Plebiscitos

por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

EFECTIVAMENTE, resulta incomprensible llamar a plebiscito y perderlo. De ahí la histeria de estos últimos días, similar al post-Brexit. Pienso en partidarios de la democracia directa -el progresismo de turno- para quienes sólo ésta sería soberana popular, no así la liberal gastada que interpone mediaciones institucionales como la representación. Pienso en ese periodista de un reputado periódico extranjero que llegó a calificar a los colombianos de estúpidos sin mostrar mayor brillantez de su parte insultándolos. ¿Es que sólo el Sí era legítimo y podía ganar, la ley del embudo valdría y Dios juega con dados cargados a favor de previamente elegidos?

Incomprensible, además, que se recurra a plebiscitos habiendo 200 años de merecida fama autoritaria de por medio. No hay dictador que no haya intentado ratificar golpes de Estado por esta vía: Bonaparte convertido en Cónsul vitalicio; el sobrino (cómico imitador del tío, según Marx) disolviendo la Asamblea Nacional y luego, mediante otro plebiscito, volviéndose emperador; los varios de Mussolini para afianzarse en el poder; el Anschluss de 1938 que anexa Austria a la Alemania nazi; Hugo Chávez; el jefazo de Madagascar… Y eso que no siempre les va bien a autócratas que se confían a su suerte (De Gaulle el 69, Pinochet el 88). Tampoco a los gobiernos que los instituyen como formas de manejar su administración (el caso del estado de California y su posterior descrédito tras “iniciativas ciudadanas”, derivando en ruina fiscal y mandatos contradictorios). Irónicamente, este tipo de referéndums los suelen ganar movimientos activistas, los mejor organizados y financiados, no el “Pueblo” necesariamente (“la alegría no llega”).

¿Cómo se explica? ¿No era que “liberales” como Juan Manuel Santos, y otros como él, desconfiaban de las democracias directas? En efecto, el liberalismo cuando se muestra sensato teme las mayorías y su imprevisibilidad, estima una degeneración la oclocracia (el gobierno de la muchedumbre guiada por pasiones desatadas) e, incluso, recela de las elecciones. De las imprevisibles, sobre todo, por eso se arma de sistemas electorales que restringen el universo de votantes calificados, se reduce el margen de sorpresa, no se le hace asco a intervenciones electorales (diseño de circunscripciones, compra de candidatos y votos), y se infla a encuestólogos.

Así y todo, a los liberales les viene de tanto en tanto cierto complejo revolucionario y se vuelven “progresistas” (se viven “Nuevos Tiempos”, hay que cambiarlo todo), sin que, por ello, dejen de estar convencidos que el “pueblo soberano” es masa moldeable. Es decir, no abjuran del intervencionismo y optan temerariamente a veces por apuestas inciertas como los plebiscitos. Cuestión aún más aventurada si los convocados no votan, acrecentando ese otro potencial de todo pueblo: su vocación errática. En Chile algo sabemos de esto. Fueron también “plebiscitos” las elecciones presidenciales de 1964, la de 1970, y las varias consultas favorables a la dictadura.



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