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El ombligo penquista acorralado

La Plaza Perú de Concepción fue el eje cívico de la comunidad. Hoy, se ve amenazada por las protestas, la muchachada cervecera y los cachivaches.

El ombligo penquista acorralado

En un par de oportunidades he visitado los departamentos de la Plaza Perú de Concepción. De diseño en semicircunferencia, sus muros son enormes, sobredimensionados, tanto que alguna vez pensé que la ciudad podría sobrevivir a un terremoto si se aferrase a esas construcciones como un ancla. Los levantaron a finales de los años 40 para albergar a los ingenieros y técnicos extranjeros que vinieron a echar a andar la gran usina de Huachipato. Allí debieron estar cómodos. Luego los gringos se marcharon. Las viviendas, con terrazas interiores y soleados balcones de aspecto parisino, fueron heredadas por los trabajadores chilenos.


Entonces comienza el esplendor: la Plaza Perú -en rigor, una plazoleta- es el ombligo de Concepción, la platea privilegiada para cualquier actividad pública o callejera. Todo pasa por ahí, todo comienza y termina ahí, a la sombra de sus portales. El vértice de la plaza empalma con la Casa del Arte y el campus universitario, y por allí caminaron Miguel Enríquez y Fidel, el muralista Jorge González Camarena o la folclorista Violeta cuando andaba rastreando los sonidos autóctonos de la tierra. Un tiempo después, en sus veredas se estacionaron las tanquetas militares por largo tiempo.


Recuerdo esa película de Ettore Scola, El baile, en que una cámara fija en un salón francés va registrando retazos de 50 años de historia de ese país, marcando los momentos de euforia, de auge y caída a través del baile de sus visitantes. Acá, la Plaza Perú podría establecer ese mismo registro de la identidad y el devenir de los penquistas. Además -y aparte de la arquitectura neoclásica del barrio universitario-, los edificios curvos de la plaza representan el único patrimonio que se ha conservado intacto, el único del cual nos enorgullecemos. El resto se ha perdido por los sismos y por las intervenciones humanas.


En los 80, cuando llegué a la ciudad, la plaza aún mantenía su dignidad. Unas pocas fotocopiadoras, una frutería y un minimercado se emplazaban en sus portales, nada que lo alejara mucho del barrio modelo que se concibió para darles buena impresión a los gringos. Por ahí también circulé, más bien corrí, arrancando de los carabineros con mi cámara fotográfica Zenith EM.


De repente en los 90 se instaló el primer chiringuito: un local de sándwiches griegos y cerveza en jarra con mesas en la vereda, qué tremenda novedad. Y luego otro, y otro, y otro. Ahora son una docena de lunes a domingo, como si se hubiesen rifado las patentes de alcoholes. Se les acabó la paz a los residentes, el privilegio de vivir en el ombligo de la ciudad se transformó en pesadilla: hoy los viejos portales son a la vez letrinas y venusterio de tránsito.


Una pequeña feria de antigüedades sabatina también fue mutando a un mercado de Tánger en que se venden hasta calzoncillos de segunda mano tendidos junto a la pileta, donada en 1950 por la comunidad alemana. Las reiteradas quejas de los vecinos son estériles, la autoridad edilicia parece haber abandonado aquel paño glorioso que es como nuestra propia Plaza Italia. Y, justamente, faltaba la última plaga bíblica: las protestas universitarias que cada semana terminan con el destrozo total de semáforos, señalética y mobiliario público, y con el intento de descerrajar la farmacia emplazada allí.


Es una señal del fin de los tiempos: la caterva de manifestantes agarrándose a palos con los carabineros, el humo de los neumáticos ardiendo en la barricada y las bombas lacrimógenas a destajo, mientras los parroquianos en los refectorios empinan sus patacones de cerveza como si estuviesen en las graderías de una plaza de toros en Pamplona. Curioso que el genotipo del encapuchado violento no vea en ellos, en los espectadores premunidos de Kuntsmann Torobayo, el máximo símbolo del burgués moderno y no los agredan también a piedrazos.


La Plaza Perú se fue al carajo, no queda más que la memoria de ese barrio amigable, con sus callejoncitos aledaños en el que me hubiese gustado vivir. De la que me salvé.