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Cultura&Entretención / Pág. 67

Charly García vuelve a lucir su recuperación artística en Santiago

El argentino juntó a 5 mil personas en su concierto en el Movistar Arena.

por
Claudio Vergara
Charly García vuelve a lucir su recuperación artística en Santiago

Cinco minutos. En la obertura de su show, ese es el lapso que destina Charly García a resumir en la pantalla central todos los capítulos de su carrera, desde los tempranos días en Sui Generis, hasta las irregulares aventuras del nuevo siglo, rematando en los últimos trabajos, los mismos que retratan redención artística y personal. No hay mejor aperitivo para el concierto que anoche juntó a 5 mil personas en un Movistar Arena en la mitad de su capacidad: de algún modo, el García de hoy, a los 60 años, con el bigote cada vez menos bicolor y más blanco, con un itinerario remitido a las reseñas musicales más que a la crónica roja, es la batalla entre ese ayer inmaculado, que provoca la reverencia incuestionable, y un hoy que aún se abre incierto.


Todos los que arribaron hasta el Parque O’Higgins lo hicieron masticando ese dogma que establece “él es Charly”, como un comodín que soslaya de un plumazo los conciertos a medio terminar y las rabietas en hoteles de las últimas décadas. Sobre todo, aquellos que ya superan con holgura los 30 años y que aparecieron armados con el brazalete de Say No More, como una suerte de ejército fiel que vive y muere para su líder. Pero también merodeaban los fantasmas de siempre y las amenazas de desgaste físico y escénico. Al final, el gallito lo ganó el peso de la historia, afianzada en una creciente recuperación que ya se avizoró en su visita de 2009.


Sí, el argentino está recuperado y el primer bocado para festejarlo es Fanky, con su numeroso entramado de músicos -10 en total- vestidos con overol café y el protagonista de la noche al piano. Sí, el cantautor despunta resurrección, pero también bajo un maquillaje bien preparado: su voz suena desgastada y se esfuerza hasta el dolor por alcanzar los tonos de antes, misión secundada por su nueva corista, Rosario Ortega, hija de Palito Ortega, uno de los principales responsables en su rescate del precipicio. Su conjunto, The Prostitution, e integrado por tres chilenos, suena tosco y pesado, acorde con el tono más duro de muchos de sus temas y lo que, de paso, también camufla muchos de sus ripios vocales.


“¡Hola Mendoza!”, es el irónico saludo del ex Serú Girán, en otra marca de fábrica aplaudida sin concesiones por su fanaticada. Luego pasan Rezo por vos -con el rostro de Spinetta en las pantallas-, Cerca de la revolución, No soy un extraño y una memorable Asesíname. Los Dinosaurios tiene su ya clásico cachetazo a las dictaduras militares, mientras que Demo- liendo hoteles suena como una celebración más que un autorretrato masivo. Es que el argentino no sólo sorteó sus peores años: también ha vuelto para rasguñar sus mejores días.


Una noche de ensayo


Una impronta evidente desde su prueba de sonido del miércoles en la noche, en ese espacio privado que comparte con los músicos, representantes y amigos que siguen ahí, pese a todas las caídas. A las 21.30 horas de ese día, el artista sube a escena vestido de chaqueta negra, jeans azules y lentes oscuros. Su caminar es lento y torpe, como si no intuyera el rumbo a seguir. Un andar sosegado en constante contrapunto con su figura: el cantautor luce aún más grueso que en 2009.


“Muy bien, chicos, veamos qué podemos hacer acá”, dice con tono de gurú a su banda. Pero si de aliados se trata, el ex Sui Generis tiene dos encargados que funcionan como extensión de sus brazos: le traen té, le pasan un cigarrillo y lo cobijan del frío. Viven, actúan y trabajan para él. Igual que en el concierto, Fanky y Rezo por vos encabezan la lista. “Bravo, chicos, bravo, eso salió muy bien”, lanza el cantante, con voz rasposa, casi como una lija que raspa la inmensidad de un arena vacío. Ahí García ya no funciona como guía; más bien su rol es el de DT que aleona a sus dirigidos antes de la final de campeonato. Y hay instantes en que incluso revela su lado más riguroso. Al inicio de Pasajera en trance, detecta que una guitarra está desafinada. Todo parte de nuevo. No queda conforme con las cuerdas de Piano bar y pide, otra vez, que todo se reanude.


Luego, una pausa de cinco minutos, solicitada por él mismo, para tomar té y encender otro cigarro. Se para, combate el frío acercándose a uno de los focos y se va a un rincón, lejos de los músicos chilenos, quienes funcionan casi como un escuadrón aparte. En el regreso, hay tiempo para gemas como Hablando a tu corazón. Como si el lugar estuviera colmado, García se mueve al centro del escenario y canta a una inmensa nada que ayer lo fue todo. Apunta a un público invisible y mira el vacío que 24 horas después se convirtió en caldera al son del cántico “¡Charlyyyy, Charlyyy! Luego pide que todo llegue a su fin. Es el mejor epílogo para un hombre que, hasta en su faz íntima, ya ha asumido como propio el credo de la resurrección.