Correr y tomar

“Promover la salud corporal, deshacerse de la resaca del fin de semana, juntar sed y pasarla con cerveza y persuadir a los miembros más viejos de que no lo son tanto”. Esos son los mandamientos del hashing, actividad surgida en Malasia y cuyos miembros se definen como “un grupo de bebedores que tiene problemas con el deporte”. Una mezcla de running y reunión social que ya está en Chile.

por Fabiola Torres

CADA DOS semanas un grupo de extranjeros se pone ropa deportiva y sale a correr por las calles de Santiago. Pueden ser desde 15 a 60 personas, todas mayores de 18, de países como Estados Unidos, Bélgica, Australia o España, aunque de vez en cuando también aparece algún chileno. Parece ser un grupo más de aficionados al running que se preparan para una exigente maratón, pero para ellos ponerse zapatillas y pantalones cortos no es más que una excusa para lo que realmente importa: correr, socializar y beber, en una práctica que es parte de una tradición que se llama hashing y cuyos orígenes se remontan a los años en que Malasia estaba bajo el control del imperio británico.

“La idea es darles una comunidad a los extranjeros que llegan al país, ya sea que conozcan o no esta práctica. Que se relacionen con gente que haga su estadía más amena y menos solitaria, apoyarlos mientras están lejos de casa y ser un espacio donde dan rienda suelta a su lado más lúdico, sin juicios o complicaciones”, dice uno de los organizadores que se identifica como Juan, porque los apellidos no se usan durante la salidas que realiza el grupo Santiago Hash House Harriers (www.santiagohashhouseharriers.blogspot.com).

Los Hashs comenzaron a surgir en 1938 en la capital de Malasia, Kuala Lumpur, cuando los expatriados y los trabajadores del Estado británico que frecuentaban el restaurante y bar Selangor Club Chambers, al que llamaban “Hash House” por lo reducido y económico del menú, acordaron empezar a salir a correr los lunes para botar los excesos del fin de semana. A partir de eso organizaron una especie de gincana, que pese a las buenas intenciones rápidamente se transformó en una nueva buena excusa para juntarse a tomar una vez a la semana o al mes.

Así los objetivos de la actividad, tal como quedaron consignados en un acta de 1950, incluían “promover la salud corporal, deshacerse de la resaca del fin de semana, juntar sed y pasarla con cerveza, y persuadir a los miembros más viejos de que no lo son tanto”. Al poco tiempo de aparecer, la burocracia británica les exigió a los participantes estatutos y un nombre, así que a Hash House se sumó Harriers, en alusión a un perro de caza muy popular en la época y al formato de “cacería” que tiene cada reunión en el que la “manada” persigue a uno de sus miembros que asume el rol de la “liebre.

De esta forma nace el nombre Hash House Harriers, que se abrevia HHH o H3, que hoy es un club internacional, sin jerarquías ni institucionalidad, que reúne a todos los que participan de esta actividad que no es una competencia ni tiene reglas demasiado específicas y que a partir de los años 60 se ha ido expandiendo por el mundo. Además de las corridas normales también existen variantes especiales como la Red Dress Run, en la que hombres y mujeres usan vestidos rojos para correr y reunir dinero para obras de caridad. El evento empezó a realizarse en 1987 en California y desde entonces se ha extendido a ciudades como Beijing (China), Moscú (Rusia) y Tokio (Japón), donde se han reunido decenas de millones de dólares.

Actualmente se habla de que existen unas 2.000 agrupaciones de hashers que llegan incluso a la Antártica. Para no ser menos, en la capital chilena está la asociación Santiago Hash House Harriers, la cual funciona desde aproximadamente unos cuatro años.

Quizás es efecto de la resaca colectiva, pero nadie sabe muy bien cómo surgió esta práctica en Chile ni quién la trajo. Pero en concreto, el 2 de agosto la versión santiaguina celebró el encuentro número 154, bautizado como “Hash Peter O’Toole”, en honor al famoso actor y protagonista de Lawrence de Arabia que nació en esa fecha en 1932.

Si bien es una organización descentralizada, no tiene nada de improvisada y cada club tiene miembros que cumplen funciones específicas. Juan, por ejemplo, oficia de Gran Master, y se encarga de que las reuniones y el club funcionen bien. También hay un Religious Adviser que no predica ni confiesa, sino que les da la bienvenida a los nuevos integrantes y se asegura que todos conozcan y sigan los mandatos del Hash.

A eso se suma, entre otros, el Songmeister, que reparte una hoja con las letras de las canciones del grupo, y guía e incentiva que las canten. Pero sin lugar a dudas el hasher más importante en este caso es Raúl, el Brewmeister oficial de Santiago y, por lo tanto, el encargado de llevar las cervezas que se beberán durante la tarde.

En esta ocasión el lugar de reunión, partida y llegada fue la azotea del edificio donde vive Armando, un español que en este caso cumplía el rol de anfitrión de los corredores. Otras veces se congregan en Las Condes y luego se mueven por el Parque Bicentenario. En la casa de Armando nos enteramos de que dos de los miembros más antiguos del Santiago Hash House Harriers diseñaron un par de rutas a través de la ciudad y que en la versión “Peter O’Toole” van por el Barrio Yungay y sus alrededores.

Hay una de siete kilómetros para corredores (runners) y otra de seis para los que prefieren ir caminando (walkers), a los que los primeros les hacen algo de bullying, casi siempre en inglés, con una serie de chistes de doble sentido, los que son comunes y la causa de que los intentos de convertir esta actividad en un pasatiempo familiar no hayan prosperado y que los niños chicos sean excluidos de participar.

El desarrollo del Hash no sería posible si no contaran con otra tipología específica: las hares (liebres), quienes han marcado con anterioridad la ruta con tiza y harina, creando cruces y señales falsas que contribuyen a la conversación y compañerismo entre los participantes. El grupo de 15 personas corre o camina buscando estas señaléticas improvisadas en las calles, cunetas y árboles en una vuelta que termina en el mismo punto desde el que salieron, tras lo cual empieza realmente lo bueno. Además de las liebres, cada Hash necesita de un anfitrión (host), que se encarga de poner la casa, quincho, azotea o patio para la reunión posterior. Es ahora donde extranjeros y chilenos dan rienda suelta a las actividades que habrían de marcar el resto de la jornada: canciones, comida, alcohol y muchas, muchas risas.

Armando participa del Hash como una forma de conocer gente y practicar su inglés. Gracias a él llega otro grupo de españoles al evento, por lo que esta vez se habla más castellano que la lengua de Shakespeare, aunque es una casualidad nada más. Juan explica que en su mayoría las reuniones son en inglés, por lo que un dominio básico del idioma es necesario si no se quiere quedar “colgado” en todo lo que pasa, sobre todo los chistes y bromas.

Daniel, que tiene cerca de sesenta años y es uno de los miembros más antiguos del Hash local, además de actuar como “liebre” en esta ocasión se ocupa también de vender las camisetas y ropas que identifican en todo el mundo a los hashers. Esta indumentaria lleva alguno de los nombres que recibe este club, además de la ciudad en que se realiza y, si ya fue bautizado, el apodo oficial de la persona que viste la prenda.

La dinámica es un cruce entre un grupo scout y la comunidad de turistas de un hostal. Forman un círculo y los organizadores toman la palabra. Se realizan los saludos y anuncios de rigor, se da la bienvenida a los nuevos participantes y comienzan a cantar las canciones del club con conocidas melodías de la música pop. Así nos enteramos de que se deben usar calcetines de color blanco en los encuentros (quien no los lleve debe tomar un vaso de cerveza al seco), los “vírgenes” o nuevos integrantes siempre beben, el vaso se sostiene con la mano izquierda, ya que la derecha se reserva para otra cosa; si se quiere pedir la palabra durante el círculo hay que poner un vaso sobre la cabeza y si son varios los que beben, el último en terminar el vaso debe repetir.

El anfitrión y el resto de los participantes explican que pocas veces los integrantes del Hash usan sus nombres, apellidos o toman demasiadas fotografías. Por el contrario, cuando ya se llevan cinco encuentros en el cuerpo, con todas las resacas que eso implica, se puede optar a un sobrenombre, siempre lo contrario a lo que más se desea, como una forma de reducir los egos y desafiar al ingenio y doble sentido. Las fotografías no son muy populares ya que nadie quiere aparecer etiquetado en Facebook o que su semblante semiborracho dé vueltas por la red, menos si se está de paso por Santiago por motivos laborales o se quiere mantener en privado lo que se hace el fin de semana.

Cae el sol en la ciudad y los más fieles seguidores del lema del club siguen conversando mientras beben cerveza. La próxima cita es un fin de semana largo en la playa y muchos ya lo esperan con ansias. “Esencialmente, el grand master se encarga de no cambiar nada mientras nos adaptamos, como grupo, a cambios de necesidad o situación. Una historia cuenta que uno de los mejores grand master que ha existido fue un perro, ya que sólo se la pasaba ahí, echado”, cuenta entre risas virtuales.



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