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Reportajes / Pág. 22

En la desigualdad está el problema

Cuando la desigualdad aumenta, puede ser sano recordar que tanto para los padres fundadores de los Estados Unidos como para la Revolución Francesa los conceptos de libertad e igualdad nunca estuvieron disociados. ¿Qué fue lo que se rompió con la modernidad? ¿Por qué el proceso de reducción de las diferencias ahora se revirtió? Este libro es una exhortación a refundar la noción de igualdad.

por
Nicolás Ocaranza
En la desigualdad está el problema

En su Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, Rousseau planteaba que en la especie humana existen dos especies de desigualdad: “la primera, natural o física, porque ha sido establecida por la naturaleza, y que consiste en la diferencia de las edades, de la salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu, o del alma; y otra, que puede llamarse desigualdad moral o política, porque depende de una suerte de convención que ha sido establecida, o por lo menos autorizada, por el consentimiento de los hombres. Ella consiste en los diferentes privilegios que algunos gozan en perjuicio de otros, como el ser más ricos, más respetados, más poderosos que ellos, o incluso hacerse obedecer”. Estas reflexiones, publicadas en 1755 en medio del ancien régime, son tan contemporáneas como la persistencia de la desigualdad.


Pierre Rosanvallon, director de estudios en l’EHESS, retoma el tema en La société des égaux, versión corregida de sus lecciones en el Collège de France, a las que es posible asistir disputando un lugar en los dos auditorios donde lo siguen más de 300 estudiantes. En este mítico lugar -creado en el siglo XVII por el cardenal Richelieu y donde antes dictaron cátedra Michelet, Foucault y Bourdieu- no sólo se confirma el magisterio de un intelectual comprometido como Rosanvallon, sino también la sensibilidad que hay en Francia para el tema de la igualdad. En 2009, el 90% de los franceses consideraba que una sociedad para que sea justa debía garantizar las necesidades básicas de habitación, alimento, salud y educación. El 57% creía que la desigualdad de ingresos era inevitable para el dinamismo de la economía y el 85% aceptaba las diferencias de sueldo cuando remuneraban méritos individuales diferentes.


Apoyado en múltiples investigaciones y encuestas en Europa, China o Brasil que demuestran la existencia de un sentimiento muy extendido entre las personas de estar viviendo en una sociedad injusta, el objetivo de este ensayo es simple y directo desde las primeras páginas, pues propone refundar la idea de igualdad. Para ello, recorre la historia de este concepto a través de los dos últimos siglos, desde el reconocimiento recíproco de la libre conciencia a inicios del siglo XIX hasta la búsqueda de una igualdad radical de oportunidades en la actualidad.


Desde las postrimerías de la Revolución Industrial, la legitimación de la llamada desigualdad natural ha tomado -según Rosanvallon- un giro más y más radical. Al fines del siglo XVIII, después de todo, se exaltaba la igualdad biológica de los individuos, y la idea de dependencia de un individuo de otro estaba yendo a pérdida. Pero ese proceso se detuvo con el pauperismo generado por el desarrollo industrial y el surgimiento de una cierta xenofobia nacionalista que indujo a desconfiar del otro, del que era distinto.


Puesto que a raíz de la expansión del capitalismo en Europa y los Estados Unidos la demanda de igualdad se volvió incompatible para algunos con la búsqueda de libertad, dejando instalada la desigualdad como fenómeno natural e irremediable, tanto el individualismo como el espíritu de competencia erosionó según el autor la solidaridad y la cohesión social. Es la herida que ciertas ideologías utópicas, como el comunismo, intentaron revertir a partir de una idea de igualdad de alcances casi aritméticos. Rosanvallon analiza este doble movimiento y plantea que el resultado ha sido el quiebre de los lazos de solidaridad entre ciudadanos y naciones que se enfrentan por modelos de sociedad contrapuestos.


En los albores del siglo XX, el ascenso del Estado de bienestar vino a frenar por un rato este quiebre a través de los impuestos, las mutuales y la regulación del trabajo. Sin embargo, el proceso se detuvo y hacia los años 1990 entró en crisis. Es lo que estamos viviendo ahora, cuando los propios desequilibrios financieros del Estado de bienestar lo han puesto en entredicho y cuando el surgimiento de un renovado individualismo en el cual cada cual quiere ser reconocido por sus especificidades en un ambiente de igualdad de oportunidades, refleja un deterioro de los niveles de sociabilidad del mundo desarrollado. La igualdad ha retrocedido. Una nueva filosofía del consumo sin límites se expande en aquellas sociedades donde el ideal democrático le había puesto márgenes de contención, dejando detrás suyo un ambiente desprovisto de toda teoría de la justicia y una noción de comunidad en completa decadencia.


La rebelión de los jóvenes en los barrios pobres de Francia e Inglaterra se conjuga peligrosamente con el surgimiento del populismo en Europa, que pretende reconstruir la cohesión social sobre la base de una sociedad fundada en la identidad y no en los derechos. El autor cree que la democracia está siendo atacada por los tres venenos destructivos de la desigualdad: la reproducción social (inmovilidad de las clases sociales), el exceso (mercantilización del mundo) y las secesiones (guetos). En definitiva, esta obra plantea que la democracia sólo puede sobrevivir con un mínimo de igualdad entre los individuos. Pero, ¿cómo y cuándo triunfó el individualismo? ¿Cuándo la aspiración a la diferencia terminó oponiendo libertad e igualdad? ¿Cómo refundar este concepto?


Para los revolucionarios franceses y estadounidenses, las desigualdades económicas no podían empañar el brillo de la igualdad política entre los hombres. Para Jefferson y Sieyès, la igualdad era una cualidad democrática y no una medida de redistribución de la riqueza. Las páginas que dedica a este debate en torno a la cuestión de la igualdad como un valor central de las revoluciones en ambas orillas del Atlántico son valiosas y muy actuales.


En el libro hay buenas cifras para analizar la concentración de la riqueza, el desempleo y la actual precarización del trabajo. Todo esto ha sido una regresión. En Francia, hacia 1913, el 1% más rico poseía el 53% del patrimonio, pero hacia 1984 la proporción había caído al 20%. En los Estados Unidos, antes de la crisis del 29, el 10% de los más pudientes percibía el 50% del total de los ingresos y entre 1950 y 1980 esa proporción se redujo a 35%. El problema es que a partir de ahí la situación cambió. Cuesta aceptar que para los principales actores políticos e intelectuales de la revolución norteamericana y francesa, la igualdad y la libertad, hoy presentadas como nociones antinómicas, fueran valores indisociables. El aporte de este libro es poner al servicio de los críticos de la desigualdad las herramientas de una noción política que tiene larga legitimidad histórica. Rosanvallon cree que una sociedad de indignados se vuelve esquizofrénica si sólo se limita a la protesta. De ahí su empeño en analizar el tema en función los alcances políticos y éticos de la igualdad en el desarrollo de la democracia como régimen y forma de sociedad.