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Comer bien con poco

Hace dos años Jack Monroe, una madre joven, sola y cesante, pasaba hambre. Hoy es un ícono de la clase trabajadora británica, acaba de publicar un exitoso libro de cocina y es consultora de una organización humanitaria en temas de alimentación.

por
Fabiola Torres
Comer bien con poco

Afines de 2011 Jack Monroe, de 23 años, trabajaba como encargada de las llamadas de emergencia de una compañía de bomberos en Essex, Inglaterra. Aunque no le permitía ningún lujo, su sueldo le servía para pagar las cuentas. Sin embargo, tenía que hacer turnos de hasta 15 horas, muchos de ellos en la noche, por lo que no podía cuidar bien a su hijo menor de un año y se sentía miserable.

Entonces la chica llena de tatuajes renunció para ir en busca de algo mejor. Pero Inglaterra estaba en medio de una recesión y le fue mal tratando de encontrar trabajo. Hasta que llegó el día en que ya no tenía para comer. Monroe postuló a la ayuda social y a los beneficios para desempleados y dejó su casa. Para ahorrar mientras los subsidios llegaban, apagó la calefacción y tuvo que vender su iPhone, el reloj Omega que le habían regalado para sus 21 años, sus cortinas y los juguetes de su pequeño hijo que ya tenía dos años.

Como una forma de canalizar su tristeza y la vergüenza que le daba tener que pedir para subsistir, Monroe abrió un blog que llamó A girl called Jack (Una chica llamada Jack) y escribió una entrada con el título “El hambre duele”. Ahí hizo un recuento de cómo fue su experiencia de bajar de la clase media a la pobreza y vivir de los servicios sociales, la beneficencia y los cupones de comida. “La pobreza es la sensación de hundimiento que sientes cuando tu pequeño hijo se termina su único plato de cereales y dice ‘más, mamá, pan y mermelada, mamá’, y tú te preguntas si llevar primero la televisión o tu guitarra a la tienda de empeños, y cómo decirle que no hay más”, escribió.

A Monroe siempre le gustó cocinar, e incluso, tomó cursos mientras estaba en el colegio para escapar del tedio que le producían otros ramos. En su situación de precariedad cada visita al supermercado se convirtió en un desafío a sus talentos culinarios y al dinero en su bolsillo. Tras un tiempo, elaboró una serie de ingeniosas recetas que le permitieron comer a ella y su hijo en forma saludable con un presupuesto de alrededor de 10 mil pesos chilenos semanales, pero en Inglaterra, uno de los países más caros del mundo.

Como sus constantes visitas a servicios sociales le habían demostrado que no era la única que pasaba hambre, empezó a compartir sus recetas y datos, tanto en los comedores como en la web. Y se empezó a hacer popular en su localidad, Southend.

Las novedosas recetas que posteaba desde su teléfono Nokia, porque no tenía computador, llamaron la atención. Su estilo liviano e irónico, y sus datos sobre la fluctuación de los precios en el mercado británico, también, y se convirtieron en la guía para una cocina austera y práctica, donde era posible alimentarse de manera saludable, sabrosa y variada por muy poco y sin la necesidad de contar con aparatos de cocina sofisticados o ingredientes especiales.

Al poco tiempo llegaron los medios y periodistas a buscarla. Desde entonces, y tras 18 meses desempleada, las cosas comenzaron a mejorar para Monroe. Su blog se convirtió en un gran éxito, le ofrecieron una columna en el diario británico The Guardian y una serie de apariciones en televisión le dieron la tribuna suficiente como para convertirse en autoridad en temas de pobreza y alimentación.

Eso no la hizo cambiar su estilo deslenguado y, por ejemplo, acusó a Jamie Oliver, probablemente el chef más famoso de Inglaterra y quien además ha organizado varias campañas para promover la comida saludable, sobre todo entre las clases populares, de ser sencillamente un “turista de la pobreza”. Su queja es que Oliver estigmatiza a la gente que no tiene dinero al promover ideas como que “los pobres son sólo pobres porque gastan su dinero en las cosas equivocadas” y sólo comen porquerías como papas fritas mientras ven televisión”.

En un artículo para The Guardian, Monroe señaló: “La pobreza alimentaria se presenta de dos formas. La primera es no tener suficiente dinero para comprar alimentos para uno y su familia. La segunda es la pobreza de la educación. Si le das a alguien 20 libras y le dices ‘aliméntate tú y tu familia durante una semana’, mucha gente no lo podrá hacer de forma adecuada -y la culpa de esto la tiene la industria de los alimentos preparados-. Esto es porque es muy fácil y atractivo meter un paquete al microondas y listo, existe una desconexión entre lo que hay dentro de estos paquetes y cuán sencillo y económico puede resultar prepararlo uno mismo. Creo que si podemos resolver la educación alimentaria, estaremos en camino de resolver la pobreza alimentaria”.

Su discurso político culinario fue bien recibido y produjo consecuencias. Firmó un contrato para hacer un libro con sus creativas recetas de bajo presupuesto, que acaba de lanzar con gran éxito (ver foto principal). Este enseña a preparar un plato de pasta a la genovesa o un curry por menos de 400 pesos. Sainsbury, una de las principales cadenas de supermercados del Reino Unido, le pidió que fuera su rostro. Ella aceptó.

Oxfam, organización internacional que lucha contra la pobreza, también la buscó y ahora trabaja en varios de sus proyectos en Gran Bretaña, y recientemente estuvo en Tanzania conociendo algunas de las iniciativas que tienen en África. Monroe encontró además el momento para “salir del closet”, lo que la convirtió en uno de los rostros íconos de 2013 en la comunidad homosexual británica.

Pero también han aparecido los detractores. El columnista de The Daily Mail, Richard Littlejohn, por ejemplo, escribió un agrio comentario quejándose de que sus impuestos y los de los demás subsidian el estilo de vida de alguien que no quiere trabajar, que tiene el cuerpo cubierto de costosos tatuajes y tiempo de escribir y mantener una personalidad online gracias al abuso de los beneficios que entrega el Estado. Monroe le escribió de vuelta y rebatió una por una sus críticas, en particular las relacionadas con sus tatuajes o la injusta acusación de no querer trabajar cuando fue rechazada de muchos empleos.

Hoy Monroe arrienda un departamento junto a su hijo y su actual pareja y ya no recibe ayuda social. Pero, según ella, todavía no se acostumbra a tener dinero extra y continúa ahorrando todo lo que puede en caso que la situación se repita. También intenta que su hijo olvide las privaciones que pasaron y deje de guardar parte de su comida por si después le falta.