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El ahijado de Longueira

Cada cierto tiempo, Pablo Longueira saca a flote la historia de Rubén Carvacho, un joven al que apadrinó cuando niño, que nació en un campamento y que hoy es abogado. Lo volvió a citar el domingo pasado en televisión. Pero como siempre, no dijo mucho más. Aquí, el propio Carvacho cuenta su historia.

por
Andrew Chernin
El ahijado de Longueira

“Nací en el hospital Sótero del Río, con 2,7 kilos y 43 centímetros. Era marzo de 1981. Estaba desnutrido porque mi madre, que tenía 15 años, también estaba desnutrida. En ese tiempo vivíamos en el campamento Raúl Silva Henríquez, de La Pintana. Mis padres y yo dormíamos en una cama de una plaza. Teníamos una casa que se llovía por todas partes, con suelo de tierra. El baño estaba alejado. Era un pozo séptico. Me daba miedo ir a ese baño. Siempre pensaba que iba a salir algo de allá abajo, de ese pozo todo negro y hediondo. Algo como una culebra, que me iba a morder el traste.


Recuerdo bien como era el campamento. Las calles llenas de barro y que íbamos a los grifos a buscar agua. Mis padres se sacaban la mugre en la feria”.


“Todo partió así: llega un día Pablo Longueira a visitar el campamento con otros dirigentes universitarios. Venía a conocer la realidad de ahí y llevaba operativos sociales. Esto tiene que haber sido como el 81, yo era guagua. Longueira le empezó a hablar a mi papá, a explicar que venían a ayudarlo, que quería presentarle a alguien y lo llevan a hablar con Jaime Guzmán.


Guzmán le dijo que, a través del gobierno, él quería ayudar a los pobres. Darles soluciones. Le mostró un cronograma de trabajo. Mi papá enganchó con la idea. Regresó al campamento e hizo una asamblea. El trabajo con Guzmán y Longueira se fue haciendo permanente. Y los insultos -porque mi padre se hizo dirigente de derecha- fueron aumentando. Antes de eso, yo creo que mi papá era más de izquierda.


Sólo en 1987 pudieron erradicar ese campamento. A todas las familias les regalaron caseta sanitaria. Nosotros nos quedamos en la población Jorge Alessandri, de La Pintana. Yo tenía como seis años. Nos dieron un terreno con una mediagua que tenía baño y cocina. Nos cambió la vida”.


“Cuando cumplí ocho años me fui a estudiar a un colegio Marista que había en La Pintana. Ahí era requisito estar bautizado y yo no lo estaba. Hablé con mi papá y le dije que tenía que tener un padrino. ‘¿A quién quieres?’, me preguntó. Yo le digo ‘a ese amigo tuyo que sale en la tele: Pablo Longueira’. Así es que lo fuimos a ver a la sede que tenía en San Bernardo. Longueira, candidato a diputado, me dice, ‘sí, yo feliz’.


Cuando llevé a mi padrino al colegio, todos se revolucionaron. Para mí era tan normal ver a Longueira, que no entendía que la gente se pusiera loca. Yo me sentía como igual a Longueira, pero en los actos de la UDI veía que la gente se le acercaba y le pedía fotos. Yo no entendía. Por qué -decía- si yo soy igual que él. Después me arrancaba. El se daba cuenta.


A veces había eventos donde condecoraban a mi papá en el partido. Ahí yo pensaba, ‘pero pucha, si mi papá ha hecho todas estas cosas, ¿por qué él sigue estando donde mismo y al resto le ha ido súper bien?’. No lo entendía. Por ejemplo, le entregaban la medalla Jaime Guzmán por su esfuerzo y él seguía siendo un dirigente de población. Sin plata. Sin buen trabajo. Y todo el resto, los que lo condecoraban, eran diputados, alcaldes, parlamentarios. Yo decía, ‘pucha, si de verdad hizo tanto, ¿por qué se quedó aquí y no logró ser como ellos?’. Esas cosas me producían rechazo con el partido”.


“Mis papás se separaron cuando tenía 13 años. Me puse más rebelde. Empecé a cuestionar mi relación con Dios. Me quedé con mi mamá y ella tenía que trabajar 20 horas al día, cosiendo sacos de feria para poder llevar cinco lucas a la casa. Ahí empecé a entender que la cosa era desigual. Que había gente que se sacaba la mugre para ganar una miseria de plata y otros, que quizás no trabajaban tanto, tenían mucho más.


Entonces, empecé a juntarme más con mis amigos. A los 13, 14. Ibamos a fiestas. Había copete, drogas. Algunas veces la cosa era seria, porque terminaban agarrándose a cuchillazos. Con pistolas. Yo no hacía maldades, pero estaba con los que las hacían. Me fumaba un pito de repente.


Después de terminar octavo básico en el Marista, me cambié al Confederación Suiza. Ahí dure dos años. Estoy seguro que si me hubiera quedado, habría terminado delinquiendo igual que mis amigos que se quedaron ahí. En tercero medio me matriculé en el Colegio Chile, que queda en San Miguel. Era distinto. Más disciplinado. Más riguroso. Ahí encontré mi equilibrio de nuevo”.


“Siempre pensé que quería estudiar Derecho. Di la PAA en 1999. Ponderé 630. Ahí mi papá me dice ‘vamos a hablar con Longueira’. Lo llamo al día siguiente y me dice que en la Unab me iban a estar esperando. Que tenía que hablar con Luis Cordero, que era uno de los fundadores de la UDI y prorrector de esa universidad. Fuimos.


Cordero empieza a ver mis notas. ‘Te fue harto mal aquí en primero y segundo medio’. Le dije que había tenido problemas personales. Que si me daba una oportunidad, no lo iba a defraudar. Cordero me dijo que tenían una beca para los mejores alumnos. Que podía gestionarla con el consejo. Pero que tenía que haber un compromiso importante de mi parte. No me podía echar un año de carrera. Si lo hacía, perdía la beca. No podían pillarme fumando pitos. No podía dejar embarazada a una tipa. Me dijo: ‘Yo te consigo la beca, pero tú tienes que dedicarte a estudiar. Te echas un año y fregaste. Piénsalo y mañana me dices’.


Al día siguiente regresé. Dije ‘vengo a estudiar Derecho’. Cordero me dice, ‘ah, ya, hay una cosa que se me olvidó decirte ayer. Para asegurarnos que te va a ir bien, tienes que firmar un pagaré por arancel y colegiatura. Completo. Ese pagaré queda en la universidad. Si tú pierdes la beca y sigues estudiando, te lo cobramos. Si mantienes la beca, ese pagaré te lo devuelvo a fin de año’. Miré el pagaré y eran más de 3 millones de pesos. ‘Ya’, le dije y firmé. Cuando volví a mi casa le conté a mi papá. No me dijo nada. No teníamos otra opción”.


“Fui de la juventud UDI en la universidad. En segundo año fui vicepresidente del centro de alumnos. Y en quinto, presidente. La gente supo de mi relación con Pablo por una situación fortuita. En un evento de la UDI, en el Diego Portales: Longueira estaba dando un discurso, nombrando a varios dirigentes antiguos y de repente dice ‘yo les voy a presentar a mi ahijado. Se llama Rubén Carvacho, estoy orgulloso de él porque nació en un campamento y con mucho esfuerzo, hoy estudia Derecho. Además, es presidente de su centro de alumnos. Así es que quiero llamarlo al escenario’.


Subí, lo abracé y le dije: ‘¿Qué estás haciendo?’. Yo sabía que en el público había alumnos de la universidad. Terminó el acto y mis amigos me dijeron ‘¿pero por qué no me habías contado? Te felicito’. Por suerte, fue más la gente a la que le gustó que a la que no. Aunque desde ahí, en la facultad para muchos dejé de ser Carvacho y empecé a llamarme Carfacho”.


“Recién me titulé ahora, el 5 de enero. Después de egresar, hace cinco años, y hacer la práctica, me puse a trabajar en la universidad. Era coordinador de gobierno estudiantil. Trabajé dos años en Santiago y tres en Viña del Mar.


En este último tiempo, trabajaba en el día y estudiaba en las noches, preparando el grado. Cuando me titulé fui a ver a Longueira a su oficina en Los Leones, con mi señora. Le dije: ‘Vengo a cumplir una promesa que te hice una vez’. Él se echó para atrás y le preguntó a mi señora, ‘¿cuántos meses tienes?’, porque hace tiempo que Pablo me venía diciendo que quería ser padrino de mi primer hijo. Mi señora le dice no, no es eso. Ahí le conté que acababa de dar mi examen de grado. Que había aprobado. Yo creo que después de haber egresado hace cinco años, él pensaba que era más fácil que yo tuviera hijos a que me titulara”.


“Hace unos meses me junté con él y le conté que estaba estudiando inglés en un instituto para poder irme afuera. El domingo (31 de julio), yo estaba en mi casa viendo su entrevista en Tolerancia cero. Cuando comienza a hablar de La Pintana, pongo mucha atención. Es mi comuna. Estaba hablando de las oportunidades para los jóvenes, que era padrino de Rubén Carvacho, que había salido de un campamento, que hoy era abogado, que estudiaba inglés… me quedé helado. A mí me da un poco de pudor aparecer. Pero Pablo me dice que cuando cuenta mi historia, lo hace porque está orgulloso de mí.


Al otro día, en la Serplac -donde trabajo como coordinador del fondo mixto de apoyo social desde noviembre pasado- no me dijeron nada. Pero uno me vio pasar por el pasillo y me preguntó: ‘How are you?’. Todos se rieron.


Hoy vivo en Reñaca. Siempre vuelvo a La Pintana. Tengo amigos allá y mi padre vive ahí, aunque es concejal por Conchalí. Un sueño mío es volver y trabajar por mi comuna. Pero eso es algo que no puedo hacer ahora, porque quiero formar una familia. Tener hijos”.