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Opinión / Pág. 38

Educación superior gratuita

Señor director: Con la perspectiva de que en un futuro la educación superior pueda ser gratuita en su totalidad, financiada con los impuestos de todos los chilenos, como contribuyente propongo exigir condiciones mínimas a cumplir por los futuros estudiantes para obtener este beneficio: terminar sus carreras en los años estipulados, con buenas notas y sin […]

Señor director:

Con la perspectiva de que en un futuro la educación superior pueda ser gratuita en su totalidad, financiada con los impuestos de todos los chilenos, como contribuyente propongo exigir condiciones mínimas a cumplir por los futuros estudiantes para obtener este beneficio: terminar sus carreras en los años estipulados, con buenas notas y sin repetir ramos. 

Se generaría así un círculo virtuoso de  estudiantes responsables con el dinero de todos, sin ánimos de hacer paros, pasar “raspando” los cursos, ni parasitar eternamente en la universidad. 

Gonzalo Pérez Díaz 

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Opinión / Pág. 50

“¿Educación superior gratuita?”

Señor director: Dos lectores han respondido a mi columna “¿Educación superior gratuita?” con sendas cartas a su diario los días 11 y 12 de mayo.  Con respecto a la del lector Víctor Silva, creo que es obvio que los altos gastos del pasado (incluida la recompra de un CAE muy mal diseñado) no pueden ser […]

Señor director:

Dos lectores han respondido a mi columna “¿Educación superior gratuita?” con sendas cartas a su diario los días 11 y 12 de mayo. 

Con respecto a la del lector Víctor Silva, creo que es obvio que los altos gastos del pasado (incluida la recompra de un CAE muy mal diseñado) no pueden ser justificación para los del futuro. Seguridad, áreas verdes e infraestructura vial son -mientras no se congestionen- bienes públicos, lo que implica que no se puede excluir a nadie de su utilización. Además, el uso por parte de un ciudadano no impide el que otro lo haga, por lo tanto, no se pueden comparar con la educación superior, en la que un alumno en el aula excluye a otro de asistir.

Al profesor Patricio Cordero, creo que lo mejor es responderle con un ejemplo sencillo: si en una economía de sólo dos personas una tiene nueve manzanas y la otra una, y el Estado recauda tres del que tiene nueve y se las da al que tiene una, la distribución final será seis y cuatro. Cualquier redistribución en la que el que tiene originalmente nueve y recibe más de cero manzanas será menos equitativa. Esto es cierto, independientemente de cuál mecanismo se use para recaudar. Quizás así se entienda mejor por qué el argumento detrás de mi columna no es falaz.

Andrés Hernando
Director de Estudios Horizontal

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Opinión / Pág. 52

“¿Educación superior gratuita?”

Señor director: En Brasil, la educación pública -incluidas las universidades públicas- es gratuita.  Escuché la presentación que un ex rector de la Universidad de Río de Janeiro hizo hace algo más de un año en Santiago. El explicó cómo esto es posible y por qué es bueno. Mi apretado resumen es que los impuestos en […]

Señor director:

En Brasil, la educación pública -incluidas las universidades públicas- es gratuita. 

Escuché la presentación que un ex rector de la Universidad de Río de Janeiro hizo hace algo más de un año en Santiago. El explicó cómo esto es posible y por qué es bueno. Mi apretado resumen es que los impuestos en Brasil están tan fuertemente diferenciados que, aunque los hijos de los ricos estudien gratis en las universidades públicas, los impuestos de ellos no sólo financian la educación de sus hijos, sino la de todos los demás. De este modo, el pago de la educación de esos hijos de familias privilegiadas es indirecto, lo que es bueno, ya que dentro de esas universidades todos reciben igual trato. 

Lo anterior debiera dejar claro que argumentaciones como las que aparecen en la columna “¿Educación superior gratuita?” publicada el 9 mayo son falaces.

Patricio Cordero S.
Profesor titular, U. de Chile

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Opinión / Pág. 80

“¿Educación superior gratuita?”

  Señor director: La columna de Andrés Hernando, publicada el 9 de mayo, rebate la educación superior gratuita haciendo cuatro importantes omisiones que sesgan el análisis. Primero, señala el coste de la misma, el cual es similar a lo que se infirió con el informe financiero del Mineduc en 2012, tildando como “extravagancia” fiscal permitirnos […]

 

Señor director:

La columna de Andrés Hernando, publicada el 9 de mayo, rebate la educación superior gratuita haciendo cuatro importantes omisiones que sesgan el análisis.

Primero, señala el coste de la misma, el cual es similar a lo que se infirió con el informe financiero del Mineduc en 2012, tildando como “extravagancia” fiscal permitirnos tal gasto. Sin embargo, omite que hasta 2012, el Fisco se permitió pagar montos equivalentes al 65% de ese gasto “extravagante” en la “recompra” del CAE; crédito que apenas llegó al 33% de los estudiantes y cuya recompra representó sólo utilidades para la banca.

En segundo lugar, si consideramos que en becas se gastó ese año, aproximadamente, un 16% del costo que tendría la educación gratuita, agregamos que el Fisco ya podía pagar el 81% de los aranceles de todos los estudiantes. En tercer lugar, el aporte estatal a la educación superior en 2012 alcanzó el 0,8% del PIB, mientras que el promedio Ocde fue de 1,6% del PIB. Es fácil advertir que de alcanzar el promedio Ocde, manteniendo fijas las proporciones de gasto que se tuvieron en 2012 -cuando aún existía el CAE-, el Fisco puede pagar con el dinero de la recompra los aranceles de muchos más estudiantes. 

Por último, considérese la subvención a los más ricos en varios bienes públicos: seguridad, áreas verdes o infraestructura vial, como breve muestrario.

Víctor Silva

 

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Opinión / Pág. 40

¿Educación superior gratuita?

LA GRATUIDAD universal en educación superior es una política pública regresiva. Quienes argumentan que no, usan una curiosa figura bautizada “dependencia aritmética”, de acuerdo con la cual el gasto regresivo financiado con una reforma tributaria suficientemente progresiva (que recauda mucho más desde los más ricos) resulta en una combinación progresiva. La intuición es que para […]

LA GRATUIDAD universal en educación superior es una política pública regresiva. Quienes argumentan que no, usan una curiosa figura bautizada “dependencia aritmética”, de acuerdo con la cual el gasto regresivo financiado con una reforma tributaria suficientemente progresiva (que recauda mucho más desde los más ricos) resulta en una combinación progresiva. La intuición es que para los pobres, la educación superior representa una mayor fracción de su gasto que la de los sectores más acomodados. Suena casi sensato. Casi.

Una vez recaudados los fondos para financiar gasto público, el concepto relevante para evaluar su uso es su costo alternativo. Cuando el Estado tiene los recursos disponibles, un año de educación superior de un estudiante de altos ingresos tiene un correlato en menos prestaciones para los más pobres. El gasto siempre será regresivo y esa regresividad no es compensada por la forma en que se recauda. La “dependencia aritmética” olvida este principio básico.

¿Cuánto costaría la gratuidad universal en educación superior? 

Digamos que no está claro a qué se refieren los proponentes cuando hablan del tema. Si fuera “universal” debería cubrir al poco más de un millón de estudiantes terciarios de Chile. Eso costaría unos US$ 3.445 millones al año, el 24% del presupuesto del Ministerio de Educación, suficiente para aumentar la subvención escolar un 45%.  

Nos han hablado de gratuidad en “universidades de claro rol público”, lo que presupone identificar instituciones que tengan tal característica. Mientras no digan cuáles, sólo podemos elucubrar. 

Elucubremos, entonces. Si considerara sólo universidades del Cruch, nuestro cálculo es que la gratuidad para sus 276.000 estudiantes costaría US$ 1.455 millones al año. El 10% de menores ingresos recibiría menos del 5% de los recursos, el 10% de más altos ingresos, más del 14%. El tamaño del regalo que la gratuidad universal haría al 20% más rico es de casi US$ 500 millones. Eso es más de lo que cuesta el Ingreso Etico Familiar, destinado a los más pobres de Chile e iría completo a quienes han tenido las mejores oportunidades en la vida.

¿Podemos permitirnos esta extravagancia? Difícilmente. Esos recursos deberían usarse para mejorar la situación de los más pobres, independientemente de cómo se hayan recaudado.

En la medida que los recursos se gasten en proporción de 3 a 1 entre el 10% más rico y el 10% más pobre, ¿de verdad alguien cree que esto reducirá las brechas entre ambos grupos? La respuesta es no. El problema no es sólo la proporción de la inversión, sino también cuándo ocurre. 

Los niños en Chile nacen iguales en capacidades y potencialidades, las brechas entre ellos se abren progresivamente desde el comienzo de la infancia hasta los 10 años cuando cristalizan. Gastar recursos en financiar la educación superior de los más ricos no sólo es regresivo, es una mala política pública. Para dar más oportunidades a los menos afortunados, la inversión debe hacerse en el patrón opuesto y  mucho antes de modo de evitar que estas brechas se manifiesten. El problema es que los preescolares no marchan ni eligen las canciones que bailan nuestros políticos y cantan sus asesores.

Andrés Hernando
Director de Estudios de Horizontal

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Opinión / Pág. 32

¿Educación superior gratuita?

por
Pablo González, Ingeniería Industrial, Universidad de Chile

LA EVIDENCIA internacional es contundente sobre las elevadas tasas de rentabilidad privada que facilita la educación superior en el mundo en desarrollo. En Chile, las estimaciones están en torno al 20% y los que acceden a la educación superior conforman un grupo aún minoritario en su tramo de edad, donde los grupos de mayores ingresos están sobrerrepresentados.
Asimismo, las altas tasas de rentabilidad que conlleva la educación superior ubican a un porcentaje importante de los graduados universitarios en los grupos de mayores ingresos, por lo que la gratuidad está reñida con la equidad desde una perspectiva ex post.
Estos son los principales argumentos por los cuales la mayoría de los economistas argumenta en contra de la gratuidad en este nivel. Frente a la escasez de recursos públicos, es mejor priorizar los otros niveles educativos. Por ejemplo, mejorar la calidad de la atención preescolar a partir de los tres años, así como los recursos con que cuentan las escuelas, comenzando por las que atienden a la población más vulnerable y los primeros años.
También existen otros problemas asociados a la gratuidad. Si no se paga por el uso de los recursos, se reducen los costos de no graduarse. También las universidades tienen menos incentivos para cuidar su matrícula, ya que su financiamiento no depende de ella. Esto se puede abordar por el lado de la oferta, a través de sistemas de financiamiento institucional que incentiven la graduación y la retención. Con todo, lo que se observa es que los años promedio de graduación y la deserción son mayores en las instituciones gratuitas.
Adicionalmente, la limitación de recursos públicos pone trabas a la expansión de la matrícula y a mejorar las remuneraciones del personal, problema que enfrenta la mayor parte de los países que han seguido esta opción, varios de los cuales buscan fórmulas para salir de este dilema. Estados Unidos, en cambio, logra atraer a los mejores talentos del mundo, en parte porque el elevado gasto público y privado permite pagar mejor a sus académicos y destinar más fondos a la investigación.
La combinación de cobro parejo para todos más becas completas para los primeros quintiles y crédito contingente a ingresos es la combinación óptima sugerida por la teoría económica convencional. Idealmente, la ayuda estudiantil debería cubrir los costos de oportunidad; es decir, no sólo los aranceles de las instituciones, sino que los ingresos que se dejan de percibir por el hecho de estar estudiando, al menos para los estudiantes de mayor vulnerabilidad. De lo contrario, se deben entregar facilidades para compatibilizar estudio y trabajo, concentrando las clases en la mañana o en la tarde (medida que no requeriría duplicar la infraestructura, sino que manejar los cursos de las distintas promociones en horarios alternados).
La administración de las becas también debe mejorar para asegurar el financiamiento de los estudiantes más vulnerables al momento de la inscripción. En el sistema escolar los estudiantes no tienen que esperar a que se conozca la necesidad total para que el Estado garantice el pago de la subvención.