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Reportajes / Pág. 6

Giovanna Chirri: “Está claro que Ratzinger no es un político”

La periodista italiana, la primera en informar el lunes sobre la renuncia del Papa, trabaja en la Santa Sede para la agencia Ansa desde 1994 y asegura que el Estado no ha cambiado en los últimos 20 años: El Vaticano siempre se parece a sí mismo.

por
Lucía Magi, desde Roma
Giovanna Chirri: “Está claro que Ratzinger no es un político”

LA mañana del 11 de febrero empezó como un lunes cualquiera para la periodista italiana Giovanna Chirri (Roma, 1959). Vaticanista de la agencia Ansa, estaba sentada en un pequeño despacho que tiene en la sala de prensa de la Santa Sede, casi en el límite de la Plaza de San Pedro, con su computador prendido. Desde ese lugar, anticuado y con poca luz, seguía la transmisión en directo de un consistorio dedicado a los habitantes de un pueblo del sur de Italia, Otranto, que en 1480 fueron asesinados por los turcos después de rechazar convertirse al islam.

Benedicto XVI acababa de empezar un discurso en latín sobre los 800 mártires que se convertirán en santos el 12 de mayo. Chirri entendía y tomaba notas. A diferencia de los otros cuatro periodistas presentes -de México, Japón y dos de Francia-, los italianos estudian esa lengua en el instituto. “Lo entendí casi enseguida, pero no lo podía creer: Benedicto XVI renunciaba a ser Papa”, exclama, encogiéndose de hombros frente a la puerta de la sala de prensa. En pleno invierno de Europa, el cuello del abrigo le esconde una sonrisa todavía incrédula. “Lo escuché, lo hablé con la redacción, lancé el cable y luego lloré. Como católica, siento que se vaya”, confiesa, con las manos hundidas en los bolsillos y sin una pizca de maquillaje en el rostro.

¿Usted se percató de que estaba dando una noticia histórica?

Solamente hice mi trabajo. Una agencia tiene que cubrir todo lo que haya en agenda, aunque estaba convencida de que no saldría una gran noticia de esa reunión.

Giovanna Chirri se transformó en una celebridad entre sus colegas que repletan la sala de prensa del Vaticano desde el lunes 11. Los periodistas de todo el mundo le piden ayuda con información y la redactora -sonriente pero concreta- responde intercalando el inglés y el italiano.

Ingresó en 1987 a la agencia Ansa, la más grande e importante en Italia. Tenía 28 años y, al comienzo, se ocupaba de información científica. Luego pasó a cubrir la política. Específicamente, el Parlamento. “Pero en cuanto pude, hui: me aburría mucho y me quedé sólo dos meses. Pasé a seguir al Presidente de la República, que entonces era Francesco Cossiga, un tipo bastante pintoresco. En 1991 pasé 27 días seguidos en un pueblecito de la montaña donde él tomaba vacaciones: tres veces al día ofrecía conferencias de prensa. ¡Demasiado! Al final del verano me nombró Cavaliere del Trabajo (un título honorífico con el que el jefe de Estado galardona a las personas que destacan en su oficio)”.

En 1994, sin embargo, Chirri pensó que en esa sección no tenía opciones de ascender y se sumó al equipo que cubría el Vaticano, que necesitaba refuerzos. Tenía 35.

Usted, que conoce las entrañas del Vaticano desde hace casi 20 años, ¿considera que la Santa Sede ha cambiado en estas dos últimas décadas?

No mucho, la verdad. En el fondo, el Vaticano siempre se parece a sí mismo. Es un mundillo pequeño, cerrado, que parece inmutable. Por supuesto, el impacto de la realidad exterior se nota. Y lo hace variar un poco. Pero se trata de reacciones, no de cambios que maduran desde dentro. Por ejemplo: siempre hubo rivalidades y antipatías. A lo mejor, hace 40 años se delataban con cartas anónimas. Hoy, con internet, todo se destapa y circula en pocos segundos a través de la red.

¿Han variado los rituales?

Paso mi día laboral asistiendo a misas, ceremonias y audiencias, al igual que todos mis colegas vaticanistas. Escrutamos la mirada del Papa, la expresión de uno u otro cardenal, el color de los zapatos de Benedicto XVI. Pero son detalles. En el fondo, los rituales no han cambiado mucho.

En el papado de Benedicto XVI, ¿qué cambió respecto del período de Juan Pablo II?

Para mí, Benedicto XVI fue un gran Papa. Quizás voy un poco a contracorriente diciéndolo. Desde el principio él -como buen teólogo- se tomó muy en serio su ministerio. Tenía una capacidad increíble para comunicar la fe, el misterio divino. Sabía explicarlo de forma sencilla y estimulante para que tanto el joven de 15 años como el quiosquero y el académico pudieran entenderlo y se quedaran fascinados. Siempre me voy a acordar de sus homilías y discursos de los miércoles, durante las audiencias generales en el Aula Pablo VI (una gran sala que surge detrás de la Basílica de San Pedro). Sabía emocionar, aun cuando explicaba conceptos complejos.

Hay quienes lo critican por una supuesta incapacidad política. ¿Está de acuerdo?

No del todo. Está clarísimo que Ratzinger no es un político. Su vocación siempre fue la teología. Sin embargo, cuando las ocurrencias lo requirieron, él demostró tener un pulso de gobernante determinado y claro, en su honestidad. Me refiero a dos ámbitos en particular: intentó llevar una pizca de transparencia en materia fiscal (el último acto que encabezó el miércoles fue el nombramiento del nuevo director del banco vaticano IOR) y tomó las riendas de un problema tan dramático como el de los menores abusados. En este campo fue un gigante. Encontró sistemáticamente a las personas que sufrieron violencias por parte de curas católicos en todo el mundo y, sobre todo, por primera vez, las reconoció como víctimas, heridas, ofendidas en la manera más dolorosa para un creyente.

¿Cómo ha sido la disputa de poder interna en los últimos meses?

No me ocupo mucho de ello. No me interesa. Lo único que sí percibo y sé es que siempre hubo disputas de poder. Las palabras de Benedicto XVI durante la misa del Miércoles de Ceniza fueron muy claras. ¡Ratzinger es un tipo sin pelos en la lengua! Hay que imaginar que cuando dijo no tener más fuerza para seguir guiando la Iglesia, también aludía a eso: a la capacidad de gobernar estas rivalidades que atormentan la Curia. Hasta que pudo, las capeó, como él mismo confió a Peter Seewald, en el libro-entrevista Luz del mundo (2010): “No se abandona el rebaño acosado por los lobos”. Soportó los ataques más fuertes. Y ahora deja que sea alguien con más vigor quien se encargue de las ovejas.

¿Quién manda hoy en el Vaticano?

Benedicto sigue mandando hasta el 28 de febrero. Renunció justamente para estar firme y lúcido durante todo su ministerio.

¿Se abre una nueva etapa en la Iglesia?

Sin duda. Las dimisiones de un Papa son un hecho histórico. Nadie en la Iglesia podrá seguir como si nada hubiera ocurrido. Todo el mundo deberá enfrentarse a esta decisión. Y no es posible descartar que otros lo imiten.

¿Otros cardenales?

Sí. Desde el lunes 11 de febrero existe para todos los cardenales un camino alternativo, cuando se siente no poder más en el cargo. La crisis de Ratzinger y de este momento va a ser la crisis de la que brotará la renovación de la Iglesia.

¿Cuál será el legado de Benedicto XVI?

Me acuerdo de su frase mientras celebraba el funeral de Juan Pablo II: “Ahora nos mira desde la ventana del cielo”. Y luego sus homilías. Como creyente siempre me tocaban mucho.

¿Cómo estaba el Papa la mañana en que anunció su renuncia?

Tenía el rostro cansado y muy serio. Y otros hablaron antes. Luego tomó la palabra él. Leía su discursito, en latín, dividido en cinco puntos principales. A partir del segundo ya se venía entendiendo que anunciaba su renuncia. Empezaron a temblarme las piernas, me senté.

¿No se lo esperaba?

Sabía, como todo el mundo, que Benedicto XVI abrió esta posibilidad en su libro Luz del mundo. Pero estaba convencida de que nunca dejaría el cargo. Sin embargo, él seguía hablando, detalló que se iba el día 28, a las 20 horas, y que había que convocar un cónclave. Era absolutamente cierto. El Papa dimitía. No cabía duda. Lo había entendido, a pesar de que no me lo creyera. Mi cabeza me decía: “¿Estás segura? Lo entendiste mal’’. Tuve algunos minutos de dificultad.

¿A nivel personal? ¿Profesional?

Primero, en el profesional, en mi oficio. No sabía cómo gestionarlo.

¿Qué sentía en ese momento?

Las emociones se te caen encima después. En ese instante, estás allí para trabajar. Tienes que dar la noticia, tienes que entender cómo darla, qué palabras utilizar. Yo la escuché con mis oídos, intenté averiguarla, hablé con la redacción, la escribí y luego -después de todo esto- vinieron los sentimientos.

¿Es decir…?

Al final tuve una reacción personal. Sentía mucho el hecho de que el Papa Benedicto XVI se fuera. Y lloré.

¿Es la primera vez que le ocurre en estos 20 años cubriendo el Vaticano?

Es la primera vez que tuve que hacer un esfuerzo para que lo personal, mis creencias y emociones no se solaparan con lo profesional: la noticia, la objetividad y la prisa. Soy una reportera, y siempre me he esforzado en mantener separados mi trabajo y lo que pueda ser mi simpatía personal. La fe, en este caso. Pero, de repente, los dos carriles paralelos se fusionaron. Lo sentía desde un punto de vista humano y como cristiana.

¿Cómo era el ambiente en ese lugar?

El Papa hablaba despacio, pausado y con mucha solemnidad. Por eso le entendía el latín. Muchísimos cardenales habían llegado a Roma por este consistorio y la mayoría de ellos estaba presente en la sala. Estaban helados. No se les movían los rostros ni los bigotes de quien los tenía. Se creó un silencio poco natural. Estaba claro que pasaba algo. Y luego aquella frase de monseñor Angelo Sodano (decano del Colegio Cardenalicio de la Iglesia católica). El cardenal, cuando terminó el Papa, dijo en italiano: “Es un relámpago en un cielo sereno”. En ese instante yo me dije: “Ya, basta de esperar. Es cierto, lo has entendido bien”.

A las 11.46 horas, Chirri lanzó el cable noticioso. La renuncia de Benedicto XVI dio la vuelta al mundo en un puñado de segundos.