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Allamand según sus hijas

Las dos hijas del ministro de Defensa, Olivia e Ignacia, cuentan historias personales que retratan cómo es y piensa su padre. Repasan las trastiendas íntimas de episodios como la muerte de su hermano Juan Andrés, su tratamiento en Cuba, los años de autoexilio familiar en Washington o Juan Fernández. “El papá no es mal genio”, lo defienden; aunque dicen que llegar tarde es algo que podría enojarlo.

por
Fernanda Paúl
Allamand según sus hijas

Lunes, 8.30 horas. Andrés Allamand llega apurado a la casa taller de su hija mayor, Olivia (31), en Las Condes. Se baja de un jeep manejado por su chofer, en buzo y con el terno en la mano. Toca el timbre. Olivia le abre. El le explica que se le cortó el agua de su casa y tiene que ducharse ahí. Sube al baño, en el segundo piso. Minutos más tarde llega Ignacia (30), su segunda hija. Arriba se saludan los tres. No se ven hace días.


Bajan juntos al primer piso, donde está el taller de pintura de Olivia. Allamand se pasea con las manos atrás, como pasando revista: cuadros tirados en el piso, pinceles por todas partes, una calavera rosada fosforescente, figuras de pájaros -la debilidad de Olivia-, un altar que mezcla un Buda, la Virgen María y diversa imaginería religiosa, un librero donde no cabe ni un alfiler.


Estai llena de cachureos, Olivia- se queja, medio en broma.


-¡Ay, papá, si soy pintora! ¡Para tener ordenado tendría que ser doctora!


El la mira, se ríe. Es rara la escena: el serio ministro de Defensa riéndose con sus hijas, con las barreras abajo. Allamand sabe que esta vez no será él quien abra su vida privada, su trastienda personal. Esta vez lo harán Olivia e Ignacia, quienes hablarán de eso cuando la sesión fotográfica se haya terminado y su padre ya no esté aquí. Con tazones cool en las manos, ellas entrarán a ese territorio que conforma el mapa íntimo del ministro. La vida puertas adentro.


En la sesión de fotos ellas posan un poco a regañadientes; él lo hace fascinado. Olivia le da órdenes:


-¡Sácate esa sonrisa de político!”.


El trata de cambiar el gesto y le contesta:


-Ay, Olivia, me has paqueado todo el rato.


Allamand y sus hijas comparten el mismo humor. Ahora es Ignacia, la actriz, quien le toma el pelo a su papá. Literalmente.


-Te voy a peinar la península -le dice, mientras le pasa la mano por el pelo que queda entre dos entradas marcadas.


Todos se ríen. El les pide que no le hagan bullying.


“El tema que más emociona al papá es Juan Andrés”, dice Olivia.


En marzo de 1990, Juan Andrés Allamand Lyon cayó a la piscina de su casa. Tenía dos años. En la clínica, el diagnóstico fue demoledor: por la falta de oxígeno, el niño quedó con un severo daño neurológico. “Nunca más pudo hablar, ni comer solo ni pararse de la silla de ruedas. Siempre tuvo un nivel de daño súper fuerte, pero fue aprendiendo a comunicarse”, cuenta Ignacia.


A ambas les cuesta el tema. Están incómodas. Mientras hablan, se miran, sin saber bien qué decir. Pero igual dicen cosas como que se sienten orgullosas de haber contado con una persona que no tenía ni un grado de maldad, que sus papás nunca sintieron culpabilidad, que siempre les enseñaron que los accidentes son accidentes y que toda la familia se vio profundamente afectada. Su padre no fue la excepción.


A su círculo más cercano, Allamand ha contado que este episodio ha sido el momento más duro de su vida. Que aprendió a vivir el dolor sin demostrarlo y que cuando más crítica es la situación que debe enfrentar, más debe mentalizarse para estar fuerte. Que sólo después de eso -ha dicho-, cuando ya está solo y lejos, puede concentrarse en buscar la calma.


Aunque en la prensa de la época se decía que, tras el accidente de Juan Andrés, Allamand se había sumergido en la vorágine de la política, sus hijas dicen que siempre lo vieron pendiente de la felicidad de su hermano. “Le gustaba hacerlo reír”, dice Ignacia.


“Mi mamá y mi papá fueron luchadores, buscaron todas las salidas”, recuerda Olivia. Y una de ellas, fue Cuba. Todo partió cuando el neurólogo cubano Lázaro Alvarez, al examinar al niño, les dijo que lo llevaran a la isla. Luego, Andrés Allamand recibió una invitación formal de Fidel Castro.


Así, el 14 de diciembre de 1990, Allamand, su esposa de entonces, Bárbara Lyon, y su hijo Juan Andrés partieron a Cuba. La Navidad la pasaron con Fidel. A las nueve de la noche de ese día, el ex presidente cubano llegó de sorpresa. Preguntó si podía conocer al niño y luego les dijo que comieran juntos. Estuvieron hasta las 5 de la mañana. En los 13 años siguientes, tiempo que toda la familia estuvo yendo y viniendo de la isla, Castro visitaría en varias ocasiones al niño.


Desde la derecha y la izquierda no miraron con simpatía estos viajes ni esa relación, pero sus más cercanos dicen que a Allamand no le importó: decía que cuando hay un hijo gravemente accidentado, el deber de los padres es hacer todo lo posible por sacarlo adelante.


¿Ustedes conocieron a Fidel?


-Lo conocimos, pero con una noción no muy clara de quién era -dice Ignacia, que entonces tenía ocho años.


-Sabíamos que era un señor importante, que venía a ver a nuestro hermano. Pero después nos dimos cuenta de quién era -recuerda Olivia, quien en su pieza tiene una foto de toda la familia junto a Castro.


En esos viajes alojaban en casas que les prestaban. A veces iban durante meses. Allá conocieron también a Gabriel García Márquez y se hicieron amigos. “Hacíamos una vida súper cubana. Ibamos al zoológico, a la playa, jugábamos paletas, nos levantábamos tarde”, recuerda Ignacia. “Ibamos porque mi mamá se instalaba allá todos los veranos y era mucho tiempo sin ella. Mi papá iba y venía. Entonces era raro quedarnos solas nosotras acá en Santiago”.


La madrugada del 20 de noviembre de 2003, Juan Andrés murió en una clínica santiaguina por una depresión cardiorrespiratoria. Días después, la familia y los amigos más cercanos partieron a Cuba. “Cuando murió y se decidió que lo iban a cremar, no hubo dudas. Nos preguntamos en qué lugar él había sido más feliz, dónde dejó una huella, y claramente era ahí”, dice Olivia. El mar cubano, dice, le gustaba a su hermano, porque “es calentito y no hay olas”. En una ceremonia íntima, tiraron las cenizas al mar junto con muchas flores, en su mayoría buganvilias rosadas.


Ese día Fidel Castro mandó una corona de caridad y llamó a Allamand para decirle que era un honor que el niño se quedara en la isla. Algo de esa buena relación entre ellos reconoció el propio Allamand en su libro La Travesía del Desierto: “¿Cuántas horas el jefe máximo de la Revolución Cubana se ocupó personalmente de nuestro hijo? Muchas, más de lo que cualquiera pudiera creer”.


Santiago, 1993. En plena campaña para diputado por Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, Andrés Allamand llega agotado a su casa. “Me dijo: ‘Olivia, ¡por favor!, ¿me puedes enseñar a bailar esa canción brasileña que dice siguruchá amaruchá siguruchá chá chá chá chá?’ En mi pieza le enseñé a bailar esa canción”, cuenta Olivia, riéndose. “El baile no es el fuerte de mi papá. En la campaña lo hacían bailar, entonces me pidió que le enseñara los pasos”.


En esa elección, Allamand salió electo con el 31,17% de los votos, junto al UDI Carlos Bombal, que obtuvo el 34,89%. Cuatro años más tarde, no corrió la misma suerte: en diciembre de 1997 se presentó para senador de Santiago Oriente, pero sacó sólo un 18% -unos 200 mil votos- y fue arrasado por Carlos Bombal, su compañero de lista. En abril del año siguiente, decidió dejar el país junto a su mujer y sus cuatro hijos -Olivia, Ignacia, Juan Andrés y Raimundo-, para autoexiliarse en Washington. “Tengo ganas de pagar una deuda -decía en esos días a la prensa-. Lo quiero pasar bien, lo he pasado mal estos últimos 15 años. Siento una enorme deuda con la Bárbara, las niñitas y mis hijos menores. Se me abre la posibilidad de tener una vida familiar intensa”.


Puso en arriendo su casa de La Dehesa, sacó a los niños del colegio y dejó el estudio de abogados Allamand, Varela y Cía. Ltda, para irse como consultor al BID y ser profesor en Georgetown. Alejado de la política contingente, entró en una etapa de introspección de su vida personal y política que plasmaría en su libro “La Travesía del Desierto”.


Olivia, que entonces tenía 18 años, dice que “fue un cambio familiar grande”. Vivían en Viena, un suburbio de Fairfax, en medio de un bosque con ardillas y venados. “Estábamos aclanados, nos sirvió para conocernos como familia y a soportarnos. Ibamos a los garage sales, salíamos a andar en bicicleta”, cuenta Ignacia. Continúa Olivia: “Cuando nuestros amigos nos visitaban, éramos una especie de agencia de turismo. Los paseábamos, nos sabíamos de memoria las cosas turísticas. Fuimos 400 mil veces al zoológico”.


Trataban de desayunar juntos, tarea que no le resultaba fácil a Allamand. “Con tal de que nos levantáramos temprano, mi papá era capaz de invitarnos a tomar cafés increíbles”, dice Olivia. “Salíamos a pedir dulces para Halloween. Estuvimos harto con Genaro Arriagada que estaba de embajador; también con Alberto Fuguet, que era profesor en Georgetown. Una vez, García Márquez fue a comer a la casa”, agrega Ignacia.


Además de esos panoramas, el BID y las clases en Georgetown, su padre escribía su libro. Ignacia recuerda que lo ayudaba. “Me dediqué mucho a trabajar con mi papá en su libro, corrigiendo y revisando datos”.


Las hijas coinciden en que a su padre se le pierde todo: las llaves, los lápices, los anteojos. Y que se olvida de los cumpleaños. Pero que es un tipo cercano con ellas, con quienes se comunica a diario por mensajes al celular, en los cuales los tres inventan palabras y se mandan dibujos divertidos.


Incluso han sido room mates.


Cuando la familia volvió a Chile, en julio del 2000, Olivia se quedó para terminar su carrera de Arte. Su papá también tuvo que hacerlo unos meses para cerrar su trabajo. “Vivimos con una mexicana, él y yo”, dice.


Luego, entre el 2009 y 2011 volvieron a vivir los dos, esta vez en Santiago. En el departamento que ocupó Allamand después de separarse de Bárbara Lyon. Antes, en ese mismo sitio, el padre había compartido techo con Ignacia, cuando ella volvió de Buenos Aires, después de estudiar Actuación. “Vivir con él era lo mismo que vivir con un amigo. Nos mandábamos mensajes de texto con: ‘no llego’, ‘sí llego’”, dice Olivia.


Ignacia recuerda una anécdota: “A él le gusta atacar el refrigerador en la noche. Entonces, como medida preventiva, yo hacía un orden antes de acostarnos, donde ponía las cosas menos dañinas afuera, como los potes con fruta, la jalea, y atrás los chocolates. Y cuando él se levantaba dormido a atacar el refrigerador, lo primero que encontraba era el pote de frutas y no los chocolates”.


¿Es bueno para el dulce?


-En las noches, sí -responde Olivia.


Mira fijamente a Ignacia, y comenta;


-Se va a morir con esta historia.


-Bueno, él nos puso en esto -dice Ignacia.


-Sí… está divertido… hay que hacerle un poco de bullying -se ríe Olivia.


Es un papá crítico. “No nos va a celebrar todo”, dicen sus hijas. A veces, incluso, les da consejos, ya que, según ellas, se cree “experto en todo”. “Una vez yo le hice un cuadro para su departamento en Valdivia -donde fue senador- y él lo miró y me dijo: ‘Creo que le falta más naranjo en esta zona’. Yo lo quedé mirando, fue como: ‘Qué rabia, tiene razón’. En el momento, obvio que no se lo reconocí”, recuerda Olivia.


“Tiene un humor sarcástico, divertido. Por ejemplo, cada vez que nos compramos algo, él nos dice que es horrible. ‘¿Esos zapatos son nuevos?’, ‘sí’, ‘son horribles’. Y agrega: ‘¿por qué no me preguntaron a mí que soy un experto en tendencias?’ Y no cacha una”, cuenta Ignacia.


Pero ellas se toman revancha. Y lo aconsejan de vuelta. Olivia le dice la música que debe escuchar. “Es que le gusta las canciones muy cebollas”, dice. Una vez, cuando su papá era senador por Valdivia, le hizo un compilado que se llamaba “En camino al Senado”. “Se lo pasé a su chofer y le dije: ‘Ya, ponle siempre este CD’. Tenía música que a él le gustaba, como ‘No me ames’ de Jennifer López y Marc Anthony, hasta otras que yo recomendaba, como The Cure”.


¿Es mal genio?


-No- responden ambas, al mismo tiempo.


-Aunque la única cosa que lo podría poner mal genio es llegar tarde -se corrige Olivia.


Lo mismo con la flojera. “Mi papá tiene un tema con la flojera. No le gusta la gente floja… Si tú trabajas en lo que sea, pero te mueves para lograrlo y salir adelante, está bien”, dice Olivia. Ella y su hermana reconocen que no es “obsesivo”, pero coinciden en que le dedica mucho tiempo al trabajo. La razón, según Ignacia, es su nivel de autoexigencia. Cuenta otra anécdota:


“A mi papá durante un tiempo le gustaba mucho subir cerros. Y tenía grandes planes. Pero en un momento, por una situación particular, le dijeron que no podía seguir haciendo eso, lo que fue muy fuerte para él, porque estaba súper entusiasmado con hacer cumbres. Y yo le dije: ‘Bueno, pero no es tan grave, porque igual podí subir cerros chicos’. Y él me dijo: ‘La única razón por la que me interesa subir cerros chicos es porque me entrenan para subir cerros grandes. Si ya no puedo subir cerros grandes, prefiero hacer otra cosa’”.


Ni Ignacia ni Olivia heredaron el gusto por la política. “Yo me intereso por la política lo mismo que me interesaría si mi papá fuera entrenador de fútbol”, dice Ignacia. Sobre estos temas y la actualidad, dicen que los hablan sólo cuando ellas le preguntan. “Cuando hay algún tema que está arriba, le hemos dicho: ‘Ya papá, juntémonos y explícanos qué está pasando’. Y hablamos 20 minutos y ya, se acabó”, cuenta Olivia.


Igual tienen historias en ese terreno. “Cuando chicas éramos cercanas a mi abuela democratacristiana. Entonces no era raro que un sábado estuviéramos con ella en una caravana del No y el domingo fuéramos a las del Sí con mi papá”, recuerda Olivia. “A mí, obviamente, me gustaba más el No, porque tenía colores más lindos”.


¿Que pasaría si él se presenta como candidato presidencial?


-¡El voto es secreto! -grita Ignacia. Mira a su hermana. Se ríen.


El accidente en Juan Fernández, en cambio, fue uno de los temas de contingencia obligatorios con su padre. Dice que es donde él mejor demostró eso que sabe bien: “ser emocional cuando hay que ser emocional y racional cuando hay que ser racional”.


“Fue capaz, en un momento crítico, de poder separar el corazón de la acción. El estaba viviendo una situación que tenía que ver con algo sentimental, por su cercanía con Felipe Cubillos -hermano de su actual señora-, pero por otro lado él tenía que hacer gestión, sacarse el corazón y funcionar”, dice Olivia. “Está preparado para reaccionar así. El, en Juan Fernández, sabía lo que es un accidente y sabía lo que es perder un hijo… entonces, hay empatía”.


“Cuando yo lo vi, sentí que había algo en la estructura emocional de mi papá que se modificó después de eso. Pensé que esto no se le olvidaría nunca”, dice Ignacia.


Después de más de dos horas de conversación, las hermanas Allamand dicen que están cansadas. Ignacia se ha tomado dos cafés con leche y Olivia ha rellenado varias veces su taza con té. Repasan algunas cosas y se convencen: “Ya hemos dicho todo”.


Olivia asegura que ve a su padre “enfocado y feliz, en un muy buen momento”. También lo ven contento con su señora, Marcela Cubillos, a quien, según Ignacia, le tienen “cariño y respeto”. “Tenemos buena onda, nos cae bien”, dice.


Camino a la salida, la hija pintora de Allamand se detiene ante un cuadro apoyado en una muralla de su taller. Es un conejo rosado, que en su mano izquierda sujeta una granada. Olivia sostiene el cuadro y dice: “Se lo regalé a mi papá, pero me lo devolvió”.


Se despacha, entonces, la última historia del día:


“Yo estaba pintando una serie de conejos que tenían que ver con granadas y bombas; con el contraste entre el arte muy bonito y el arte del terror. Entonces, le hice a mi papá un conejo con una granada especialmente para su oficina. Mi papá se lo llevó. Pero después lo pensó un rato y me dijo: ‘¿Sabes qué? No. No es buena idea que ponga este cuadro en la oficina de un ministro de Defensa’”.