Los bahá'í en Chile

Son una de las religiones más jóvenes del mundo pero tienen más de siete millones de seguidores. Eligieron a Chile para levantar su único templo en Sudamérica, ubicado en la precordillera de Peñalolén. Estos son los bahá?ís chilenos, sus creencias, sus costumbres y su impresionante lugar de reunión.

por Mónica Stipicic H.

Cualquiera que haya pasado por ahí la ha visto. Una enorme construcción, algo así como un tulipán gigante entre los cerros en el límite de las comunas de La Reina y Peñalolén,en las 80 hectáreas que pertenecían al Old Boys, el grupo de ex alumnos del colegio Grange y que costaron cerca de cinco mil millones de pesos. Un edificio con capacidad para 600 personas sentadas, de 1.200 metros cuadrados y 30 metros de altura es, inevitablemente, un foco de atención y capturó incluso la del Huffington Post que el año pasado publicó una nota sobre “el impresionante templo baha’i” que se está construyendo en Chile.

El lugar que será el centro de reunión de los seguidores de la fe Bahá’í costará cerca de 30 millones de dólares y como él, sólo existen ocho en el mundo (en Uganda, Australia, Alemania, Panamá, Samoa e India), uno en cada continente. El de Chile será el único en Sudamérica.

Cuando uno pregunta quiénes y cómo son los bahá’í, no hay muchas respuestas. En qué creen, cuáles son sus ceremonias y cómo lucen son dudas más que razonables entre quienes observan la estructura de vidrio y metal.

No hay nada que distinga a un bahá’í. No se ven ni se visten diferentes. No andan por la calle evangelizando ni realizan ceremonias vistosas. Algunos de sus miembros lucen un anillo especial, nada más que llame la atención. No existe un clero que los guíe y nada parecido a una misa. Sí realizan algunas actividades de difusión, en Peñalolén, por ejemplo, hay un grupo que se junta a conversar. Y ponen en práctica lo que ellos llaman “programa de empoderamiento espiritual”, reuniéndose con vecinos y visitando colegios del sector. Esas actividades también incluyen encuentros con representantes políticos, porque aunque no participan en partidos, quieren tener buenas relaciones con las autoridades. Es así como han visitado las obras del templo la alcaldesa de la comuna, Carolina Leitao, el intendente Claudio Orrego, el senador Francisco Chahuán e incluso la ministra de Justicia de Samoa o el ministro de la Felicidad de Bután.

No se publicitan. Sus seguidores, siete millones en el mundo y alrededor de seis mil personas en Chile, en general llegan a través de amigos o conocidos, por algo que leyeron o tras asistir a alguna conferencia. Y otros tocan la puerta de la sede ubicada en Ñuñoa pidiendo información.

En Chile, el único que ha estudiado esta religión es el historiador Juan Guillermo Prado, quien el 2001 publicó el libro Historia de la Fe Bahá’í en Chile y que nos entrega alguna luces. “Se trata de una religión relativamente nueva, que tiene unos 150 años, pero se ha extendido muy rápido por el mundo y eso se debe a que son muy abiertos, nada de sectarios, invitan a sus reuniones a quienes quieran ir y, aunque tienen una ética bastante estricta, tienen un concepto de igualdad muy transversal, en que no hace diferencia entre razas ni géneros. Mujeres y hombres son iguales para ellos. En el censo del 2012 aparecieron mencionados por primera vez, e incluso existe un proyecto de ley en el Congreso para que reconozcan sus días feriados”, explica.

Profetas y perseguidos

La fe bahá’í surge en Irán a mediados del siglo XIX y se ha difundido a través de creyentes que dejan su hogar y se establecen en otros lugares para hacer crecer su causa.

Tienen su base en el islam, pero han sido históricamente perseguidos en su lugar de origen, porque se les considera una herejía al shiísmo. Se les ha acusado de ser una secta. Tienen un profeta, doctrinas, postulados y hasta un calendario distinto al musulmán, que se inició el 23 de mayo de 1844, es de tipo solar y en el que cada año tiene 19 meses de 19 días más cuatro días intercalares, que son cinco en los bisiestos.

Su profeta y referente es Bahá’ulláh, “la gloria de Dios”, quien nació en Persia en 1817 con el nombre de Mirzá Husayn Alí. Murió 40 años después de todo tipo de sufrimientos, encarcelamientos y destierros. En la dirección de la fe lo reemplazó su hijo mayor Abdu’l-Bahá, quien delineó los 12 principios básicos, entre los cuales están la unidad del género humano, la armonía entre la ciencia y la religión, la unión de todos los credos, la eliminación de los prejuicios y la educación universal obligatoria. Sus creencias se resumen en el lema “unidad en la diversidad”.

La historia Bahá’í en Chile data de 1916, cuando Abdu’l-Bahá envió cartas a los creyentes en Estados Unidos y Canadá, pidiendo la propagación de las enseñanzas. Martha L. Root fue una de las que emprendió la tarea. Partió en Bahía, Brasil, siguió en Montevideo y llegó a Buenos Aires. Cruzó la cordillera en mula, llegó a Valparaíso y se embarcó rumbo a Panamá recalando en Coquimbo, Antofagasta, Iquique y Arica. En todos esos lugares hizo difusión a través de amigos que la ayudaron a publicar artículos en los diarios locales. Luego vinieron otros. Casi todos desde Norteamérica, casi todos mujeres.

El 21 de abril de 1943 se eligió la primera asamblea espiritual local de los bahá’ís en Santiago con nueve integrantes. Siempre son nueve. Y siempre se eligen democráticamente. Desde el 20 de diciembre de 1949 poseen personalidad jurídica.

Un Dios único

Los bahá’ís creen en Dios. En uno solo como católicos, judíos o musulmanes. Para ellos la misma deidad cruza todas las religiones y la diferencia está en la forma en que los hombres se aproximan a ella.

“Compartimos el ideal de reconocer a la humanidad como una sola gran familia, que está entrando en una nueva etapa de su desarrollo, en que toda nuestra capacidad está alcanzando su pleno potencial, lo que implica una etapa de reflexión y reconocimiento”, explica Tiago Masrour, un portugués/francés que vive en Chile hace 20 años y que hoy es el director de asuntos externos de la comunidad en Chile. “Bahá’ulláh nos indica que la época de las barreras por raza, género o religión han quedado atrás y que hay que superar prejuicios y trabajar por el bien común”, añade.

En lo concreto, no hay ceremonias de iniciación; un bahá’í comienza a serlo desde el momento en que se reconoce como tal, no tienen símbolos ni adoran figuras, no existe nada parecido a un sacerdote ni fechas específicas para reunirse. Lo que sí, su profeta dejó instrucciones respecto de la oración, que debe hacerse en la mañana y al atardecer y estableció períodos de ayuno. Además, la fe no es heredable a los hijos y son ellos los que, después de los 15 años, deben elegir seguirla o no.

Los bahá’í no beben alcohol ni consumen drogas porque “nublan el espíritu”, pero todo es pura autorregulación. “Tenemos una organización única, que a nivel mundial tiene su sede en la Casa Universal de Justicia, en Israel, y que es dirigida por nueve personas de distintos orígenes. De ahí hacia abajo, todas las sedes se organizan de la misma manera y sus miembros son elegidos por un año, pero no hay candidaturas ni campañas, todos los mayores de 21 años son electores y elegibles, y las nueve primeras mayorías asumen como continuadores del trabajo que ya existe”, explica César González, un estudiante de Derecho de la Universidad de Chile que desde los 16 años abraza la fe Bahá’í, a la que llegó invitado por otros fieles.

El templo y la flor

La decisión de levantar el templo sudamericano en Chile se tomó en la década de 1940 ante la buena recepción que los pioneros tuvieron aquí. Pero recién en 2001 emanó la orden definitiva y comenzó el proceso que debiera culminar a mediados del 2016.

En 2002 se realizó una licitación para el diseño que ganó la oficina canadiense Hariri Pontarini Architects. Elegir el terreno fue otro tema. La primera opción fue en Linderos, pero a los arquitectos no les gustó. Después pasaron a Colina, pero estaba demasiado lejos. El Ministerio de Vivienda les ofreció cederles 700 hectáreas en el Parque Metropolitano. Consideró que la obra podía valorizar un área poco explotada del cerro San Cristóbal y transformarse en un hito arquitectónico y de encuentro, pero hubo varios problemas: “Teníamos algunas limitaciones técnicas, por la construcción en altura. Además empezó a haber conflictos en materia política porque muchos cuestionaron la entrega de estas tierras. La idea detrás de esta obra es muy lejana a eso y retiramos el proyecto. Así fue como llegamos a estos terrenos en Peñalolén, que compramos el 2008”, relata Tiago Masrour.

El aterrizaje en esa comunidad tampoco fue fácil. Ubicados en la parte más alta del condominio Arboretum -que ellos llaman “urbanización” para evitar malos entendidos-, hubo vecinos que se opusieron porque temían que el tráfico en la única calle de acceso aumentara dramáticamente, cuestión que se resolvió cuando los administradores del templo se comprometieron a construir una nueva. Hoy las relaciones son más cordiales. “Muchos peñalolinos sienten que de alguna manera el templo les pertenece”, agrega Masrour.

La obra es una estructura metálica con nueve alas -que asemejan a un tulipán-, porque nueve es un número muy significativo para los bahá’i, ya que es el más grande de los números únicos. Está revestido con paneles de mármol en el interior y vidrio fundido en el exterior, distintas piezas que van formando un verdadero puzle que los trabajadores deben encajar cuidadosamente una a una.

Además del templo, habrá un parque de ocho hectáreas a cargo del paisajista Juan Grimm, quien explica que aunque no es bahá’i le sedujo el proyecto de construir el jardín del último templo de esta religión y, al mismo tiempo, un parque público: “Nunca había podido hacer un jardín abierto a la comunidad, sobre todo uno en que existiera inversión y preocupación por los detalles”, explica.

¿Y cómo se financia? Los fondos provienen de donaciones de bahá’ís alrededor del mundo. Según Juan Guillermo Prado, existen personas connotadas que siguen esta fe, dispuestas a dar plata para que crezca. Entre ellas hoy están actrices como Eva La Rue, protagonista de CSI Miami, hasta Zhang Xin, dueña de Soho China, la mayor inmobiliaria de ese país, y número 62 en la lista de las más poderosas del mundo según Forbes.

“Una parte de los trabajadores son voluntarios”, explica Eduardo Rioseco, el administrador del templo, “lo que puede ser más complejo en lo operativo, pero representa el espíritu bahá’í”.

Una vez abierto, además de algunas sesiones de rezo grupales, la idea es que este sea un espacio abierto a la comunidad, un lugar donde todos puedan entrar, reflexionar o meditar. Por lo mismo, y tal como lo afirma Rioseco, “la razón por la cual este espacio está aquí, en Chile, y en este lugar, aún está por verse”.



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