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“Comida basura” o cómo despediciamos los alimentos

El 50% de las calorías que se producen en el mundo termina en vertederos con todo el gasto y pérdida que eso conlleva. Y todos contribuimos a este despilfarro: un 95% de los chilenos está acostumbrado a botar comida del refrigerador y un 17% ni siquiera se ha cuestionado sobre esta práctica, según una encuesta de la Universidad de Talca.

por
Jennifer Abate, Fernanda Derosas
“Comida basura” o cómo despediciamos los alimentos

Son las 10 de la mañana y en el patio de descargas de un supermercado de Santiago Centro, un camión retira, como todos los días, basura. Pero no de la común y corriente. Lo que se lleva son yogurts a punto de vencer, fruta que ya nadie compraría por su aspecto deteriorado y una buena cantidad de “mermas”, es decir, los productos que quedan eternamente en las góndolas: latas de conservas abolladas y paquetes de fideos rotos.

El destino de toda esta comida apta para el consumo es un vertedero, cuenta el chofer de la empresa que retira los restos. Pero si piensa que esto es un despilfarro, no levante la vista al cielo y lea, porque en nuestras casas no lo hacemos mucho mejor.

Una encuesta realizada por el Centro de Estudios de Opinión Ciudadana (Ceoc), de la U. de Talca, demostró que para el 95% de los chilenos, botar comida que se ha acumulado en el refrigerador es una práctica absolutamente cotidiana, como lo demuestra un tercio de los entrevistados, que lo hace al menos una vez a la semana, y un 17% que nunca se ha cuestionado el tema.

Se trata de algo que todos, en mayor o menor grado, hacemos desde que tenemos memoria. Aunque para Natalia Marambio, una estudiante de 23 años, el tema es generacional. “Mi abuela se ponía muy feliz cuando veía al resto comer y, por ende, su casa siempre estaba llena de comida, porque cocinaba sin ningún cálculo entre las personas que comían y la cantidad de comida que hacía”. Su mamá, cuenta, heredó esa práctica, y por años cocinó para seis en vez de para los cuatro que realmente componen la familia, “pensando siempre que ‘alguien podía llegar’ o, simplemente, por costumbre”. Así es como hoy Natalia calcula que en su casa se pierde, a la semana, un 30% de la comida que se compra, entre frutas, verduras y yogurts que se botan sin siquiera abrir.

En esto, su familia no es una isla. Según el estudio del Ceoc, dirigido por la investigadora Marcela Castro, lo que más se bota a la basura es la comida preparada (44%), seguida de las verduras (24,4%) y el pan (12,9%). Increíblemente, la razón más aludida para el desperdicio de los alimentos es haber olvidado que la comida estaba en el refrigerador, algo que le ocurre a un 57,6% de los entrevistados.

Y los solteros llevan la discutible ventaja, con un 58,7% de ellos que señala haberse olvidado de la comida, versus el 56,1% de los casados, y un 22,1% que indica no haber aprovechado la comida por haber salido a comer fuera de la casa más de lo presupuestado. En el otro extremo, un 18,7% de los que viven en familia dijo haberse olvidado de la comida que había.

Por lo visto, el tránsito de pasar de ser un joven al que le sirven la comida en la mesa a asumir el desafío de organizar la despensa de una casa se traduce, al menos inicialmente, en un desperdicio de dinero y comida. Sobre todo, dicen los consultados, en un despilfarro de “cosas ricas” que no había en la casa de los padres. Ese fue el caso de Andrea Inostroza (25), que hace tres años dejó la casa materna para empezar a vivir con su pololo. “Fue todo un proceso en el que aprendimos a comprar sólo lo que necesitábamos. Al principio, llenábamos el refrigerador una vez a la semana, pasaba un mes y el 75% de lo que habíamos comprado se había podrido”, cuenta. Además, dice, el cansancio y las salidas no programadas contribuyen a llenar el tarro de la basura: “Con mi pololo llegamos cansados del trabajo, sin ganas de cocinar, y la opción más rápida es pedir algo a la casa o salir a comer. Así es como se iban juntando cosas en el refrigerador y había que botarlas. Ya no nos pasa tanto, pero nos demoramos bastante en tener una actitud diferente hacia el tema”.

Comida que dura 10 minutos

Pero todo este desperdicio no es exclusivo de por estos lados. El problema es mundial. El investigador del Centro de Historia Medioambiental Mundial de la U. de Sussex, en Inglaterra, Tristram Stuart, sostiene en su libro Despilfarro: el escándalo global de la comida, que un 50% de las calorías que se producen en el planeta terminan en el tarro de la basura. Las razones para esto son muchas, pero para Stuart, la principal es la exigencia de las grandes cadenas de supermercados que botan productos con pequeñas fallas en los envases y que compran a los productores de alimentos más de lo que realmente necesitan por miedo a quedarse sin stock y tratando de asegurar la mayor calidad para los clientes. A la larga, esto repercute en toda la cadena.

A mucho menor escala, el dueño de un restaurant ubicado en el Alto Las Condes, señala que la comida del local que no se usa, se bota inmediatamente. “Esto, porque para que los platos sean de 100% calidad, los alimentos empleados no pueden tener más de dos días”. Respecto de otros usos que podría dársele a la comida, es enfático: “No les damos la comida que sobra a los garzones, porque si fuera así, cocinarían mucha más comida, y probablemente tendríamos muchas pérdidas. Por lo general, las cosas se usan un día y medio, no más que eso”.

De la misma realidad dan cuenta en un supermercado del sector alto de la capital, donde señalan que “aquí, la comida tiene un 50% de vida útil. Por ejemplo, si un producto tiene seis meses de duración, ya a los tres meses lo sacamos. Usamos normas sanitarias europeas, sumamente estrictas. Una vez se decidió donar comida en buen estado que el supermercado rechazaba, pero finalmente nos dimos cuenta que es algo con lo que se corre mucho riesgo”, dice, refiriéndose a la posibilidad de enfrentar una demanda en caso de que alguien se enfermara con esa comida. Nota al margen para las palabras del encargado de un local de comida rápida, quien señala que “si los productos preparados no se van en 10 minutos, se botan”.

Tristram Stuart señala a La Tercera que, de acuerdo con los datos de su investigación, los restaurantes y comercios chilenos trabajan con un 58% más de la comida que realmente necesitan, a pesar de que la mayoría de los expertos en agronomía del mundo señalan que un exceso de 30% es suficiente para hacerle frente al desperdicio inevitable de alimentos. Esto se traduce en que, según Stuart -que trabajó con datos obtenidos de la FAO-, en Chile se generan 1.62 millón de toneladas de basura de residuos de alimentos cada año, lo que significa que, para el 2025, podríamos estar produciendo 2,25 millones de toneladas de desperdicios que también incluyen restos alimenticios inevitables, como las cáscaras de plátano.

“Hay niños que no tienen qué comer”

Todos recordamos esa frase demoledora que nuestras mamás decían cuando pasábamos una hora frente a un plato de lentejas sin ser capaces de tocar un solo grano. Y, obvio, tenían razón. Sólo en Somalía, al este de Africa, hay en este momento 11 millones de personas amenazadas por el hambre y la desnutrición, una tragedia que desde hace un par de semanas ha puesto en alerta a la Cruz Roja Internacional y a diversos países de Europa. Se estima que unas mil millones de personas padecen hambre en el mundo.

Para Tristram Stuart, una buena parte de este problema es nuestra culpa. No directamente, claro. El autor asegura que el desperdicio de comida en buen estado “es, en parte, negligencia: los seres humanos son ahora una especie mayoritariamente urbana, así es que vivimos más lejos que nunca de las fuentes donde se produce la comida. De esta forma, hemos perdido contacto con los inmensos recursos que se gastan en la producción -terrenos, agua, combustible, mano de obra-, de modo que no la valoramos mucho”.

Sin embargo, Stuart cree que hay esperanzas. A pesar de que el mundo, en promedio, cuenta hoy con más ingresos, lo que se traduce en mayores recursos para comprar comida y, por lo tanto, desperdiciarla, “hay señales muy positivas de que las personas, las empresas y el sector público están despertando y viendo esto como un problema social y medioambiental masivo, que se puede solucionar con estrategias relativamente simples, como comer y disfrutar la comida en vez de tirarla a la basura”.

Un ejemplo de esto es lo que en Chile está realizando la Red de Alimentación, una corporación sin fines de lucro que comenzó a funcionar hace pocos meses y cuyo fin es reunir aquellos productos alimenticios que, siendo aptos para el consumo de las personas, no pueden ser comercializados por las empresas ya sea por sobreproducción, baja comercialización o cercanía a la fecha de vencimiento, entre otros motivos. El objetivo es que los productos que solían terminar en la basura o incinerados puedan ahora ser distribuidos y aprovechados.

Y si bien este es el primer banco de comida certificado en Chile, la idea no es nueva. Este modelo existe hace 40 años en el resto del mundo, y sólo en Estados Unidos y Europa trabajan en conjunto más de 500 instituciones de este tipo, que benefician a diversas organizaciones; en 2009, la red Feeding America, de Estados Unidos, logró alimentar a cerca de 37 millones de personas.

En nuestro país, la Red de Alimentos ha tenido un avance veloz: actualmente, beneficia a 54 instituciones, entre las que se encuentran las Aldeas Infantiles SOS, el Ejército de Salvación, la Fundación Las Rosas y la Sociedad Protectora de la Infancia. Sólo en estos meses, la Red ha entregado 120 mil kilos de alimentos, equivalentes a más de 300 mil raciones, beneficiando con ello a más de 10 mil personas de escasos recursos.