Por el desempate

por Jorge Navarrete, abogado

A DOS meses de haber dejado el gobierno, Jorge Burgos reaparece en el debate público con duras declaraciones sobre la coalición oficialista, su actual desempeño y probable futuro. Más allá de la formas, nadie podría verse genuinamente sorprendido por sus palabras, las que representan el sentir de lo que provisoriamente podríamos llamar la disidencia de la Nueva Mayoría. En efecto, esta vez sólo se presentaron de forma más sistemática y comprensiva las continuas quejas, incomodidades y diferencias al interior de dicho pacto.

Lo que hizo Burgos fue visibilizar un viejo conflicto, tan antiguo como la Concertación misma, el que en algún momento se motejó como la disputa entre autocomplacientes y autoflagelantes. Más allá de las militancias partidarias, existió siempre una transversal tensión respecto de la forma de gobernar, el rol del Estado y sus posibilidades, como la relación de éste con el mercado y la sociedad civil; lo que determinaba la función y alcance de las políticas públicas, tanto en su profundidad como velocidad.

El cambio de eje en la discusión nacional que comenzó a evidenciarse durante el primer gobierno de Bachelet y que tuvo su expresión más visible en la administración de Piñera, trajo consigo una dura polémica en torno a las bondades de nuestro modelo de desarrollo, lo que fue acompañado con un juicio muy crítico sobre las primeras dos décadas de gobiernos democráticos, lo que se siguió de un discurso que reivindicaba la necesidad de reformas más profundas, a resultas de un nuevo diagnóstico sobre Chile y su progreso. Fue en ese contexto, donde los autoflagelantes se cobraban una histórica revancha, ya que -desde su perspectiva- la historia no sólo les daba la razón, sino que, además, se abría una valiosa oportunidad, bajo la segunda candidatura de Bachelet, de inaugurar un cambio de ciclo.

Pero ahora, con una histórica desaprobación del gobierno y cuando existen serias dudas sobre su sucesión, es que aquella disputa retoma vigor en el debate público, pues los que ayer fueron protagonistas de la Concertación, pero que también después se transformaron en la minoría de La Nueva Mayoría, intentan ahora equilibrar la balanza y redefinir los términos ideológicos y tácticos del futuro de la centro izquierda.

En ese escenario, y contrario a lo que mucho se dice y percibe, el Partido Comunista es un símbolo, o una excusa dicen algunos, para plantear un debate más profundo. El ingreso del PC a la coalición no es la causa de su izquierdización sino la consecuencia de ésta; por lo que centrar en ellos la polémica, como suponiendo que su exclusión del pacto resolvería las tensiones que atraviesan la discusión, es tan errado como ingenuo.

Entonces, si de verdad algunos sostienen que la Nueva Mayoría pasa por un delicado momento de salud, poco se resuelve apuntando sólo a los síntomas. Lo que aquí se debate es mucho más vital que la distancia que Burgos y otros mantienen con Teillier, la que, por lo demás, es similar a la que exhiben con Quintana, Navarro o Girardi.



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