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Santiago / Pág. 42

Benjamín Vicuña Mackenna, el intendente que modernizó Santiago

Hace 180 años nació el multifacético político e historiador, recordado, entre otras iniciativas, por la transformación del cerro Santa Lucía de un triste peñón gris a un paseo a la europea, y la creación de una ciudad más moderna, aunque también más segregada.

Benjamín Vicuña Mackenna, el intendente que modernizó Santiago

Tras participar de un frustrado motín político, en abril de 1851, y de escapar de la cárcel de Santiago para experimentar en el sur los sinsabores de la revolución del mismo año, Benjamín Vicuña Mackenna salió al exilio en noviembre de 1852.


México, Estados Unidos, las islas británicas, Italia y Alemania serían algunos de sus destinos. Pero, ante todo, París sería el lugar donde cristalizó en él la idea de una urbe basada en ideales de orden, belleza y cultura. Las transformaciones que el barón Haussmann operó en la urbe más moderna del planeta por entonces dejaron profunda huella en el veinteañero liberal, futuro abogado, historiador, senador e intendente de Santiago.


Y la capital chilena debía, a su juicio, seguir esta senda. Ya en 1856 Vicuña Mackenna publicaba en el periódico El Ferrocarril un conjunto de proposiciones de “adelantamiento”, entre ellas la construcción de un paseo en el Santa Lucía, por entonces un peñón agreste, y de una “avenida de circunvalación plantada con álamos, siguiendo el modelo de los bulevares que abría Haussman en París”.


Electo Presidente en 1871, Federico Errázuriz nombra al año siguiente a Vicuña Mackenna intendente de Santiago, cargo de amplio alcance territorial, que incluso consideraba la subdivisión administrativa de Rancagua. Al frente de un municipio con serios problemas financieros, estos no fueron obstáculo para su voluntad transformadora, que se apoyó parcialmente en los aportes privados en el período final de un ciclo de bonanza, pero que también lo llevó a avalar con su propia firma ciertos préstamos solicitados.


Ya antes de asumir tenía un diagnóstico poco enaltecedor de la ciudad. Y una vez en el cargo presentó un plan de trabajo que estipula algunas medidas que no se ejecutarán en su gestión, acaso la más notoria de ellas la canalización del Mapocho, que procuraba contener los habituales desbordes de este curso fluvial y que sólo iniciaría sus tareas a fines de la década de 1880.


Pero hay varios avances que sí vieron la luz, total o parcialmente, y que dan cuenta de su ambición: transformación de los barrios del sur; nuevas plazas; nuevas escuelas; apertura de calles “tapadas” (donde una o más propiedades bloquean el trayecto); construcción de aceras y esquinas; construcción de un nuevo matadero en el norte de la ciudad, terminación del Teatro Municipal, de la Plaza de Abastos, de la Av. Ejército y la del cementerio (Av. La Paz). Y un largo etcétera. Eso sí, los proyectos estelares son otros y debían ayudar a hacer de Santiago, en sus propias palabras, el “París de América”.


De un lado estaba el Santa Lucía y su paseo, uno que debía dar a los sectores medios una instancia recreativa que el Parque Cousiño reservaba a los más acomodados. Vicuña Mackenna convirtió el proyecto en una cruzada de la que sería adalid y publicista, encontrándose con no pocas críticas. La realización del paseo del cerro, anota el historiador Manuel Vicuña en El París americano, “fue quizá la empresa más descabellada de Vicuña Mackenna, quien percibió la transfiguración del antiguo peñón como su mayor desafío personal, y no sólo por los obstáculos materiales que éste presentaba, sino antes bien por el encono de sus detractores”.


En 1874 publicó el intendente un álbum con fotos para mostrar los avances (Album de Santa Lucía, disponible en memoriachilena.cl) y antes de eso redactó y editó una guía para los visitantes. En estos y otros soportes defendería su obra: no era este un lujo caprichoso, como se le reprochaba, sino una obra de progreso, ornato e higiene, todos ellos elementos insustituibles para el avance de una sociedad, y particularmente necesarios, a su juicio, en un cerro hasta entonces marginal, pese a su cercanía del centro.


Pero faltaba la “construcción de un camino de cintura para la ciudad”. Esto es, una vía perimetral que enfrentara el crecimiento disperso y desmesurado de la urbe. El dilema santiaguino, según Vicuña Mackenna , era “ser ciudad o ser potrero”, así como las frecuentes epidemias vinculadas con los “focos de infección material y moral”. O sea, con los arrabales. De ahí que la metáfora médica del “cordón sanitario” se usara para este propósito.


El proyecto contemplaba una “Avenida del Poniente”, que iría por Matucana y Exposición; una “Avenida del Sur”, por las actuales Matta y Blanco Encalada; una “Avenida del Oriente” (actual Vicuña Mackenna) y una “Avenida del Norte”, limitando en el Mapocho. Finalmente, sólo las avenidas Sur y Oriente se ajustaron a lo planteado en el proyecto, llevando hoy la segunda de estas el apellido del intendente y cobijando un museo homónimo, que dista de figurar entre los más llamativos o equipados de la capital.


En paralelo, el Santiago de los arrabales, que crecía sin parar por la migración del campo, siguió penetrando el Santiago “culto”, en la medida en que habitantes de este último hacían buen dinero arrendando precarias instalaciones a los del primero.


Rescata Armando de Ramón en su historia de la capital que el “camino de cintura” apuntaba a “descargar a los barrios centrales del exceso de tráfico, creando, al mismo tiempo, alrededor de la ciudad diversos paseos circulares que acercarían a los extremos, abreviando distancias”. Pero también a “establecer una especie de cordón sanitario, por medio de plantaciones, contra las influencias pestilenciales” de la periferia.


La lógica urbanística fue también una lógica de segregación: la ciudad “propia” y “civilizada” debía separarse de la “suerte de Cairo infecto”, como llamó Vicuña a ese otro Santiago de miseria, vicios y enfermedades, que debía seguir en los márgenes mientras no abandonase la barbarie.