El pago de Chile: vivir de escribir

literatura ¿Hay algún autor que se haga un sueldo con la venta de sus libros? Le preguntamos a varios escritores, quienes además de crear realizan múltiples labores. Habla Rivera Letelier, Fuguet, Simonetti, Baradit, Gumucio, entre otros.

por Por Javier García

Su primer contrato lo firmó en una servilleta. Alberto Fuguet era un veinteañero e inauguraba su narrativa con el libro de cuentos Sobredosis (1990), que se agotó en pocas semanas, pero que no encantó a la crítica. Luego vinieron novelas como Mala onda, Missing y Sudor y Fuguet se fue transformando en uno de los mejores autores latinoamericanos de la actualidad.

¿Pero es un escritor que vive con la venta de sus libros? Es la pregunta que le planteamos a varios autores nacionales. “Yo no vivo de la venta de los libros sino, creo, del nombre asociado a esos libros. Hago clases en la UDP, escribo columnas en Qué Pasa, estoy en un programa de radio en la Duna. Además, están los derechos de autor, pero también hay charlas e invitaciones”, dice Fuguet, de 52 años. “Pedirle a un libro que te alimente es un exceso. Si uno te da dinero, eres afortunado”, agrega el también cineasta.

En mayo pasado publicó La muerte tiene olor a pachulí, y desde entonces no se ha retirado del ránking de los libros más vendidos. Hernán Rivera Letelier, desde hace una década, publica en promedio una novela al año. Cada una vende cerca de 10 mil ejemplares.

“Yo vivo de mis libros y estoy traducido a 21 idiomas”, dice Rivera Letelier, pero de inmediato añade: “Claro que recorro Chile, de Arica a Punta Arenas. En colegios municipales doy charlas gratuitas y les cobro a los colegios privados, universidades y empresas. Hablo, por ejemplo, de mi testimonio, del desierto en mis novelas. Acabo de estar en Tocopilla y en un colegio de Antofagasta, donde les hablé de La contadora de películas”. La agenda de Rivera Letelier sigue. Su próxima charla es en Osorno, luego Santiago y después Iquique. El narrador es representado por la agencia de Guillermo Schavelzon.

Una presentación puede costar entre $ 150 mil y $ 500 mil. Dependiendo del escritor. Son los valores que se manejan hoy por charla o asistir, por ejemplo, a una feria del libro en Santiago o regiones.

“Hago un taller literario patrocinado por la U. Finis Terrae que me paga honorarios. Está mi propio taller. Además, doy charlas a colegios, universidades, bibliotecas, ferias y centros comunitarios”, dice Pablo Simonetti, quien acaba de estar en Aysén y Punta Arenas. Su próximo viaje es a la Isla de Pascua. “Hago mi mini taller o hablo de mis motivaciones al escribir, también sobre literatura e identidad”, agrega Simonetti.

“Es terrible que el trabajo literario sea de las pocas prácticas que no sostienen a sus trabajadores”, piensa la narradora Diamela Eltit. “A nivel personal mi economía ha descansado en mi trabajo como profesora secundaria y universitaria y, entre esas jornadas (nunca he dejado de trabajar) he escrito los libros que se han publicado. Más allá de esta limitación, en mi caso, no podía ser de otra manera, la literatura nunca estuvo ligada al dinero, y, a pesar de todo ha sido muy liberador para mí pues me ha permitido mantener una zona gratuita de constante ‘amor al arte’”, subraya.

En la década del 50, el poeta Pablo de Rokha recorría el territorio nacional vendiendo los libros de su autoría. Grandes ejemplares que a veces, cuando no había dinero, eran cambiados por patas de chancho o queso de cabeza.

Lejos estaba el mundo editorial, la profesionalización del escritor, que ahora recién asoma en Chile, y los contratos y anticipos, que pueden ir desde los $ 2 millones hasta los $ 25 millones por un nuevo libro. Luego, está la venta de los títulos: habitualmente los escritores reciben el 10% del precio de cada libro como concepto de derecho de autor.

En este grupo entran escritores como Carla Guelfenbein, Antonio Skármeta, Jorge Edwards, Simonetti, Rivera Letelier, Fuguet, Rafael Gumucio, Jorge Baradit, Jaime Collyer, Francisco Ortega, Carlos Franz, entre otros. Para algunos editores, Isabel Allende, en este ámbito, es considerada una narradora internacional. Un contrato de un nuevo libro para Latinoamérica puede superar los $ 100 millones.

El mundo de las regalías y adelantos está más lejos para un poeta. Dicen que la tarifa de Nicanor Parra por evento, feria del libro o charla, nunca bajó de $ 2 millones. Desde hace unos seis años, los derechos del autor de Poemas y antipoemas son representados por la Agencia Literaria Carmen Balcells.

“Mi profesión es diseñador y desde que salí de mi casa he trabajado. Se hace duro tener jornada de 10 horas diarias y luego continuarla como escritor. Este año pude reducir a la mitad mi jornada en diseño para preocuparme de mejor manera de mi Baradit escritor”, cuenta Jorge Baradit, autor de títulos de ciencia ficción, pero que desde el 2014 entre los dos volúmenes de Historia secreta de Chile ha vendido más de 100 mil copias.

“Yo trabajo en la radio, escribo columnas, hago clases, doy charlas, escribo reportajes, hacía asesorías, escribía discursos para políticos, informes de contingencias, escribía guiones”, dice Rafael Gumucio. “A veces algún adelanto, algún saldo positivo. Por lo que sé la formula de los otros escritores es más o menos la misma”, agrega el autor de Milagro en Haití.

“No soy una escritora profesional, no vivo de mi escritura. Debo trabajar en otras cosas y ahorrar para organizar períodos sabáticos en los que me pueda concentrar más y mejor en mis proyectos literarios”, señala Nona Fernández, autora de Mapocho (Planeta, 2002) y Chilean Electric (Alquimia, 2015).

Las realidades difieren en el universo de quienes narran historias. “Me gané la vida por muchísimos años escribiendo teleseries, lo que me dio una base económica ahora que me jubilé con una miseria de no más de 100 lucas en el Chile de Sebastián Piñera”, cuenta Jorge Marchant Lazcano (Sangre como la mía), quien vive la mitad del año en EEUU.



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