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Opinión / Pág. 6

¿Cabildos participativos?

DENTRO DEL itinerario constituyente se contempla para este año la realización de cabildos, cuyo objetivo es canalizar la participación de los ciudadanos y recoger su opinión sobre una nueva Constitución Política. A cargo de organizar estos cabildos se encuentra un Consejo de Observadores. La posibilidad de que esta iniciativa -y con ello una etapa clave […]

por
Ernesto Águila , Analista político

DENTRO DEL itinerario constituyente se contempla para este año la realización de cabildos, cuyo objetivo es canalizar la participación de los ciudadanos y recoger su opinión sobre una nueva Constitución Política. A cargo de organizar estos cabildos se encuentra un Consejo de Observadores. La posibilidad de que esta iniciativa -y con ello una etapa clave del proceso constituyente- se encamine a un fracaso político es alta.


En primer lugar, por una cuestión de cobertura. El abogado Correa Sutil, en un cálculo en que cruzó el número aproximado de participantes por Cabildo con el tiempo razonable de cada intervención, llegó a un número de 45 ciudadanos por provincia cuya voz podría escucharse. Lo que proyectado a nivel nacional daría una cifra aproximada de 2500 ciudadanos con posibilidades de haber hablado una vez, lo que equivale al 0,02 % del padrón nacional. Si se tratara de un mecanismo representativo no sería dramático, pero sí lo es para uno de tipo participativo o directo.


Una segunda dificultad nace de la concepción vertical que impregna la propuesta. El Consejo convocaría a los cabildos, pero como no se contempla una elección de los participantes, su representatividad será fácilmente objetada. Se dice que participará todo el que llegue a la convocatoria ese día, lo que podría generar una asamblea inmanejable por su número. Así, la posibilidad de que el día del Cabildo se instale una Asamblea paralela esta cantada. En este sentido es bastante más razonable que los cabildos sean organizados por los propios ciudadanos, a partir de las organizaciones políticas y sociales ya existentes o bien por agrupaciones de ciudadanos que se constituyan para estos efectos. El Consejo más que organizar estos encuentros debiera alistarse para enviar observadores a todas estas asambleas o cabildos organizados por la propia comunidad.


La idea de unos cabildos convocados desde arriba se corresponde con cierta concepción e ilusión despolitizadora que cruza al Consejo, así como una visión del proceso constituyente dominada por un lenguaje y una estética naif -esa didáctica cívica de “animalitos animados”- infantilizadora de los ciudadanos. Las declaraciones del Consejo señalando todo tipo de restricciones y aprehensiones respecto a una posible “contaminación” política del proceso reflejan la extraña idea de que un ejercicio tan político como es pensar y deliberar sobre una nueva Constitución pueda hacerse desde la asepsia política.


Por último, está el tema del grado de incidencia de estos cabildos. No parecen estar los tiempos para que los ciudadanos asistan confiados a una instancia deliberativa sin un mínimo de certezas de lo que pasará después con sus opiniones. Sin un grado de incidencia será muy difícil motivar la participación ciudadana. Quizás de eso se trate: que los ciudadanos se interesen poco. Sin reconocer en la sociedad civil la fuente principal para convocar y conducir estos cabildos difícilmente se logrará dotar a esta etapa constituyente de la legitimidad necesaria.