El visitante

por En la mira Ernesto Ottone

En 1993 se estrenó una película francesa que tuvo un gran éxito de taquilla no sólo en Francia, sino curiosamente en los Estados Unidos. Tuvo por título Los Visitantes y fue dirigida por Jean Marie Poirier, más conocido como actor que como director de cine. Actuaron en ella Jean Reno, Christian Clavier y Valérie Lemercier. El primero conocido como un “duro” del cine a nivel internacional; los otros, comediantes exitosos en Francia.

La película cuenta la historia de un conde medieval: Godefroy de Montmirail, y su sirviente, Jacquouille, quienes a causa de una poción mágica mal preparada son transportados desde el siglo XII al siglo XX, donde como es natural se encuentran ante un mundo indescifrable. Conocen allí a sus descendientes, con los cuales se relacionan a base de grandes confusiones y malentendidos, producto de un abismo cultural.

La película no pasará a la historia del cine, salvo por su éxito comercial, pero es divertida y varios de sus gags son desopilantes.

Los visitantes se comportan de manera absurda, sus pensamientos y lenguaje son anacrónicos y su accionar, muchas veces violento. El conde es arrogante y el sirviente es un pícaro. Aun así, resultan simpáticos y hasta enternecedores.

Recordé esta película viendo la entrevista que le hizo el periodista Juan Manuel Astorga a José Piñera en Televisión Nacional.

En un determinado momento de esa conversación imposible que el periodista trataba de entablar con dignidad profesional me pareció que Piñera era de alguna manera un visitante.

Aun cuando no provenía del siglo XII, su relación con la realidad del Chile actual resultaba muy tenue, sus códigos de comportamiento parecían muy lejanos en el tiempo.

Su manera de hablar con el periodista estaba marcada por una irritada condescendencia, lo trataba por el nombre, no en un acto de empatía, sino para establecer las debidas distancias de rango. De manera persistente recalcaba sus viajes al extranjero, donde diversos países reclamaban su presencia luminosa para escuchar su buena nueva, cuestión que adquiría una dimensión patriótica que sus connacionales tristemente ignoran.

Se sobresaltó indignado cuando Astorga, con plebeya insolencia, le dijo Pinochet a Pinochet, sin entender que en democracia resulta difícil exigir una particular deferencia hacia un dictador.

Consideraba las opiniones diferentes a las suyas como fruto del desconocimiento de la verdad que él poseía, su máxima concesión fue la de admitir con ironía la perfectibilidad de su obra.

Todo su comportamiento pertenecía al “Ancien Régime”, el de la dictadura, en el cual quienes representaban el poder encarnaban la única verdad. El resto de los ciudadanos, si pensaban de otra manera, vivían en las tinieblas del error y había que conducirlos con mano de hierro hacia la verdad verdadera.

Con una mueca sonriente de ira contenida reclamaba privilegios editoriales, de la misma manera que nuestro buen conde en la película reclamaba sus derechos de nobleza, claro que éste lo hacía con un espíritu caballeroso del cual nuestro visitante local carecía por completo.

El comportamiento de nuestro visitante no alcanzaba a tener el espíritu tolerante que ya en la Alta Edad Media exigía a los señores Erasmo de Rotterdam en su famoso De civilitate morum puerilium, que por ese entonces se extendió por toda Europa como canon de comportamiento cívico. Difícil entonces pensar que un comportamiento tan jactancioso tuviera como sello una expresión de amistad cívica.

Me he detenido más en la forma no sólo porque fue de lejos lo más interesante que sucedió en el set televisivo, sino porque el contenido fue a fin de cuentas bastante pobre. Las esperadas propuestas que señaló después en otra sede resultaron obviedades mínimas para corregir el actual sistema de pensiones.

No era indispensable para ello tanto alboroto.

Es verdad que Chile ha tenido grandes avances en el último cuarto de siglo. El más importante de todos, el más preciado y el más decisivo es la vida en democracia, de este logro el visitante es completamente inocente.

Junto a la democracia están los avances en el desarrollo económico, acompañado por logros graduales, pero profundos, en materia de justicia social.

Los avances económicos y sociales el visitante se los atribuye a un “modelo” que la dictadura dejó instalado de una vez y para siempre de manera atemporal e impoluta.

Sin embargo, la vida no es así, pues tal modelo en estos 25 años ha tenido un gran número de cambios a través de reformas en su mayoría exitosas, generando una realidad distinta que combina políticas públicas fuertes y extendidas junto al impulso económico de los privados. Resulta entonces una verdadera superchería atribuir los éxitos obtenidos al llamado “modelo”.

Por supuesto, quedan muchas cosas por hacer para alcanzar el umbral del desarrollo con mayores niveles de igualdad social, pero ello no tiene que ver con un modelo virginalmente momificado o abruptamente destruido, sino con un desarrollo reformador que potencie un ámbito público con mayor capacidad estratégica, un ámbito privado con creciente eficiencia, competitivo y regulado y con una sociedad cohesionada por el ejercicio cada vez más activo de la ciudadanía.

Parafraseando al otro, la realidad es siempre más verde que el gris de los modelos. Sólo las cabezas fideísticas y rígidas que abundan en la extrema derecha y en la extrema izquierda se solazan con sus alucinaciones modélicas y antimodélicas que los exime de enfrentarse a la complejidad de lo real.

Es verdad que el sistema de ahorro individual no es enteramente negativo, muchos de sus problemas en Chile nacen antes del sistema en la estructura salarial y sus grandes asimetrías.

Es real también que ha tenido algunos efectos económicos positivos, pero ello no justifica la mantención de sus graves defectos que apuntan a su objetivo principal, el de generar pensiones dignas. Eso no lo ha logrado, y sin correcciones de fondo no lo logrará.

No se trata de volver al viejo sistema de reparto chileno que era harto malito y desigual, en el cual roncaban quienes podían presionar más con o sin uniforme, tal como sucede hoy en las instituciones que lo han mantenido.

Sólo quienes están mal informados piensan que los sistemas clásicos de reparto, los de Europa, gozan de buena salud y no atraviesan dificultades. En todos esos países hay un debate abierto producto de la deuda acumulada y de los déficits provocados por la inversión de la pirámide demográfica y el alargamiento de la vida.

Todo parece indicar que lo más sabio es caminar sólidamente en continuar transformando el sistema actual a partir de lo que ya se ha hecho y dirigirse hacia un sistema mixto centrándose en la mejoría de las pensiones de manera sostenida.

Ello requerirá de muchos recursos, de un aporte solidario estatal robusto, de que los trabajadores tengan los salarios suficientes para una contribución permanente al ahorro durante su vida laboral y los empleadores hagan una contribución mayor.

Es así como se podrá construir un mejor sistema de pensiones y no en torno a un debate ideologizado en relación a la construcción y deconstrucción de modelos contrapuestos.

En este sentido, la propuesta entregada por la Presidenta Bachelet camina en la buena dirección y ojalá todos los actores económicos, sociales y políticos tengan la grandeza de trabajar por un gran acuerdo en torno a los principios enunciados.

Creo que a nuestro visitante este camino no le agradará, pues sale de su pureza doctrinaria y quizás se encierre en un ofendido silencio.

Soportaremos estoicamente su sosiego.



SUPLEMENTOS Y REVISTAS

Reportajes

Página 7
ltrep


    LaTercera.com
    SÍGUENOS TAMBIEN EN:
    ACTUALIZA TU EXPLORADOR: