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Santiago / Pág. 53

El Metro al límite: como sardinas en una lata

Los usuarios conviven con aglomeraciones y empujones. Y como si fuera poco, en horas punta deben esperar hasta cuatro trenes para subirse a un vagón.

por
Equipo Santiago
El Metro al límite: como sardinas en una lata

Gente apiñada dentro de los vagones, ambiente claustrofóbico, mezcla de olores y malas caras. Informales “empujadores” comprimen a los viajeros, como si se tratase de sardinas que deben caber dentro de una lata. Se aseguran de que todos entren en sólo segundos y que la gente no impida el cierre de puertas. Al salir del tren, los pasajeros son expulsados por la multitud y llevados como borregos por la presión de la masa.


Estas escenas parecen evocaciones del Metro de Tokio, pero es lo que sufren los usuarios del Metro de Santiago durante las horas punta de mañana y tarde.


Son casi las 19 horas en la Estación Tobalaba. Los santiaguinos ya terminaron su jornada y van de regreso a sus casas. En el andén con dirección San Pablo, uno de los funcionarios de chaqueta amarilla que controlan que los pasajeros no sobrepasen la línea del mismo color grita: “Avancen hacia los extremos del andén”. Pero resulta casi imposible seguir su instrucción: el lugar está tan lleno, que las personas apenas pueden moverse.


En el lugar, René espera el vagón que lo llevará a Estación Central. Está desde hace 10 minutos ahí y no ha podido subirse a un tren; los tres que pasaron iban llenos. “Esto ocurre todos los días a esta hora, pero ya me acostumbré”, cuenta resignado.


Desde que partió el Transantiago, en febrero de 2007, los capitalinos se volcaron en masa al Metro. Tanto, que desde esa fecha -según datos de la empresa- la demanda se duplicó.


El martes 4 de mayo los números alcanzaron un récord: ese día el tren subterráneo tuvo una afluencia de 2,5 millones de personas, la mayor en sus 43 años de historia. Antes del Transantiago, apenas superaba el millón. Y en el último año, el promedio de viajeros en día laboral aumentó en 57 mil personas, cifra equivalente a los habitantes de Independencia.


“Metro se encuentra operando a su máxima capacidad, especialmente en el tramo central de la Línea 1”, aseguran en la empresa.


Para los usuarios, esos datos no son cifras, sino parte de sus vidas diarias. De la rabia pasaron a la resignación y ya se acostumbraron a las aglomeraciones, los empujones y a esperar hasta cuatro trenes para subirse en las horas punta. “Vivo en Santiago, así es que estas molestias tengo que aceptarlas”, asegura Francisco, mientras espera en la Estación Pedro de Valdivia la máquina que lo llevará de vuelta a su casa, en el centro.


De hecho, este contador que trabaja en Providencia ideó fórmulas para viajar más cómodo, como ir primero hasta Los Dominicos y, así, subirse a un vagón vacío. “A veces, simplemente, me voy más tarde para evitar el mar humano”, agrega.


Oscar Figueroa, director del Instituto de Estudios Urbanos de la UC, explica que las mayores aglomeraciones se producen en las estaciones de combinación, como Tobalaba, Santa Ana y Vicente Valdés, pero sobre todo en la Línea 1, en el tramo que va desde Los Héroes a Baquedano.


Ahí, es tal la cantidad de gente que circula en horas peak, que Metro ha implementado acciones para reducir las multitudes y evitar accidentes. Aumentó la cantidad de personal de control en andenes y, en algunas estaciones, instaló miradores donde se ubican guardias con actitud de vigías para reportar el estado de la estación.


También, se intensificó el uso de contenciones, medida de seguridad que controla, a través de funcionarios, rejas y huinchas, el volumen de pasajeros que ingresa a los andenes, para que éstos no se repleten. La medida partió poco después que el Transantiago, pero este año se incrementó por “el fuerte aumento de la demanda en hora punta”, dice la empresa.


A las 7.50 AM del viernes pasado, en la Estación Plaza de Maipú, la jefatura del recinto decide detener el flujo de personas que pasa por los torniquetes del segundo piso y continuarlo dos minutos más tarde.


Los usuarios, acostumbrados a esta mecánica, esperan pacientes hasta que una voz suave indica el fin de la medida por altoparlantes.


Una señora lee el diario mientras deja pasar un tren y espera que el siguiente -que llegará en poco menos de dos minutos- le conceda un asiento desocupado. Comenta que la situación ya no la sorprende. “Es de todos los días y somos los pobres los que más sufrimos”.


A la misma hora, pero en Los Héroes, Angela se lo toma con humor y se da tiempo para pintarse los labios de rojo. Ella es parte del personal que debe contener a los usuarios cuando el andén con dirección oriente está lleno. “Ya ni siquiera me hago mala sangre con los que me echan garabatos”.



“Lo peor pasa adentro”, afirma una señora que espera en Tobalaba el tren que la llevará hacia el poniente. En horas punta y en los recorridos más demandados, lo normal es que los vagones vayan llenos. Tanto, que algunos pasajeros viajan con las manos pegadas a las puertas, como si estuvieran saludando.


En Metro aseguran que no han calculado cuál es la densidad actual de los vagones, pero Figueroa asegura que “está cerca de las siete personas por m2, aunque en algunos momentos puede alcanzar las ocho. De todos modos, aún no llega a los niveles de los metros más congestionados, que son los de Tokio, Ciudad de México y Sao Paulo”.


Juan Carlos Muñoz, profesor del Departamento de Ingeniería en Transporte de la UC, agrega: “En todas las ciudades del mundo los vagones van llenos en las horas peak. Santiago no es el peor, pero está en un punto crítico”.


¿Qué hará Metro para reducir la congestión? Por ahora, evalúa subir el valor del pasaje, de manera que la brecha de precio con los buses sea mayor. Hoy, el servicio cuesta $ 670 en hora punta y $ 610 en horario valle; la tarifa del Transantiago es de $ 590.


“Esa medida podría servir, pero se logrará bajando del Metro a las personas más pobres. Lo que hay que hacer es mejorar el tiempo y confiabilidad de los buses”, plantea Muñoz.


En octubre debutarán 108 nuevos carros y Figueroa sostiene que se podrían implementar medidas, como reducir el intervalo entre un convoy y otro en horarios de alto flujo: pasar de 110 a 105 segundos.


Angela insiste en el secreto del buen humor. “Esto es así desde 2007 y seguirá igual”, dice. Marcos parece coincidir con ella cuando sólo atina a reír: son las 8.15 AM en Los Héroes y logra abordar el atestado tren; su maleta, en cambio, queda abajo. No queda otra que esbozar una sonrisa.