*

Edición Impresa Cambiar fecha
Cultura&Entretención / Pág. 42

¿Es Bob Dylan un poeta mayor?

No sin polémica, llega el libro que reúne por primera vez en español las letras del cantante.

¿Es Bob Dylan un poeta mayor?

El universo Dylan no tiene fin; se expande cada cierto tiempo y vuelve al origen, como un eterno Big Bang. A los 69 años, el músico de Minnesota retorna a los escaparates por partida triple: a la publicación de sus primeros álbumes que recuperan el sonido mono y a una colección de tomas en su mayoría inéditas, se suma la aparición en Chile de un libro que recopila todas sus canciones entre 1962 y 2001, en versión bilingüe.


Bob Dylan: Letras (Alfaguara-Global Rhythm Press) pesa como un ladrillo y ha desatado la furia de muchos seguidores del autor de Like a rolling stone, disgustados con el enfoque dado a su inmenso cancionero. Su lectura nos deja atolondrados, como si recibiésemos una tonelada de información directo a la vena. Las preguntas que surgen son varias: ¿es Dylan un poeta mayor? ¿Se pueden traducir canciones como poemas? Y al hacerlo, ¿es necesario ser literal o debe respetarse la métrica y la fonética?


Vaya lío, sobre todo pensando en alguien tan hermético y dado a los juegos como Dylan. Para enredar aún más la madeja, el volumen de 1.264 páginas ha estado apuntalado por la polémica, luego de que el traductor original, Rodrigo Fresán, abandonara el proyecto, por diferencias con el editor, siendo sustituido por Miquel Izquierdo y José Moreno. El novelista argentino no ha querido referirse al asunto, salvo lo dicho en el sitio La Periódica Revisión Semanal: “De lo de Dylan prefiero no acordarme. Y hablar equivaldría a hacer memoria. Así es que prefiero dedicar la memoria de mi disco duro para cosas más útiles y gratas”.


Para empezar, el problema de traducir canciones es peliagudo, pues fueron hechas para ser cantadas o escuchadas. Las escuelas posestructuralistas entienden la obra de arte no como un objeto independiente de su contexto, sino alterado por la interpretación que realiza el que observa o consume dicha construcción. En otras palabras, no es lo mismo un urinario en un museo que en un basurero, y de igual forma sucede con los temas de Dylan: fueron creados para interpretarse junto a una música y si les quitamos ese componente se desnaturalizan.


Los traductores de Letras tenían dos opciones al enfrentar el desafío: trasladar el contenido literal de las canciones para que el lector que no entiende inglés comprenda su significado u optar por una jugada radical, que consiste en adueñarse del material del artista y transformarlo hasta que parezca creado en la propia lengua. Es lo que planteaba Walter Benjamin y como lo hiciera de forma tan notable Nicanor Parra con Shakespeare (sería un sueño que el antipoeta “tradujera” a Dylan). O como recientemente lo hizo Leonardo Sanhueza con Catulo.


Los encargados del proyecto, al parecer, no tuvieron las agallas para tomar el segundo camino ni tampoco la humildad para optar por el primero. Se quedaron en medio de ninguna parte. De hecho, el prólogo es casi una confesión. Como esos niños con las manos manchadas de tinta que dicen que no fueron ellos los que pintaron la pared, los responsables dan una serie de excusas y argumentos sobre la imposibilidad de traducir a Dylan.


Afirman, con más pelos en la lengua de lo aconsejable, que quien quiera bucear en las creaciones de Robert Zimmerman se encontrará con “una sintaxis tortuosa cuando no intransitable, metáforas descabelladas o decapitadas, alusiones enigmáticas, oraciones truncadas, citas encubiertas…”. En la introducción, Miquel Izquierdo, sin empacho alguno, dice que Kerouac -uno de los modelos de Dylan- era “un bluff literario”, para terminar afirmando que la obra del autor de Blood on the tracks es “una tomadura de pelo que va en serio”.


Dylan, hay que decirlo, no escribe poemas sino canciones. Es un músico con un talento literario que se da pocas veces en la historia y la Academia no cometería ninguna torpeza si le diera el Nobel de Literatura. Por lo demás, su escritura ha influido a muchos poetas, como el mismo Parra o Raúl Zurita, por nombrar casos locales.


En la versión de Izquierdo y Moreno, A hard rain’s gonna fall se convierte en Será atroz la lluvia y Lay, lady, lay en Echese en mi lecho, señora. La magnífica Most of the time pasa a llamarse Normalmente. Fuera del logro documental, los traductores tienen aciertos cuando dejan que el lirismo del autor se alce sin tantos maquillajes. Dylan se revela como un compositor ya suelto y refinado desde sus primeros intentos, pero llega a profundidades en discos maduros como Oh mercy (1989) y Time out of mind (1997). Mérito aparte para Alessandro Carrera, quien escribe las notas de cada canción, en las que se descifran las múltiples referencias cultas y populares que esconden, algunas impensadas.


Discusión entre fanáticos


Hay varias decisiones que parecen poco ajustadas en la traducción y quizá el caso ejemplar sea el de Like a rolling stone (Como un canto que rueda, según la versión española), que generó toda una controversia en internet aun antes de que se publicara el libro. La canción, como se sabe, habla de una chica rica que cae en la decadencia absoluta. “Hubo un tiempo en que ibas muy trajeada/ En la flor de la vida arrojabas moneditas a los mendigos, ¿recuerdas?”.


Luego de saberse que Fresán usaría la frase “Como una bala perdida”, en el blog de Marisol García se armó un debate en el que ella propuso “Como un tiro al aire” y luego Sergio Coddou afirmó que, en realidad, la opción del argentino sería “Como una piedra rodante”. Gonzalo Maza, por su parte, entregó una original lectura del famoso estribillo (How does it feel/ How does it feel/ To be without a home/ Like a complete unknown/ Like a rolling stone?): “Cómo vivir/ cómo vivir /sin casa, sin amor /como un desertor/ como un muerto al sol”. No está nada mal. La opción de Izquierdo y Moreno fue: “¿Qué se siente/ qué se siente/ vagando sin hogar/ Por todas ignorada/ Como un canto que rueda?”.


Lo que queda claro, tras leer estas Letras, es que Dylan es uno de los pocos contemporáneos que merece el apelativo de genio, uno de los creadores más insignes del último tiempo. Y que, tal como decía Borges, los grandes artistas sobreviven a los traductores.