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Opinión / Pág. 74

El derrotismo de derecha

DE LAS MULTIPLES taras que padece la derecha, no hay ninguna tan fatal para sus intereses como el derrotismo anticipado (ergo, las pocas ganas de ganar este año); paradójicamente, la contraparte del derrotismo es esa otra tara, también perversa, a la que es igual de proclive la derecha: el exitismo sin asidero. Ahora bien, que […]

por
Alfredo Jocelyn-Holt

DE LAS MULTIPLES taras que padece la derecha, no hay ninguna tan fatal para sus intereses como el derrotismo anticipado (ergo, las pocas ganas de ganar este año); paradójicamente, la contraparte del derrotismo es esa otra tara, también perversa, a la que es igual de proclive la derecha: el exitismo sin asidero. Ahora bien, que un sector político sea derrotista y exitista a la vez (o ambas tendencias suicidas, próximas una de la otra) es peor que una contradicción o absurdo, es una pifia de la derecha y sus lógicas; tal la irracionalidad que cuando ocurre es digna de siquiatra.


Casos de derrotismo/exitismo de derecha existen de sobra. El ejemplo clásico es cuando le embarga un sentido de absoluto fracaso tras el “Naranjazo” (obvio que un histerismo del momento) seguido por el incondicional entreguismo a Frei y a esa ciega convicción a la que siguieron sometiéndose después, la tontera desesperada, esa de que en un país supuestamente de centroizquierda siempre nos ha de “salvar” alguien, incluso la DC. Partido errático, céntrico-excéntrico, soberbio y traidor (peor que Lautaro) y que la derecha debió conocerlo mejor que nadie: a la DC se la aplaudió, se la llevó a La Moneda para después sufrirla, y ¡ay! que la sufrieron. Un cuadro similar de ciclotímico lo presenta la elección de 1970. Juraban que ganaba Alessandri y de inmediato jugaron la carta golpista (¿es que siempre se supieron perdidos?).


El comportamiento posterior no es distinto. Exitistas/derrotistas fueron las campañas del Sí y de Büchi. En la primera estaban tan seguros de sí mismos que lo hicieron pésimo, como de manual (si se hubiesen propuesto hacerlo peor no lo habrían hecho tan perfecto). En el segundo caso, el candidato subía montañas y luego le faltaba el aire y le venía la “contradicción vital”. Para qué decir la de 1993, en que el abanderado, vástago de un notorio clan político otrora rugiente, apenas dijo miau; nadie en serio le creyó.


No es todo. A la antropofagia derechista de que hablara Gonzalo Vial en el lanzamiento de La travesía del desierto, supongo que Allamand no la ha olvidado en todos estos años. No hay tribu más maníaco-depresiva que la de los caníbales; se comen a su misma especie y, sin embargo, dicen que van a una fiesta y lo pasan de película (delirante el espectáculo). Si supiéramos la firme sobre el financiamiento de candidatos (los presidenciables lejos los más caros) entenderíamos mejor qué es ser de derechas e izquierdas en Chile hoy. De hecho, la derecha se enorgullece de ser pragmático maquiavélica, hacen suyo al “enemigo”, lo cooptan (el “León”, González Videla, Lagos, la primera Bachelet), pero como en toda transacción, ganan y pierden. Ganaron harto con los militares y la Concertación (el “modelo”), pero a costa de anularse como opción desde La Moneda por 20 largos años.


Si la derecha de veras cree que ese es el juego maestro que hay que seguir jugando incluso después de haberle puesto fin a 50 años de mala racha, ¿por qué entonces son presidencialistas tan cabezas duras? Vale, son incapaces, tiran la toalla, convencidos de que lo hacen tanto mejor como oposición desde un Congreso débil, bueno, en ese caso que pierdan, se lo merecen.