Escritor alemán:

Bernhard Schlink: "La educación no inmuniza contra el fanatismo y la brutalidad"

El autor de El lector, la novela súper ventas llevada al cine con Kate Winslet, estará en el ciclo La Ciudad y las Palabras de la UC el próximo miércoles.

por Patricio Tapia

En uno de los relatos de Amores en fuga, de Bernhard Schlink, un personaje se pregunta: “¿Qué hizo mi padre en la guerra?”. La generación de Schlink (1944) se hizo la misma pregunta y algunos fueron inclementes con sus padres. “Bueno”, dice el autor desde Alemania, “algunos padres habían sido implacables en el pasado. Es cierto que nuestra generación podía ser dura, incluso frente a los padres que no habían participado en los crímenes de los nazis -es la arrogancia y la rebelión de los adolescentes”.

Schlink es un jurista: ha sido juez federal y es profesor universitario. Su trayectoria como escritor comenzó con una trilogía de novelas policíacas protagonizadas por Gerhard Selb, un detective privado que en los años 40 trabajó como fiscal para los nazis. Pero es en 1995, cuando publicó El lector, que a Schlink le llegó su mayor fama. En la novela un adolescente tiene un romance con una mujer mayor: una relación fundamentalmente sexual, acompañada de lecturas, pues la mujer le pide al joven que le lea en voz alta. Pero ella un día desaparece. Años después, la reencuentra él, siendo estudiante de derecho, en un juicio a los criminales de la Segunda Guerra Mundial: ella había servido como guardia para las SS; a algunas prisioneras les pedía que le leyeran en voz alta antes de enviarlas a la cámara de gas (es analfabeta y se avergüenza de reconocerlo).

La turbulenta historia del siglo XX alemán aparece en otros de sus libros. Por ejemplo, El fin de semana, un fin de semana que pasa un grupo de amigos para celebrar que, después de 20 años, uno de ellos ha salido de la cárcel; había sido condenado por terrorismo en grupos de extrema izquierda que operaron en lo años 80. Y algo de eso aparece en el trasfondo de su último libro, Mujer bajando una escalera, aunque la historia central gira en torno a un cuadro. El protagonista es un abogado viudo y acomodado que en un viaje de trabajo, en Australia, descubre en una galería que se exhibe Mujer bajando una escalera, un obra con la que lo une una relación antigua. Cuando se iniciaba en labor jurídica, él había intervenido en un enfrentamiento entre el pintor del cuadro (ahora muy cotizado) y el riquísimo dueño del mismo, marido de la mujer que había servido de modelo y amante del pintor.

Buena parte de su literatura ha escarbado en la memoria histórica y el autoexamen de la Alemania de posguerra. ¿Por qué?

Una vez que mi generación hubo aprendido lo que nuestros padres habían hecho en la Alemania nazi, tuvimos que reconciliarnos con ello -y con ellos. La literatura es una manera de hacerlo.

Ud. empezó con novelas negras, no ortodoxas, con un personaje de pasado también negro...

No creo en los géneros. Las novelas negras son novelas como otras novelas, y tan aptas para lidiar con el pasado y su herencia como cualquiera otra.

¿Por qué cree El lector fue un libro tan exitoso: se lo esperaba?

No me lo esperaba. Había pensado que mi libro era un libro alemán para un público alemán y había subestimado el interés de otros públicos sobre la forma en que la segunda generación de alemanes se sentía respecto al pasado nazi y se enfrentaba con él. Y el enmarañarse en la culpabilidad de quienes nos son cercanos, de quienes amamos, el problema de mi generación, es también un problema universal.

Algunos críticos señalaron que el libro sugería que la brutalidad nazi nacía de una especie de analfabetismo de clase baja...

El porcentaje de académicos en los mortíferos Einsatzgruppen (los “grupos operativos” de las SS) era mayor que el porcentaje de académicos en la población total; la educación no inmuniza contra el fanatismo y la brutalidad. Esto es tan conocido que me sorprendió que ciertos críticos imaginaran que yo podría pensarlo de otra forma.

“Y, ¿qué habría hecho usted?”, le pregunta la protagonista de El lector a su juez. Es una buena (y difícil) pregunta.

Es la pregunta que tenemos que hacernos a nosotros mismos cuando juzgamos a los demás.

En El fin de semana y una de las novelas de Selb aparece el mundo de los terroristas alemanes de la posguerra. ¿Conoció a algunos de esos revolucionarios?

Sí, y eran un conjunto muy mezclado. Algunos actuaban movidos por un sentimiento de obligación moral; otros cuyos padres no se habían enfrentado a los crímenes de los nazis, querían enfrentarse a los crímenes de los estadounidenses en Vietnam y al capitalismo y el imperialismo en general. Algunos eran aventureros, algunos eran desesperados, algunos eran moralistas aventureros o desesperados morales o se habían enamorado de alguno de ellos.

¿Los hijos heredan los pecados de los padres?

No. Pero cuando los padres cometen crímenes, los hijos no pueden amarlos sin enredarse en su culpa.



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