Desert Trip: parte la última gran fiesta del rock

Con Bob Dylan y The Rolling Stones anoche se inició, en California, uno de los eventos más ambiciosos de la historia.

por Claudio Vergara

Un domo de aspecto galáctico y discotequero asoma por uno de los rincones, un DJ se apresta a montar la enésima mezcla de la noche y casi un centenar de personas se agitan, alzan la mano y bailan libres sobe la pista. La escena sucedió la noche de jueves en la localidad de Indio, California, y podría ser una secuencia más del festival de Coachella que se levanta todos los años en este mismo lugar, cita hoy convertida en una suerte de imán de súper modelos, actores que acumulan mansiones en el cercano Hollywood y, de fondo, algo de buena música.

Pero no. Hoy los que bailan superan los 40 años, probablemente no visitarían una discoteca ni por equivocación, semejan algo así como una gran juerga del elenco de los Dukes de Hazard y el pinchadiscos no dispara la electrónica que animará el próximo verano nórdico: los visitantes se mueven con The Beatles, Grand Funk, ZZ Top, Jimi Hendrix y Led Zeppelin.

Baby boomers que, a diferencia de los milllennials que dominan estos encuentros, no tienen apetito por el hit de última moda ni por la nueva banda de barbudos que destellará en el cosmos indie. Por el contrario, en el camping se sube sin vergüenza el volumen una y otra vez a Stairway to heaven, quizás el tema más rotado de todos los tiempos, y lo más reciente que se percibe es Smells like a teen spirit de Nirvana, estrenada cuando aún Spotify era una aventura futurista.

Es la previa del festival Desert Trip, la cita donde las guitarras también se bailan y que desde anoche pretendía reunir a seis de los iconos que dieron cuerpo a la idiosincrasia artística y cultural del siglo XX. Por ello, todo empezó a rodar cerca de las 22.30 horas de Chile, con Bob Dylan y The Rolling Stones. Un tándem que marca presencia inmediata: ayer, en las horas iniciales en que se habilitó el campo de polo del evento para la llegada de la primera avanzada de público (básicamente los que se quedarán a acampar), la lengua húmeda y roja que los ingleses multiplicaron como franquicia se reproduce voluminosa en poleras, banderines o autoadhesivos.

Pero Dylan es el encargado de abrir la velada, honor a la altura de la rúbrica que casi toda la prensa especializada ha puesto sobre su presencia: es el artista más relevante de los seis invitados. La razón es sencilla: es el único cuya obra explica la irrupción o al menos la evolución creativa del resto, influyendo sobre los Beatles más audaces, la conciencia generacional de The Who, la agudeza de Neil Young y el fortalecimiento lírico de la dupla Jagger y Richards.

Como el gran maestro que baja de la cima, y con una imponente escenografía donde se luce una pantalla de costado a costado, como pocas veces se ha visto, el cantautor aparece con sombrero negro, gesto inmutable y una impronta casi espectral. La banda que lo secunda, hábiles en trazar un viaje hacia las raíces americanas, del blues al rockabilly, desenfunda Rainy day women No. 12&35, clásico de su era sesentera: finalmente lo que busca toda la audiencia.

Un público que en su mayoría ya sorteó las tres décadas de vida y que, durante la tarde, pone a prueba el avance de los años al aguantar las máximas de 35 a 39 grados que golpearán el lugar todo este fin de semana. Para ellos hay actividades como gimnasia, yoga, jugar flippers ochenteros y zonas para beber vino como si la vida fuera un crucero: nada de corona de flores o cuerdas para lanzarse desde las alturas.

Los primeros arribaron cerca de las 13 horas de y, aparte de las insignias Stones, exhiben orgullosos sus banderas patrias, de Argentina y México a Alemania y Venezuela, transformando en un lugar en un pequeño desfile babélico. Y también en un pequeño caos, ya que el ingreso, pactado a las 2 de la tarde, se retrasó y provocó una estampida descontrolada de público, griteríos y hasta patadones al azar, escena que el imaginario más bien asocia a mercados incipientes, como, sin ir más lejos, Chile.

Por eso, la fiesta debe seguir. Hoy será el turno de Paul McCartney y Neil Young, para rematar el domingo con The Who y Roger Waters. Un cartel inédito y para el infarto melómano, pero, sobre todo, para reverenciar a la era dorada del rock, ese género que hoy parece diluir sus mejores años entre la partida de sus iconos, la escasez creativa y la victoria de otras tendencias.

De hecho, el nombre más joven de todo el line up es Ron Wood, de los Rolling Stones, con 69 años. Todo el resto prácticamente ya superó los 70, por lo que es muy probable que, en un promedio de 10 a 20 años, la vida de gran parte de estos comensales se haya extinguido para siempre. Por eso, más que el sabor épico de la primera vez, lo que también aquí late es la evocación nostálgica del hasta siempre.



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