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Santiago / Pág. 36

La ruta de las picadas: una nueva forma de recorrer el centro de Santiago

Django, El Rincón de los Canallas, Las Tejas y Las Pipas de Serrano son los cuatro hitos que rescató la Corporación Cultural Gestarte.

por
Cristián Labarca B.
La ruta de las picadas: una nueva forma de recorrer el centro de Santiago

Django no es Django. Es decir, no es aquel que los turistas corren a visitar en el 210 10th Street, en Des Moines, Iowa, para luego aplaudir por la calidad de su cocina francesa. Nuestro Django queda en el corazón de Santiago, en Alonso de Ovalle 871, y su especialidad es la comida típica chilena: la cazuela de ave, el chancho y los porotos, en porciones que dejarían satisfecho al camionero más hambriento y siempre acompañadas de crujientes marraquetas y una caña de pipeño o chicha.


Como Django -donde un jarro de Borgoña cuesta $ 4.500-, picadas gastronómicas hay muchas y algunas son consideradas patrimonio cultural de la ciudad. Pero a ellas sólo se llega por dato y es el boca a boca de sus satisfechos parroquianos su mejor publicidad. Hasta ahora.


La Corporación Cultural Gestarte elaboró una ruta que agrupará a cuatro bares y restaurantes entre los más populares que están al sur de la Alameda, principalmente, en calle San Diego y sus alrededores, para aquellos que hasta con GPS en mano se pierden. Es el próximo 21 de octubre y además de Django, los seleccionados son los restaurantes Las Tejas , Las Pipas de Serrano y El Rincón de los Canallas.


Vegetarianos, abstenerse


Chicha y pipeño. Arrollados y perniles. Quizás no sean un menú apto para refinados paladares; sin embargo, conforman parte del picoteo más arraigado en la mesa criolla, al que podría sumárseles costillares, empanadas, pichangas de cerdo, cazuelas, aceitunas y escabechados. Juntos, les dan un sello de estos bares y restaurantes con historia.


Como Las Pipas de Serrano -que está en la calle del mismo nombre, en el número 299-, que es famoso por ese peculiar brebaje nacional conocido como “terremoto”: una jarra de pipeño con harto helado de piña y fernet, menta o granadina, a gusto del comensal.


Para no quedarse sólo con el bebestible, acá se puede disfrutar de una chorrillana acompañada del clásico lema “para 3, comen 4”.


El restaurante Las Tejas, que está en San Diego, es otro conocido en el casco viejo de la ciudad, al que llegan los interesados en un vaso de vino (pipeño, por supuesto) y algo para el mastique. Alguna vez descrito como “feo, oscuro y helado, pero con swing“, acá lo que se recomienda es que vaya y sean sus ojos los que lo confirmen o descarten. Historia sí que tiene: tras un incendio que acabó con esta chichería cuando estaba en la calle San Pablo, se trasladó a Nataniel Cox, a tres cuadras de la Alameda. Luego, se fue al antiguo Teatro Roma, donde está hoy. En “el palacio del terremoto”, como también se le conoce, el medio litro de este refrescante preparado vale $ 1.800; una parrillada acompañada de una botella de vino y ensalada, $ 14.990, y la chorrillana, $ 5.990.


Aunque algunos añoran sus antiguas dependencias en calle San Diego, El Rincón de los Canallas (hoy en Tarapacá 810) sigue siendo el más famoso de estos boliches. Aquí, por una jarra mediana de “maremoto” -un terremoto “mejorado”, según asegura el canalla mayor, Víctor Painemal- hay que desembolsar $ 5.500.


Este espacio fue emblemático de los 80. Entonces, el toque de queda obligaba a los comensales a estar muy atentos a las emisiones de radio Colo Colo, donde el locutor Tito Arévalo se las ingeniaba para deslizar el “santo y seña” que ese día se les exigiría: “¿Quién vive, canalla?”, preguntaba Painemal desde el interior. “Está lloviendo en Puerto Montt y los canallas siguen”, contestaba un contertulio bien informado. “Canalla llamando a canalla” o “Las zarzamoras están moradas”, fueron otras dos de estas célebres frases en clave. El que las ignoraba, se quedaba en la calle y, en consecuencia, se perdía de platos como el “Vietnamita”, un recipiente repleto de pernil, arrollado, longanizas, costillar, prietas, papas, arroz y ensalada.


En las dos horas que dura el recorrido, se degustan platos en dos de los cuatro restaurantes.