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El candidato Ballesteros

Fue el presidente de la Federación de Estudiantes de la Usach y uno de los articuladores detrás de las movilizaciones de la Confech durante 2011. Pero Camilo Ballesteros (24) quiere más: hoy, es la carta comunista para la alcaldía de Estación Central. Sin embargo, hay otra historia, mucho más personal, que pocos conocen y cuyo centro es la población Juan Antonio Ríos.

por
Andrew Chernin
El candidato Ballesteros

Sabemos cosas sobre Camilo Ballesteros: que tiene 24 años, que estudia en la Usach, que ahí fue el presidente de la Federación de Estudiantes (Feusach) durante 2011 y que ese mismo año pasó de ser un estudiante más de Educación Física a convertirse en el tercer rostro del conflicto estudiantil después de Camila Vallejo y Giorgio Jackson.


Sabemos de sus declaraciones públicas. De la vez en que dijo que el movimiento estudiantil estaba desgastado, de todas las ocasiones en que criticó al gobierno protestando desde una marcha y, ahora, de su intención de competir por el Partido Comunista a la alcaldía de Estación Central.


Pero de esta otra parte de su vida, la que relata mientras camina por sus calles más familiares de la población Juan Antonio Ríos, de Independencia, no sabemos nada. O muy poco.


-No vas a encontrar mucha sombra por aquí- dice. Y apunta a una plaza en el cruce de Carlos Medina con Baldomero Flores. Hay poco pasto. La mayoría del lugar hierve bajo el sol de mediodía y las pocas personas que pasan saludan a Ballesteros con una seña pasajera. Hace no tanto, todo esto era un potrero, donde Camilo, Simón -su hermano tres años menor- y otros niños de la Juan Antonio Ríos pasaban sus horas de infancia persiguiéndose y pateando pelotas de fútbol. Pero ahora, que hay juegos oxidados y cuatro bancas descascaradas, nadie corre.


Por la calle pasa un furgón escolar amarillo con una pareja adentro.


-Esos son mis padres -dice.


Entonces, mientras Ballesteros recoge una piedra del suelo, le pregunto por su niñez.


-Es curioso, pero de mis recuerdos de cabro chico, lo primero que se me viene a la mente es la doble vida que llevaba yo con mi hermano. Que estudiábamos en un colegio particular en Providencia, que tenía compañeros que los papás trabajaban en las Naciones Unidas. Durante la mañana estábamos en un colegio particular de Providencia. Y en la tarde estábamos acá, en la Juan Antonio Ríos, viviendo en una población.


Cuando termina, lanza la piedra contra un basurero en forma de tambor.


Los padres de Camilo Ballesteros no trabajaban en la ONU. Hernán Ballesteros sólo estudió hasta cuarto medio y era vendedor de bolsas en una empresa. Liliana Briones, su madre, era -y es hasta hoy- profesora de educación básica en el colegio Saint George. Hernán, que más adelante trabajaría como transportista del colegio Latinoamericano de Los Leones con El Vergel, nunca participó en política. Liliana sí: hasta que nació Camilo, militaba activamente en el PC. Después de salirse, por miedo de que le hicieran algo a su hijo, Liliana perdió todo contacto con el mundo de izquierda que había conocido.


En su casa de calle Carlos Medina, Camilo siempre compartió pieza con su hermano. Durante prekínder estuvo en el Saint George gracias a una beca que entonces existía para los hijos de funcionarios. Después de ese 1991, cuando la beca acabó, sus padres terminaron matriculándolo en el colegio Latinoamericano de Providencia, que es donde Camilo recuerda vivir esa doble vida. Porque el resto de sus vecinos no iban a colegios particulares como ese. Iban a liceos dentro de su misma comuna.


Del presupuesto familiar, a veces la mitad se iba en pagar el colegio de los hijos. Eso, según recuerda Simón, tenía costos: “Recuerdo que cuando estaba en cuarto básico, todos tenían computador. Pero nosotros recién pudimos comprar uno cuando yo estaba en séptimo. Con internet fue lo mismo”.


Al Latinoamericano llegaban todas las mañanas en el furgón amarillo de su padre, que pasaba a buscar a otros compañeros a Santiago Centro, Ñuñoa, Providencia o La Florida. Camilo se sentaba en el asiento del copiloto, mirando desde su ventana las otras caras de una ciudad que se veía muy distinta a la Juan Antonio Ríos.


-Recuerdo que igual me daba vergüenza decir que vivía en una población -me dijo en la plaza-. Era un tema complicado. Una vez un compañero llegó preguntando: ‘¿Conoces la población que se llama Independencia?’. Yo le dije que era una comuna, que había poblaciones adentro y que yo vivía ahí.


Hay un hecho fortuito que marca la vida de Camilo Ballesteros. Ocurrió en 2004. Un día fue a comprar a la feria de Avenida El Pino, en Independencia. Tenía 17 años y ya había desarrollado una sensibilidad de izquierda que encontraba sus motores en la historia de la violenta muerte de Manuel Guerrero y José Manuel Parada que aprendió en su colegio y en la antigua militancia de su madre. Nada más. Porque en esa época, más que retratos del Che Guevara o de Salvador Allende, la única imagen de izquierda que adornaba la pieza de Ballesteros era una de Pablo Neruda.


Pero ahí, en esa feria, conoció a unos tipos de las Juventudes Comunistas que le cayeron bien y que lo invitaron a sus reuniones. Así comenzó todo.


-¿Pero por qué entraste a las Juventudes Comunistas y no a otra agrupación de izquierda?


-La Jota tiene la ventaja de que es la juventud de izquierda más conocida. Fue el primer espacio que yo conocí y donde me terminé metiendo por las ganas de participar en política, de hacer algo.


Camilo firmó ese año con las JJ.CC. y semanas más tarde lo hizo su hermano. Muy pronto juraron en una ceremonia que tuvo un valor más simbólico de la habitual.


-Cuando uno entra -dice Simón-, tiene que hacer un juramento frente a todos. Normalmente, el que se lo lee a uno es el secretario regional. Pero en nuestro caso, lo leyó nuestra mamá. Se emocionó ella. Yo creo que le dio nostalgia.


En política, Ballesteros aplica el pragmatismo. Por una mezcla de cosas que van desde su ADN personal hasta la diferencia de mundos en los que tuvo que moverse, aprendió que lo importante en la vida era conseguir cosas. Y que el odio o la rabia no aportaban a esa causa.


-A mí lo que me enseñaron es la necesidad de poder ser una persona lógica, una persona racional. Por ejemplo, yo encuentro natural que haya resentimiento. Hay un montón de motivos por los que puede existir. Pero, finalmente, yo entendí que no tenía que ser resentido, porque ahí se mezclaban las emociones. Y eso limitaba tu actuar. Yo, cuando converso con alguien, busco convencerlo. No pelear porque sí.


El pragmatismo y la capacidad de unir posiciones distintas es lo que hace que Ballesteros admire de formas muy distintas a políticos como Camilo Escalona, Osvaldo Andrade y Pablo Longueira: “A pesar de que hay gente que cree que ensucian la política, yo creo que ellos buscan generar consensos y lograr sus objetivos”.


Juan Urra, ex encargado nacional universitario de las JJ.CC., añade otra característica: “Camilo es capaz de leer muy bien la realidad práctica de las cosas. Sabe ubicarse muy bien en los acontecimientos”. Según Noam Titelman, presidente de la Feuc, Camilo era en la Confech “un tipo sincero, con los pies muy bien puestos en la tierra, que a veces decía cosas que dolían para que la gente entendiera su punto. Como cuando discutíamos la posibilidad de que se fuera a negociar al Parlamento el tema del presupuesto y él tuvo que convencer a algunos de que era ahí, y no en otra parte, donde teníamos que llevar la discusión”.


Ese perfil, que cercanos describen como “menos ideologizado que el de Camila Vallejo”, llevó a que pronto el celular de Camilo comenzara a sonar. Primero, cuenta el mismo Ballesteros, con llamadas del ex ministro de Educación Joaquín Lavín preguntándole sus opiniones sobre el Plan Gane, y luego con llamados de todos los presidentes de los partidos de La Concertación. Una vez fue a La Moneda a dejar una carta. Se topó con Andrés Chadwick, quien, según Ballesteros, le dijo esto: “Mucho gusto, te quería conocer. Me dijeron que tú eras el que la llevaba. Que eras el hombre que tomaba las decisiones”.


Pero esa figura, que es la que la política y los diarios construyeron de él, olvida ciertos detalles. Como que por estar en política universitaria le fue mal en su primer año en la Usach, en 2006, cuando entró a estudiar Bachillerato. Que entonces se salió, dio la PSU otra vez y entró en 2007 a su actual carrera, donde, de nuevo, la política le ha significado perder a una novia y dos años de carrera. De hecho, aún le queda un año de clases y su práctica profesional.


Pero aún así, cuando hace un par de meses Oscar Aroca, miembro del comité central del PC, le preguntó si competiría por la Municipalidad de Estación Central, Camilo sólo pudo decir que sí. Dar esa pelea era una forma de llenar el vacío que le dejaba abandonar la Feusach, a la cual no repostuló, y una forma que tenía él y el partido de capitalizar lo que habían ganado con el movimiento estudiantil.


Cuando él lo contó en su casa, sus padres, Hernán y Liliana, se preocuparon. No fuera a ser que después de todo el esfuerzo, Camilo no terminara sus estudios.


La última vez que nos reunimos con Ballesteros fue en su oficina en la Usach. Ahí, donde antes había una reproducción de las “Lágrimas de sangre” de Guayasamín y una foto de Salvador Allende, ahora no había nada, porque Ballesteros entrega la federación y por estos días deja esa oficina. En esa oportunidad, habló de un líder que admira: el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, “un economista que hizo clases en prestigiosas universidades y rompe los márgenes de lo que uno entiende por una izquierda tradicional”. También se refirió a Cuba: “Bajo los parámetros de democracia occidental, Cuba podría ser una dictadura. Pero la democracia es algo más que elegir a una persona cada cuatro años, y Cuba cumple con muchos ritos democráticos que ni siquiera nosotros como país hemos alcanzado”. Y de la carta de condolencias que su partido mandó a Corea del Norte por la muerte de Kim Jong Il, reconoció que “mandarla puede haber sido un condoro”.


Las definiciones entre jóvenes líderes comunistas, de hecho, habían sido tema esta semana después de que en una entrevista al diario español El País, Camila Vallejo había dicho que el PC no descartaba la posibilidad de la vía armada, siempre y cuando estuvieran las condiciones, y que ella jamás estaría dispuesta a hacer campaña por Michelle Bachelet o a llamar a votar por ella. En su oficina, Ballesteros dice lo que él piensa que Vallejo quiso decir: “Que el día de mañana, en el contexto de una dictadura, no se descartaría esa vía. Pero nosotros somos un partido democrático”. Y sobre la candidatura de Bachelet, señala que “no descartaría de plano votar por ella. Yo creo más en los programas que en los rostros. Y si su programa me convenciera e incorporara los niveles de participación ciudadana que espero, no tendría problemas en votar por ella”.


Pero lo que estaba en la mente de Ballesteros era la comuna que latía fuera de su oficina universitaria: Estación Central, ese lugar donde, haya o no finalmente pacto con la Concertación para presentar candidato único, dice que competirá contra el actual alcalde, el UDI Rodrigo Delgado. El edil no quiso comentar sobre la candidatura de Ballesteros, porque, como explicó uno de sus asesores, “no lo conoce mucho”. Ese desconocimiento de su nombre, de hecho, parece ser a primera vista una de las principales falencias que el candidato comunista tendrá que enfrentar. Una reciente encuesta de la Facultad de Gobierno de la UDD le daba a Ballesteros el 14% de los votos, contra un 42% de Delgado y un 25% para Leonardo Grijalba, el candidato que a sectores de la DC les gustaría poner a competir.


Ballesteros, en cambio, pronostica una elección peleada voto a voto. Ese es uno de los motivos de por qué abandonará su población por primera vez. Su plan es encontrar un lugar en Estación Central que sirva como oficina, donde también pueda dormir. Un espacio donde pueda trabajar su candidatura para dar el golpe que, dice, significaría que un ex dirigente estudiantil comunista de 24 años gane un municipio en Santiago.


-¿Te has puesto a pensar cómo será el día después de la elección si pierdes?


Ballesteros sonríe.


-Aún no me he hecho esa pregunta.S