La hora de la verdad

por El revés de la trama Héctor Soto

Aunque la Presidenta Bachelet recuperó protagonismo esta semana con su discurso del martes sobre las modificaciones al sistema de pensiones, donde al menos estrenó un tono muy distinto al que utilizó al anunciar otras reformas, la verdad es que no es en su cancha donde en estos momentos se está jugando el partido de fondo del oficialismo. La discusión que verdaderamente importa se está produciendo al interior de la Nueva Mayoría, porque finalmente el bloque, como era previsible que ocurriera, tendrá en la hora de la verdad que enfrentarse a dos decisiones que son perentorias y duras. La primera es si va a tener el coraje de asumir el fracaso de su proyecto político. La segunda es si va a tener el estómago de perseverar en esta coalición en los mismos términos que hasta ahora.

Para la Nueva Mayoría, una coartada fácil, si de sacarse los balazos se trata, es echarle la culpa de todo lo que salió mal al gobierno, asumiendo que las ideas del programa eran buenas y que lo que falló fueron los desaguisados, las chapucerías y las improvisaciones de la implementación. El planteamiento tiene alguna verosimilitud atendido el nivel del gabinete que encabezaron originalmente Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas. El primero fue el ministro que iba a ser el delfín y que dijo que no hubo precampaña; el segundo, el que aseguró que la reforma tributaria no iba a afectar el nivel de la inversión en Chile. Es cierto: las cosas se podrían haber hecho con menos altanería y sin tanto desprecio a las variables técnicas envueltas en las políticas públicas. La pregunta es si con esos resguardos el resultado habría sido muy distinto.

La duda es pertinente, porque día a día el subterfugio de la mala implementación convence poco. Parece que las ideas eran las malas y que no había manera de llevarlas a cabo en espacios mínimos de eficiencia y sensatez, entre otras cosas porque estaban dictadas por ideologismos y prejuicios y por la compulsión -ciertamente adolescente- de que el país debía volver a fojas cero, en cumplimiento del mito refundacional en boga. Por cierto, tener ideología, principios y valores inspiradores es mucho antes una fortaleza que una debilidad para la acción política. Pero el virus del ideologismo es otra cosa y designa la especial ceguera de quienes lo contraen para no ver la realidad tal cual es -por ejemplo, que Chile había progresado un montón en las últimas dos décadas- y para andar anteponiendo los medios a los fines. Estas rigideces fueron fatales. La Nueva Mayoría, que vino a hacer de Chile una sociedad más equitativa y con mayores niveles de inclusión y bienestar, se está topando hoy con un país que está más deprimido, más segmentado, más inseguro y más desconfiado.

Así las cosas, no es raro que hayan comenzado a aparecer ahora los dirigentes políticos que reconocen que a lo mejor no leyeron muy bien el programa. Los que se quejan de que el PC haya tenido mayor gravitación de la que le correspondía, como si no fuera la propia Presidenta quien se la entregó. Los que piensan que esto no era lo que esperaban. Los que invitan a reivindicar con cierto orgullo lo que la centroizquierda hizo en cuatro gobiernos sucesivos. Y los que se dan cuenta, en fin, de que con el 19% de aprobación de la Presidenta, no hay posibilidad alguna de seguir proyectando esta experiencia.

En realidad, el tema político central en estos momentos, mucho más que establecer si la Nueva Mayoría se va a desarmar o no, es de gobernabilidad. Es un tema que remite a la capacidad que tengan las fuerzas políticas de volver a sintonizar con las grandes prioridades ciudadanas. La brecha que hoy existe entre el país político y el país real se hizo demasiado grande y, sea quien sea que suceda al actual gobierno, el primer desafío tendrá que ser acortarla. En esto el horizonte está completamente abierto y no habría por qué descartar que el oficialismo -tras una instancia inevitable de autocrítica, y desde luego que con otro programa, otros énfasis y otros liderazgos - pueda volver a recomponerse. Está claro, eso sí, que mientras más se demore en hacerlo, mayor será el vacío de poder y más posibilidades tendrá Sebastián Piñera de volver al gobierno.

Las cosas no salieron en esta administración como se esperaban. La ciudadanía el año 2013 apostó el todo por el todo al quién -a la persona de la candidata, a su carisma, a la confianza que ella inspiraba- y subestimó por completo el qué, el qué quería ella hacer, el contenido de su programa de gobierno, el rumbo que pensaba imprimirle al país. Posiblemente en esta inadvertencia estuvo el error. Pero como de los errores no siempre se aprende, esta experiencia no garantiza que la sociedad chilena se haya vuelto más madura y el próximo año se pregunte primero adónde quiere ir y -luego de tener eso más o menos claro- escoja después a quién podría estar mejor preparado para conducirla hasta allá.

No obstante que somos un país bien pendular, que salta con facilidad de la euforia a la depresión, que le encanta pasar del blanco al negro y que alterna con regularidad períodos en que se recoge con otros en que se desparrama, la historia dice que han sido varias las veces que hemos chocado con la misma piedra.



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