Manifiesto: Luis Gnecco, actor

por Fredi Velásquez

Al inicio me dio miedo interpretar a Pablo Neruda en un país como Chile. Leí el guión y me di cuenta de la magnitud del desafío que representaba, por lo que acepté de inmediato. La película no busca desmitificar a Neruda, sino que humanizarlo. Se acerca al espectador desde otros ángulos, es una visión entretenida del poeta: “Neruda on the Road”, planificando su escape, en conflicto, pero disfrutando la huida.

Me siento una persona famosa, pero no siempre estoy en paz con esa fama. A veces me gustaría pasar un poco más piola. Cuando salgo a la calle me doy cuenta de que muchas personas se fijan y saben quién soy yo. Debo admitir que me gusta ser reconocido, porque lo necesito como actor, para eso vivo y de eso vivimos.

Vivo pegado en el barrio donde crecí. Estaba cerca de Plaza Egaña, en la avenida Larraín y era como un pueblito maravilloso, donde hacíamos las compras con mi padre en la plaza. Ahora, en el lugar hay un mall gigante y muchos edificios. El otro día hice un viaje con mi pareja para mostrarle la calle de mi infancia y nos encontramos con una vecina que nos decía que de esa época quedaban puros viejos solterones. Ese tipo de cosas te determinan la geografía de los sueños, cuando sueño siempre vuelvo a esos lugares.

Era retraído, un poco mamón. Mi padre era vendedor viajero y mi madre, secretaria, ambos trabajaban y fui criado por mi abuela de manera muy sobreprotectora. Tenía mucha vida interior, me pasaba el día pensando, con mucha imaginación. Era un poco tímido y la forma de salir de eso fue a través del histrionismo. Quizás eso me sirvió para mi vida como actor.

En mi primer día en el colegio Calasanz me hicieron bullying. Llegué a un colegio de puros hombres dirigidos por unos curas españoles medio franquistas y eso era una selva para mí. En mi primera clase levanté la mano para acusar a un compañero que estaba comiendo en la sala. “Oh, el hueón maricón”, decían mis compañeros. En el recreo me pegaron y de vuelta a clases volví a levantar la mano para acusarlos. Me costó mucho entrar. Luego, a los dos o tres años me hice conocido por mi humor irónico, me burlaba mucho de los curas, aprovechando que tenía buenas notas.

Estudié biología en la universidad por tres años. Después del colegio no sabía muy bien qué hacer y decidí postular porque me iba bien en ese ramo en el colegio. Había una clase que la hacían Francisco Varela y Humberto Maturana y nunca entendí nada. Me dedique a hacer grandes amistades, a pasarlo bien. Pasé todo ese tiempo sin abrir un libro y frustrándome por no entender nada. Un día un amigo me dijo que era histriónico y me convenció de que lo mío era el lado artístico. Nadie me lo había dicho antes.

Legalizaría todas las drogas. He probado todo tipo de drogas y, aunque no las encuentro buenas, soy partidario de experimentar y legalizar. De partida, acabas con el comercio ilegal, el tráfico y toda la muerte que eso genera. Cada persona es grande y es libre de decidir qué consume. De la marihuana tengo una pésima opinión, encuentro asqueroso eso de fumar un pito medio compartido. En la adolescencia tuve mis iluminaciones, pero en términos biológicos me hace pésimo. Conozco gente que fuma todos los días y tengo serias dudas si eso no tiene efectos negativos en la cabeza, porque son unos imbéciles.

No voy a las manifestaciones porque soy un cobarde. Mis compañeros de universidad iban a las marchas contra la dictadura militar y yo nunca fui. Tampoco lo he hecho ahora último. Iría a cosas más ciudadanas, como las marchas contra las AFP o por el orgullo gay, pero me cuesta salir a manifestar eso. En la única campaña en que formé parte activa fue por el No, donde estaba muy convencido.

Estoy un poco enamorado de Pablo Larraín, el director de Neruda. Espero que sea un sentimiento mutuo, porque los amores no correspondidos son muy tristes. Es quizás el mejor director con el que he trabajado. Es un tipo genial, un artista que tiene muy merecido el lugar que está ocupando dentro de la generación de directores jóvenes que tienen algo que decir, algo que mostrar. En cada película lo veo más maduro, más profundo. De verdad, lo admiro.

Me carga ser gordo. Toda mi vida fui flaco, pero a los 30 años empecé a engordar. Ahora había logrado un peso bajo y tuve que subir para interpretar a Neruda. Esa fue la peor parte, al principio me contrarié mucho, pero me decidí, porque era una oportunidad exquisita. Nunca había comido con tanto placer. Claro que lo hicimos a la sudamericana, comiendo y comiendo y luego ver por mi cuenta cómo podía volver a bajar. Todo en la película está hecho para verme más gordo, desde mi posición corporal hasta las camisas, que las pedí más apretadas para tener más papada.



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