Las cenizas de un equipo histórico

Chile perdió el rumbo. Pero lo peor, no sabe cómo salir del hoyo futbolístico en que se metió.

por Cristián Caamaño

Claudio Bravo se sube al bus que trasladará a la Selección al aeropuerto Mariscal Sucre y antes de llegar a su asiento, casi al fondo de la máquina, saluda uno por uno a sus compañeros. Nadie abre la boca, salvo Vargas, que le comenta algo a la pasada. Todos se ven muy afectados. Las miradas están pegadas al vidrio o al respaldo del asiento que tienen enfrente, sin tener claro qué observar. La película del partido aún está fresca en su memoria y los tres goles de Ecuador hieren a más no poder el orgullo de un equipo que peligrosamente se está acostumbrando a perder.

La Roja dejó Ecuador sin pena ni gloria. Regalándose a más no poder en la cancha y mancillando el famoso bicampeonato, que a esta altura parece una carga difícil de sobrellevar. Con futbolistas a los que aparentemente se les olvidó jugar con la camiseta de la Selección y un técnico que no parece entregarles las herramientas adecuadas para plantarse de igual a igual con los rivales.

Cinco partidos de Eliminatorias con Pizzi y apenas una victoria. Si el recuento va más allá, en los últimos siete compromisos del camino a Rusia, la Selección sólo tiene un triunfo. Otro dato: Vargas y Sánchez no convierten un gol en esta competición desde octubre del año pasado, en Lima. Así es difícil soñar con llegar al próximo Mundial.

Sin duda que algo pasó en el camino. El equipo viene cometiendo una seguidilla de errores, que se repitieron en Quito. Y algunos se agravaron. Chile no luce como ese equipo solidario, con futbolistas dispuestos a dejar todo en la cancha por el de al lado. Y eso sí es preocupante. Uno de los sellos indelebles de la etapa de Sampaoli hoy desapareció. Desgraciadamente, con pocos días de trabajo, no es fácil reincorporarlo al ADN de un equipo que se siente a la deriva, que lentamente comienza a desconfiar del mensaje que llega desde la banca.

En el Atahualpa, Chile fue un equipo egoísta y que a muchos hizo recordar aquel partido con Serbia en Suiza, que finalmente le costó el puesto a Claudio Borghi. Nadie le dio una mano a su compañero. El caso más sintomático ocurrió con los laterales, Isla y Mena, que jamás recibieron la colaboración de los volantes externos, en este caso Aránguiz y Vidal. A partir de ahí comenzó la debacle, con un técnico rival que leyó muy bien el partido, algo que Pizzi hace rato no viene haciendo, y empezó a dinamitar los costados.

Si en la previa Macanudo insistió en que Chile sería un equipo corto, que intentaría controlar el balón, entonces su plan fracasó. Colectiva e individualmente. Incluir a Díaz prácticamente como un tercer zaguero dejó a Chile sin ese hombre que a través del pase crea sociedades y junta las líneas. La Selección no fue capaz de generar circuitos ofensivos y sólo apeló al pelotazo largo a Isla. Para colmo no tenía la cobertura de ningún volante. Así lo terminó pagando.

Díaz, quien habitualmente es el que le marca al equipo cuando salir a presionar y a achicar espacios, ahora estuvo, por sistema, más preocupado de ir a ubicarse junto a Jara y Roco. De ese modo, cuando tenía el balón, jamás encontró a sus compañeros de mediocampo. Todos estaban a más de 20 metros. Y por si fuera poco, cuando venía el rechazo de los zagueros chilenos, no había nadie para las segundas pelotas.

La Roja fue un equipo largo, con volantes siempre lejos del balón para presionar. Y a los que sin balón cada vez más les cuesta correr hacia su propio arco. Vidal y Aránguiz, ubicados pegado a la raya, nunca se sintieron cómodos, pero tampoco mostraron rebeldía, salvo algunos pasajes el hombre del Bayern Munich, para romper el molde.

De esta foma, Chile quedó siempre a merced del local. Aquella recomendación de que en la altura no se debe dejar espacios nadie la tomó en cuenta. Las espaldas de los cuatro zagueros fue una permanente invitación a atacarla. Sin presión en el medio, los volantes amarillos tenían panorama para buscar todas las zonas de ataque. Si el marcador no fue más amplio, fue simplemente porque hoy Ecuador atraviesa una bajo nivel y porque Bravo estuvo acertado sobre todo en el segundo tiempo.

Así pasó Chile por Ecuador. O lo que queda de aquel equipo que hace menos de cuatro meses se coronó campeón continental. Sin fútbol y sin alma. La sombra de un equipo que lentamente se destiñe y pierde su sello. Son las cenizas de una Selección que apela a que alguna brasa quede por ahí para volver a encender la ilusión de llegar a Rusia. Porque con lo que mostró en Quito, el Mundial es una verdadera utopía.



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