2008 hubo 11, al año siguiente, cuatro, y en 2010, sólo dos”, dice el capitán.


El vocero de la División de Seguridad de la Municipalidad de Providencia, Eduardo Palma, explica que el tema es parte de la agenda del municipio: “Desde 2010, la labor de Carabineros ha sido intensa. Se realizan controles a los autos y de identidad a los que trabajan ahí. La idea es atacar la demanda. Ahora estamos evaluando instalar cámaras de vigilancia para contar con pruebas y perseguir estos delitos”.


Para Daniela, el sector ya es un barrio rojo, porque “ahí hay moteles y un constante ir y venir de clientes del barrio alto. Por eso, yo soy partidaria de normarlo”.