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Tendencias / Pág. 29

La ruta que está de moda en la Patagonia

En el último rincón de la Región de Aysén, donde comienza Campo de Hielo Sur, aún no hay caminos. Pero nada detiene a cientos de visitantes que cruzan la frontera a pie o a caballo hacia Argentina, convirtiendo la travesía en el gran hit de la Patagonia.

por
Evelyn Pfeiffer
La ruta que está de moda en la Patagonia

A LAS 8 am ya estábamos puntualmente en Puerto Bahamóndez para subirnos a la embarcación Quetru y comenzar nuestro cruce por los andes patagónicos. En las próximas 48 horas nos esperaba una agitada agenda en la naturaleza, que incluiría dos navegaciones, trekking y bus, en una de las rutas más aisladas de la Patagonia chilena-argentina, viaje que forma parte de un nuevo circuito integrado llamado “Patagonia por Descubrir”, que será lanzado a fines de este año.


La primera gran valla del viaje ya estaba ganada: el día estaba perfecto para navegar en uno de los lagos más complejos de la Patagonia. “Podemos estar sin viento acá en Villa O’Higgins, pero en la mitad del lago puede haber olas de cuatro metros y vientos de 50 nudos (92 km/h)”, nos había advertido el día anterior Hans Silva, de la empresa Villa O’Higgins Expediciones, que coordina los cruces (www.villaohiggins.com). Por eso es frecuente que los viajes se cancelen o se posterguen. Pero hoy el viento está tranquilo en este lago binacional: O’Higgins del lado chileno, San Martín del lado argentino, uno de los más grandes de Sudamérica, con 1.013 km², con una particular fisonomía de ocho brazos y una profundidad máxima de 836 m, que lo convierten en el más profundo de América y el quinto en el mundo. Un verdadero gigante patagón.


El cielo despejado permite ver las montañas rodeando este lago de color verde intenso, producto de los sedimentos que acarrean los glaciares de Campo de Hielo Sur. El paisaje es perfecto. Quizás uno de los más impresionantes de la región y de la Patagonia.


De Villa O’Higgins a Candelario Mancilla


Las cosas van a cambiar en Villa O’Higgins. Hoy recibe unos dos mil turistas al año, pero se espera que las cifras se dupliquen cuando el camino se abra desde El Chaltén, Argentina, que recibe unos 170 mil turistas.


Por ahora el pueblo son pocas casas, donde viven alrededor de 400 personas. Hay un lodge de buen nivel (Robinson Crusoe, www.hielosur.com), algunas cabañas y camping, pero nos aseguran que hay capacidad de 200 camas en verano, porque, literalmente, los vecinos abren las puertas al turismo y uno puede alojar en casas de familia.


El producto estrella de este destino es navegar hasta el glaciar O’Higgins, una expedición de día completo ($ 65.000) a bordo del Quetru, una cómoda embarcación para 60 personas, que fue acondicionada para el turista.


La navegación comienza en Puerto Bahamóndez, a 7 km del pueblo, con algunas instrucciones, café y galletas (no incluye snack). Son casi tres horas hasta Candelario Mancilla, donde para nuestra sorpresa se bajan varios ciclistas y trekkers que van al Chaltén y prefieren ahorrarse tiempo y $ 25.000 en vez de ver el glaciar.


Nosotros optamos por quedarnos arriba del Quetru y navegar otras dos horas para llegar a la pared del glaciar. Sinceramente, no tenía muchas expectativas con la vista, ya he estado en varios glaciares en mi vida y pensé que ninguno podía impresionarme otra vez, pero el color del lago, el cielo despejado y la descomunal masa de hielo que teníamos de frente me cautivaron una vez más y quedó dentro de la lista de lugares favoritos del país.


El glaciar O’Higgins es el cuarto más grande de toda la Patagonia, con una pared de tres km y alturas que sobrepasan los 80 m. En tamaño los top 5 de los glaciares en Patagonia son: Pío XI (Chile), Viedma (Argentina), Upsala (Argentina), O’Higgins (Chile) y Perito Moreno (Argentina).


Después de pasar una hora frente al glaciar y tomar el clásico whisky con hielo milenario, comenzamos el somnoliento retorno, pasando primero por Candelario Mancilla, donde nosotros nos despedimos del Quetru para comenzar la segunda parte de la travesía.


Cruzar la frontera a pie


El primer poblador chileno que llegó a estas aisladas tierras entre el lago O’Higgins y Laguna del Desierto, se llamaba Candelario Mancilla. Hoy existe un pequeño puerto, un retén de carabineros y la casa de los descendientes de don Candelario, la cual a la vez sirve de hostería y camping para los visitantes.


Son cuatro habitaciones muy básicas ($ 6.000 p/p) y un baño compartido entre huéspedes y los habitantes de la casa. También este lugar es la única opción de conseguir alimentos: $ 6.000 la cena y $ 2.500 el desayuno, que se lleva todos los aplausos, con huevos de campo, leche auténtica de vaca, mermelada de ruibarbo y pan casero, que nos animan para la caminata.


La primera tarea del día es pasar por el retén, donde se hacen los papeles migratorios y carabineros pide nuestros antecedentes por mail a la PDI de Coyhaique. El trekking (o cabalgata) hasta Laguna del Desierto, donde está la frontera argentina, es de 22 km. Los primeros 12 son los más tediosos, porque son en subida y por un camino de autos, así que decidimos hacerlo en camioneta ($ 5.000 p/p, se contrata en la casa de los Mancilla). Los próximos 10 km ya son en territorio argentino por un agradable y sencillo sendero entre bosques de ñirre, lenga y abundantes arroyos. ¿Nuestras mochilas? La mejor opción es llevarlas arriba de un caballo pilchero ($ 20.000 por caballo), así podemos caminar más livianos y con energía suficiente para ir espantando los tábanos que no nos dejan en paz en toda la ruta.


¡El buen tiempo sigue de nuestro lado! El imponente monte Fitz Roy se muestra en todo su esplendor y acompaña gran parte de la caminata, hasta mostrarse majestuoso custodiando Laguna del Desierto. Sí, la misma que perdimos en un arbitraje con Argentina. Es difícil entender el nombre del lugar, porque, primero, no es laguna (los argentinos se avisparon y le dicen lago) y dos, no tiene nada de desértico: está rodeada de increíbles bosques y montañas con glaciares colgantes. ¡Paradisíaco!


El sendero comienza a descender hasta llegar a orillas del lago, donde se encuentra la policía argentina y un muelle, donde llegan embarcaciones con turistas desde El Chaltén. Ahí nos sentamos a esperar nuestro caballo pilchero para poder tomar la embarcación a la otra orilla y conseguir algún bus, persona de buena voluntad o negociante que nos traslade los 37 km restantes hasta El Chaltén. Cuando llegamos nos dijeron que el último bus ya se había ido, así que nos llevó una camioneta que nos cobró $AR 150 por cada uno (alrededor de $ 18.000). Como referencia, los buses cobran $AR 120.



La capital argentina del trekking


Simplemente, no lo reconocí. Lo había visitado hace siete años y ahora lo veía repleto de hoteles 5 estrellas, calles asfaltadas, tiendas de suvenires y diseño y muchos hospedajes. ¿Cómo puede crecer tanto en tan poco tiempo? Nuestros vecinos pueden: se inauguró en 1985 para hacer soberanía en esta área limítrofe y hoy es uno de los íconos patagones y la capital del trekking argentino.


La ventaja o desventaja de El Chaltén es que tiene las montañas a la mano y los senderos comienzan en el mismo pueblo, lo que significa olvidarse de los trayectos solitarios y paisajes vírgenes como en el resto de la travesía. Lo común es hacer senderos de trekking por el día y volver a dormir al poblado, aunque también es posible hacer circuitos acampando en lugares más solitarios.


Si hay dos constantes patagonas a ambos lados de la frontera, son el viento, con ráfagas que desequilibran, y las abundantes nubes, que siempre tienen la manía de instalarse sobre las montañas más altas. Por eso nos sentimos afortunados de ver al Fitz Roy, aunque el Cerro Torre nos suena a un lejano mito, porque nunca se mostró en los dos días que estuvimos. ¿Moraleja? Siempre hay que ir con tiempo a la Patagonia y aprender del lema aysenino “El que se apura, pierde el tiempo”.