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Santiago / Pág. 76

La más “antigua” de las vendedoras del Café Haití

[Cafe y minifaldas] Rebeca Fernández trabaja desde 1982 en el tradicional local del Paseo Ahumada. En esa época, junto a una docena de compañeras y tras la remodelación de la barra del recinto, inauguró la moda de los vestidos cortos para servir sus revitalizantes brebajes.

por
Roberto Farías
La más “antigua” de las vendedoras del Café Haití

UNA de las personas más contentas con que por fin vuelva el frío a Santiago es Rebeca Fernández, la más “antigua” chica de los cafés del centro aún activa desde 1982. A los 18 años debutó detrás de la barra del Haití, en pleno Paseo Ahumada, arrancando suspiros y propinas con su vestido apretado y corto y su largo pelo rubio en un moño. Debe haber servido miles de tazas de café. Cuando comenzó era un invierno frío y lluvioso. Desde entonces sabe que “con calor nadie toma café en Santiago”. Y que, en cambio, “mientras más frío haga, más suben las ventas”. “Nunca había tomado café. Ni trabajado. Venía a probar. Pensé que duraría tres meses, pero me quedé 30 años”, cuenta. Hoy todavía sirve café expreso en la misma barra.


En el invierno de 1982, el Mapocho amenazaba con desbordarse en Plaza Italia y correr por la Alameda. Los olores de la humedad se templaban con el aroma del expreso en Ahumada 140. Pero ellas también eran noticia. Todo el mundo miraba a la docena de chicas tras la remodelada barra del Café Haití, pues pese a existir desde 1947 en la galería de Bombero Ossa, en los 80 inauguró la moda de los vestidos cortos para servir café en su local de Ahumada. Rebeca cuenta la osadía: “Todos nos miraban, pero algunas chicas acortaban el vestido que nos daba la empresa para recibir más propinas”. Todavía lo hacen. Algunas aumentan el ingreso. Otras, no. “Porque el café que ellas hacen…”, dice, haciendo una mueca de mal sabor. Prepara un cortado tras otro con una rapidez admirable. Su café es amargo, áspero, duro. Si no fuera por el azúcar y las piernas.


Rebeca ha ido madurando con sus clientes que conoce de memoria. Saluda a algunos hasta de nombre y apellido. Otros la van a ver desde hace 30 años. La miran y muy pocos se fijan en el líquido que toman. Ella ha visto la evolución de los cafés del centro.


“En los 80”, rememora Rebeca, “venían los abogados de tribunales, corredores de Bolsa, los ejecutivos de Quiñenco, los empleados de las oficinas del Grupo Matte (arriba de Ahumada 140), los profesionales de la Compañía de Teléfonos”, dice.


Ninguno permanece hoy en el centro: las empresas se fueron a “Sanhattan”, los accionistas corren papeles por internet y la mayoría de los abogados se trasladó al Centro de Justicia. “Por eso el estilo cambió”, cree ella, “y surgieron como espuma los cafés con piernas: populares, con chicas más osadas y ropa interior. Era lo que quería el público que quedó en el centro”. Cuando empezaron, mucha gente se confundía con ellas. “Para eso, les decía: ‘Vayan a la galería de aquí a la vuelta'”.


En 1994, el comerciante y ex dirigente estudiantil de los años 70, Miguel Angel Morales, abrió el local Barón Rojo, en Moneda al llegar a Tenderini, con las primeras chicas en bikini.


Fue tal su éxito, que rápidamente se replicaron locales semejantes por las galerías y escondrijos del centro. Pronto chocaron, sin embargo, con los alcaldes y las normativas.


Multa tras multa, redada tras redada, no fue sino hasta el 2002, bajo el mandato de Joaquín Lavín, que se zanjó la permanente disputa y se hizo una ordenanza específica para estos locales (vitrinas polarizadas, horarios diurnos, prohibición de venta de alcohol y de ejercicio de la prostitución).


Hoy, hay 191 registrados sólo en Santiago Centro y cerca de 4.000 en toda la capital, según la llamada Asociación de Cafés con Piernas de la Región Metropolitana.


Las ventas de Rebeca bajaron notoriamente por la competencia. Su público disminuyó en edad. En estatus. En exigencia. Nadie previó que los cafés atendidos por mujeres semidesnudas se convertirían en característica del centro de Santiago a nivel mundial.


El fenómeno duró hasta 2005. Ese año cerró las puertas el Barón Rojo y su famoso “minuto millonario”, cuando las vendedoras se quitaban parte de sus ya diminutas tenidas. El último local se emplazó en la esquina de la calle Mac Iver con Agustinas, casi frente al Teatro Municipal.


Lo más curioso del boom del café en estos 20 años es que apenas aumentó el consumo por persona en Chile. De 1 kg per cápita que se consumía en 1990, creció sólo a 1.200 gramos hacia 2010, según cifras de los importadores. Sólo un 20% más.


“Eso es porque durante todos estos años no les ha importado el café que toman. Les importan las piernas”, dice riendo Juan Mario Carvajal, importador de café en grano y certificador de baristas (preparadores de café gourmet) por parte de la SCAE, Speciality Coffe Association of Europe, la Fifa del café mundial.


“En los locales con o sin piernas llevan años bebiendo un brebaje que apenas se parece al café”, dice Carvajal. “Pero de un modo u otro, la moda instaló un estilo, abrió un interés”, remata.


Rebeca cree que aún seguirá unos cuantos años más sirviendo en el Haití. “Mientras conserve la figura”, dice. Intuye que más allá de esa frontera donde reposan sus capuccinos y las monedas, hay un mundo de cafés cada vez más sofisticados. Lo que no sabe es que ella, como un astronauta con un traje espacial diminuto, dio los primeros pasos para los chilenos en ese planeta nuevo. Aromático y oscuro.