De la deshonestidad

por Tiro al blanco Fernando Villegas

Con vergüenza digo: cuando se trata de calificar el devoto amor nacional por lo ajeno, la palabra “deshonestidad” se queda muy corta. Resulta insuficiente porque dicho vocablo implica un comportamiento descrito sólo por la negatividad; se acusa a alguien de ser deshonesto cuando NO es honesto en el grado que se espera, cuando NO cumple enteramente con lo debido, cuando abusa de una ventaja o avanza en demasía por el filo que separa lo correcto de lo malicioso. De lo que hablamos, en cambio, es del fenómeno que sobrepasa de lejos el territorio del mero ventajismo y del desinterés por cumplir acabadamente con las reglas y compromisos; nos referimos al acto que consiste en definitivamente traspasar el umbral o saltar la reja que separa la decencia de la indecencia. Para el chileno, al menos para demasiados chilenos, ciudadanos que técnicamente no son delincuentes, el robo puro y simple es un acto posible y plausible, quizás no frecuente pero parte del repertorio a disposición de sus conductas cotidianas. Por eso y llegado el caso no vacila en quedarse con lo que no es suyo sólo porque nadie lo está viendo, en romper una norma apenas sea posible para obtener una ventaja a menudo miserable, en sustraer lo que quedó botado en una mesa porque el dueño miró para el otro lado y tampoco lo piensa dos veces si puede incumplir un contrato y/o burlar la ley -“calleuque el loro”, advertía alguien a sus cómplices- para llenarse los bolsillos; sujetos así incluso pueden llegar al extremo -los abogados ven cada año infinidad de casos de este tipo- de engañar a un familiar para quedarse con su parte de una herencia.

No hay sociedad donde no se produzcan conductas de esa laya, pero el grado con que en Chile aparecen y resultan, además, impunes, es causa de alarma y de vergüenza. Que nuestro país está repleto a rebozar de prácticas delictuales y desvergonzadas es cosa sabida -y muy sabida por los extranjeros que nos conocen, lamento decirlo- porque es fenómeno de larga data. Es, dicho delito oportunista, menos una tentación que nos lleva cierto día a un acto particular de latrocinio del cual, tal vez más tarde, nos arrepentimos, como más bien una costumbre generalizada, arraigada y puesta en acción sin ningún remilgo, elemento importante y al parecer indestructible de nuestra “cultura”. Probablemente es la clase de prácticas a que da lugar una sociedad fundada originalmente en la división brutal entre hacendados y encomendados, patrones y rotos. Allí donde el orden social se basa en una desproporción entre esfuerzo y recompensa, inevitablemente se siembra la semilla de la desconfianza y paralelamente la propiedad del prójimo aparece menos como un derecho legítimo, fruto de SU esfuerzo, que como un bien que nos han birlado, un despojo que nosotros, las víctimas, hemos sufrido en un principio apocalíptico de los tiempos.

La diferencia entre ese pasado y el presente, ambos tan entera e igualmente marcados por una “deshonestidad” transversal, radica en las distintas magnitudes en juego. La cualidad es la misma, pero la cantidad es hoy mucho mayor. Si es cierto que “la oportunidad hace al ladrón”, hoy las oportunidades de serlo superan en 10 o 100 veces las del pasado. El Estado es más complejo y rico y ofrece infinitos vericuetos adicionales para meter las manos y lo mismo sucede en el sector privado. A eso se suma el anonimato propio de la sociedad de masas, efecto que se manifiesta con toda su fuerza en las ciudades y organizaciones de gran tamaño. No ayuda al control del fenómeno la escasa capacidad de vigilancia y sanción, deteriorada hasta grados inverosímiles en parte por la naturaleza del “relato” ideológico predominante y en parte por un necio concepto progresista de la justicia, al punto de hacerla a menudo inoperante.

Las cifras de que se disponen respecto de algunas de estas “deshonestidades” son increíbles. Los organismos pertinentes investigan en estos momentos más de MEDIO MILLON de licencias médicas sospechosas de ser truchas, amorosamente despachadas, SÓLO este año, por más de 600 médicos. Y en el Transantiago al menos el 30% de los usuarios no paga pasaje. Los estudiantes, por su parte, quienes teóricamente “luchan por una educación de calidad”, han literalmente saqueado casi todos los colegios en los que han celebrado una toma, destrozando a la pasada lo que no podían robar. En cuanto al número de boletas falsas comprometidas en descarado robo al Fisco para financiar campañas políticas no hay estadísticas conocidas, pero suman seguramente cientos sino miles, mientras sus perpetradores suman docenas sino cientos. Otros fenómenos no se manifiestan con cifras tan claras, pero sin necesidad de un enorme esfuerzo cerebral es posible imaginarse que no sólo una sino muchas personas han puesto en acción triquiñuelas administrativas para pensionarse con sueldos de varios palos.

Pero la deshonestidad no acaba ahí. No es sólo cuestión de dinero y de cómo robarle al prójimo, robarle al Estado, robarle al colegio o robarle a la empresa de buses, sino también de la mentira transformada en sistema, lo cual es una forma de robar confianza hasta vaciar completamente, como ya sucede, el stock de la credibilidad pública. Es lo que hace en masa nuestra clase política. Es verdad que toda promesa es falible y por eso a menudo no es posible cumplir con lo prometido pese al empeño que se ponga, pero otra cosa es prometer sabiendo de antemano que la promesa no puede satisfacerse.

A quienes creen que la vida de una sociedad sólo tiene que ver con el “relato” institucional, los grandes cambios o grandes reacciones a los cambios, las leyes, los discursos y la palabrería sobre las estructuras, este recuento de deshonestidades de todo orden parece cosa baladí, un detalle desagradable pero en todo caso corregible cuando “se resuelva el problema del poder” y se establezca el Paraíso aquí en la Tierra como en el Cielo. Nada más erróneo. Como ya lo demostró hace muchos años Stanislav Andrewski en su luminoso estudio Parasitismo y Subversión en América Latina (Editorial Americana, Buenos Aires, 1967), la existencia masiva y sistemática de ciertas actitudes, reflejos condicionados y costumbres afecta decisivamente la clase de procesos posibles en una sociedad tal como la calidad de un material afecta decisivamente la clase de construcción que puede erigirse con él. Una sociedad con una abrumadora cantidad de gente que desprecia las reglas y mira lo ajeno como botín legítimo sencillamente es incapaz de sobrepasar cierto muy modesto nivel de desarrollo: no hay instituciones ni privadas ni públicas que puedan desplegar sus potencialidades si acaso una parte considerable de su “clientela”, tal como las termitas, horada, depreda, sustrae, engaña y distorsiona cada vez que puede.

El congresal Girardi, paladín y parangón de las buenas prácticas, se ha escandalizado con las cifras mencionadas y dicho que está haciendo falta un “cambio cultural”. Es cuando se pregunta uno cómo y cuando es que sucederá dicha Segunda Venida del Mesías del cambio. Ciertamente no con las prédicas del Padre Gatica. A no hacerse ilusiones: no está en la naturaleza humana cambiar sus conductas como resultado de un sonoro sermón perpetrado desde un púlpito y ni aun si viniera desde la montaña. Lo que funciona es la sanción creíble por ser probable y eficaz. Es la raíz de la honestidad del norteamericano medio que tanto asombra a los latinos; en su base hay una policía y una ley que no se anda con chicas y hace poco rentable el escamoteo habitual del latino “vivo” que se cree llegado al país de los giles.

Esperar que se produzca esa simple comprensión, la de que el orden social, siendo siempre frágil, sólo subsiste sobre la base de la conveniencia y de la sanción, sobrepasa los poderes analíticos de una generación que se enreda y emborracha con elucubraciones que les quedan grandes y creen modernas aunque son, sin embargo, muchas de ellas, tan antiguas y tan muertas como los autores del siglo de las luces que las perpetraron.



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