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Opinión / Pág. 44

El fracaso del mercado en educación

por
Cristián Bellei, centro de Investigación Avanzada en Educación, U. de Chile

HAY MUCHAS maneras de interpretar el exitoso movimiento estudiantil que se ha desplegado en Chile en los últimos meses. Una posible es que se trata de una expresión social de algo que algunos expertos y organismos internacionales venían advirtiendo desde hace años: la dinámica de mercado no es apropiada para constituirse en el motor y regulador de un sistema educacional. Esto, al menos, por tres razones.
Primero, porque en el mercado las personas se enfrentan en desigualdad de condiciones y éste, lejos de resolver dichas desigualdades, las acentúa. Aunque a algunos les agrade y a otros les indigne, lo cierto es que esta situación se acepta en muchos campos de la vida social, sin embargo, en educación no es tolerable. ¿Por qué? Muy simple: porque si no se logra mayor equidad en la educación, todo el resto de las desigualdades son percibidas como ilegítimas. Nuestra situación es en este aspecto crítica, ya que de acuerdo a los datos disponibles, somos uno de los países cuyo sistema escolar se encuentra más socioeconómicamente segregado, y -como sentenció la Corte Suprema de EEUU hace más de medio siglo- un sistema escolar segregado no será jamás igualitario.
Segundo, porque la iniciativa privada empresarial y la libre competencia en educación no han podido demostrar su superioridad sobre los sistemas públicos, no sólo en Chile, sino en el mundo. Dos ejemplos: en el nivel escolar, a pesar de todas las limitaciones que tienen las escuelas municipales chilenas, las particulares subvencionadas no las superan en indicadores objetivos de efectividad neta; en el nivel superior, las mejores universidades del mundo -y lo mismo se replica en Chile- o son públicas o son privadas sin fines de lucro. Es tan fuerte el peso de la ideología neoliberal en nuestro país que, a pesar de haberse acumulado literalmente cerros de evidencia en este sentido, algunos aún parecen no querer convencerse.
Tercero, porque la calidad de la educación es muy difícil de observar y, por lo tanto, muy difícil de “comprar”. En rigor, la calidad de lo aprendido en la escuela o el liceo sólo se viene a constatar en la adultez, en el trabajo, en la universidad, en la familia y en las múltiples esferas de la vida social para las que preparamos a las nuevas generaciones. Aun sofisticados estudios académicos tienen problemas para determinar si un establecimiento educacional es o no genuinamente de calidad. El modelo de mercado, ingenuamente, por decir lo menos, hace responsables a las familias (y a veces a los propios alumnos) de identificar qué establecimiento es de calidad y cuál no. El resultado ya lo conocemos: enormes campañas publicitarias sobre aspectos suntuarios, nombres de colegios en inglés (todos de “excelencia académica”) y múltiples dispositivos de selección y discriminación de alumnos. Esa es la fórmula de la calidad inventada por el mercado escolar chileno.
Chile es visto como el país que más radicalmente experimentó con el modelo de mercado en educación y -es bueno saberlo- no nos admiran por eso. Afortunadamente, el movimiento estudiantil está ayudando al país -especialmente a sus líderes y autoridades- a abandonar la fe en que a través del mercado se puede lograr una educación de calidad para todos.