Limitaciones a la campaña electoral

Señor director:

Un viejo refrán dice “los cuidados del sacristán mataron al señor cura”. Bien representado queda este dicho con la elección que viene y las reformas a la ley electoral. Se pusieron tantas dificultades a la divulgación de nombres y propuestas de los candidatos, que ahora nadie sabe ni quiénes son, ni qué propugnan.

Sólo se puede hacer propaganda en  lugares especiales, declarados por los municipios y autorizados por el Servel; se reglamentaron hasta los tamaños de los avisos y los brigadistas no pueden exhibir banderas o letreros.  Tampoco están permitidos carteles o afiches, y publicidad en televisión abierta o pagada. En fin, los candidatos no pueden darse a conocer y los electores tendrían que investigar sus nombres y propuestas. Por cierto, serán muy pocos quienes tendrán la cultura cívica de darse ese trabajo y, al final, pocos los que se sientan motivados a votar.

La escasa propaganda visible se limita a dar nombres y frases marqueteras, y rara vez se expresa el partido al cual el candidato pertenece. Llega a lo risible ver un aviso en un barrio sur de Santiago, de un señor que pone: “PPD, pero de los buenos”. La limitación del gasto electoral resultó casi ridícula: para concejales se permite $ 1.400.000, más $ 340 por cada elector. Con esto un candidato no puede más que instalar unas pocas “palomas”. Además, es casi imposible donar para una campaña.

Se pretendió limpiar las elecciones, pero se está logrando dejarlas reducidas a su mínima expresión. Ya nadie se siente motivado y no existe “ambiente electoral”. Con voto voluntario, la abstención será, probablemente, enorme.

¿Qué representación tendrán los elegidos? Así legislan nuestros políticos, motivados por sensaciones del momento, pero sin análisis de las consecuencias.

Roberto Munita Herrera



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