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Cultura&Entretención / Pág. 58

Hernán Valdés: “Los escritores en Chile son cursis y les falta humor”

En 1974 publicó Tejas verdes, testimonio de la represión en dictadura, que hoy se reedita.

por
Javier García
Hernán Valdés: “Los escritores en Chile son cursis y les falta humor”

El camión avanza y la carga son un grupo de detenidos. Amarrados y vendados, ruedan unos sobre otros. Uno de ellos intenta llevar la cuenta del tiempo. Calcula dos horas de viaje y cree estar cerca de la cordillera. Al llegar al lugar pasan la lista. “Por primera vez escucho nuestras voces”, dice quien llevaba la cuenta del tiempo. Es Hernán Valdés, quien fecha el día de llegada al recinto militar, en la provincia de San Antonio: Miércoles 13 de febrero de 1974.


Era el inicio de un mes de detención, que Valdés contaría en el libro Tejas verdes. Al salir del recinto militar, convertido en un centro de torturas, el escritor pidió asilo en la embajada de Suecia. En mayo del 74 llegó a Barcelona, España. Pasarían un par de días y el escritor comenzó a anotar lo ocurrido.


Hoy, Valdés vive en Kassel, Alemania. Han pasado casi 40 años de su partida. Nunca más ha vuelto a Chile. Ante una nueva edición de Tejas verdes (Taurus), su autor anota en el prólogo, recordando los días de 1974: “Mientras los ruidos de la ciudad vibraban tras los muros, me sometí a revivir la experiencia pasada, hora por hora, día por día, con horror y placer”.


El primer testimonio de la represión militar fue publicado en España (1974), por editorial Ariel. A pesar del dolor, Valdés no deja de lado el humor. Tejas verdes también se puede leer como una novela. Una pesadilla en tiempo real. Luego de traducirse a varios idiomas, el libro circuló en la mayoría de los países de Europa. En Chile recién se leería en 1996, editado por Lom. Valdés seguiría publicando sus libros en el exilio.


La izquierda influyente


Tejas verdes comienza el 12 de febrero de 1974, cuando Valdés es detenido en su departamento, en Santiago. “Los tipos se introducen con mil precauciones, como si fueran a enfrentarse con Bond o el Che Guevara”, escribe. Los agentes de civil armados buscaban al líder del MIR, Miguel Enríquez, pero se equivocaron. “Con una firmeza que debe sonarles a terquedad, respondo que jamás he conocido a nadie del MIR”, anota.


Sin embargo, entre sus papeles Valdés tenía el borrador de A partir del fin. La novela, centrada en el golpe militar de 1973, también compartía una crítica a Salvador Allende y la UP. Saldría en México, en 1981, y en Chile, en 2003.


Valdés explica en Tejas verdes el tardío interés por sus libros. “Algunos intentos para reeditarlo encontraron fuertes oposiciones. No de los militares, que por entonces eran ya indiferentes al poder de las palabras, sino de personeros influyentes de partidos de izquierda”.


Hoy, desde Alemania, Valdés habla sobre la nueva edición de su diario y adelanta detalles de su nueva novela, Salomé y el Presidente.


El próximo año se cumplen 40 años del golpe militar, ¿Qué significa para usted la reedición del libro?


Supongo que hay un par de generaciones que saben muy poco del golpe y la dictadura; y una que sabe de ello por referencias, sin interesarse por los detalles. Incluso sospecho que hay quienes consideran de mal gusto pensar que en Chile pueda haber sucedido algo semejante.


¿Cómo ve que se ha tratado en el país el tema de la memoria y los DDHH?


La gente quiere recuperar la vida, gozar de la paz y libertad que les fueron sustraídas. Pero otra cosa es la responsabilidad política de los nuevos gobiernos, la necesidad de restaurar los valores democráticos. Vistas las cosas desde afuera, eso se ha hecho lentamente.


¿Qué le parece la narrativa chilena actual?


Cada vez me cuesta más hallar un libro interesante. Lo más terrible es la falta de humor, de ironía, de distanciamiento respecto a sí mismos. La cursilería. Y el deterioro del castellano. Para no correr riesgos, vuelvo a los clásicos.


¿Publicará un nuevo libro?


El próximo año. Es la historia, algo maquillada, de mi abuelo. Un gallego, que en los años 20, enviado por los padres a París a estudiar medicina, abandonó la facultad, fascinado por el cine. En ello coincidió con el embajador de Bolivia, otro cinéfilo. El embajador se convirtió en Presidente, y he ahí que mi abuelo se instaló en el palacio Quemado, eminencia gris del cine, usado con fines políticos, como arma de fascinación y disuasión de los enemigos, hasta que un golpe expulsa al Presidente, y con ello a mi abuelo, que termina, como el Presidente mismo, exilado en Chile, donde, para sobrevivir, se dedica a fabricar flores artificiales.