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Idea Shock 5: más que gratuidad

CUANDO se habla a favor de la gratuidad en educación superior, incluso para los ricos, se suele invocar la integración social. Hay otra razón. Hace poco, el Injuv reveló que los chilenos en promedio dejan el hogar a los 27 años. Me recordó una plática con un economista de persuasiones conservadoras sobre el acortamiento de […]

CUANDO se habla a favor de la gratuidad en educación superior, incluso para los ricos, se suele invocar la integración social. Hay otra razón.

Hace poco, el Injuv reveló que los chilenos en promedio dejan el hogar a los 27 años. Me recordó una plática con un economista de persuasiones conservadoras sobre el acortamiento de carreras. Yo a favor, él en contra. “Los jóvenes chilenos maduran más tarde”, me decía. 

No es extraño que un país en que importa tanto la segregación, la casta y la clase tenga como mecanismo social la dependencia extendida de los jóvenes de sus mayores. No es extraño que eso sostenga una economía de periferia tecnológica, sin innovación, obesa en capital y anoréxica de talento humano. Y no es casual que las zanahorias y garrotes del sistema de crédito releven a la familia justo a tiempo para seguir diciendo: “No lo que sueñas, sino lo que pague”, “no a concho, sino a la segura”, “no innovar, sí replicar”. 

Que para los jóvenes talentosos y esforzados de origen medio o popular la educación superior sea muy incierta en retornos, pero segura en costos, profundiza su dependencia de deuda y familia. Por eso, la masificación en acceso que creó el CAE parió las condiciones históricas para discutir la gratuidad para ellos.

Para los hijos de la elite también hay mecanismos de dependencia. Para ellos, las alternativas son enfrentar el Hades financiero como los demás o bajar el moño y pedirle permiso al papá, al “apoderado”. ¿Tendrá esto algo que ver con los indicadores de innovación? ¿Con nuestra mediocridad tecnológica? ¿Con nuestra cultura copy-paste? Yo creo que sí. 

Por eso, soy partidario de la gratuidad universal en todas las universidades de claro rol público y de establecer el derecho a estipendios educativos u hogares estudiantiles; de subir agresivamente los estándares de acreditación hasta lograr un sistema universitario mucho más chico que el actual; de acotar los años de gratuidad para incentivar carreras más cortas y una ciudadanía estudiantil responsable con derechos y deberes; de asociar la gratuidad a una práctica social; de crear una red politécnica pública que reemplace las universidades “desacreditadas”, y de expandir los mecanismos de ingreso de equidad para que esos espacios no sean copados por la elite y tengan un carácter público y republicano.

Si me dicen que no se puede de una, bueno, hagámoslo de a poco pues. Si me dicen que requiere ser acompañado por una mejoría radical en la educación escolar pública, yo digo: “Lógico… ¿y?”. Si me dicen que es regresivo o que no alcanza, les digo que no, que depende aritméticamente de la reforma tributaria asociada. Si me hacen escoger entre esto o lo preescolar, o las pensiones, o la salud, siempre escogeré lo segundo, obvio. Pero encuentro miserable usar como rehenes políticas con mérito social propio y que, por ende, deben implementarse, financiarse y punto. 

La educación superior no tiene que ver sólo con generar productividad, sino con caminos de emancipación que necesita nuestra sociedad, democracia y economía. Un sistema público gratuito y de calidad con ciudadanía estudiantil basada en derechos y deberes ofrece esa posibilidad. No veo cómo podría faltar en la plataforma del socialismo chileno. 

Oscar Landerretche
Economista