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El patrón del mar | Tendencias | La Tercera Edición Impresa

El patrón del mar

Sin saber cocinar, se metió a las ollas y puso a andar un restaurante que en poco tiempo se convirtió en uno de los más exitosos de Santiago. Hoy tiene un imperio gastronómico que atiende a 15 mil clientes al mes y da trabajo a más de 150 personas. Es Marcos Rulli, dueño del Ocean Pacific’s, un verdadero restaurante-museo.

por Gonzalo Argandoña Mc.

Tiene un imperio gastronómico. Su restaurante ícono es sin duda el Ocean Pacific’s de Ricardo Cumming esquina Agustinas, en el barrio Brasil. Allí, a comienzos de los 90 montó en una pequeña casa un local con apenas siete mesas y que, como un virus, se fue expandiendo por la cuadra, incorporando otras propiedades hasta ser lo que es hoy: más de mil m2 con capacidad para 450 personas y más de cuatro mil m2 de instalaciones, entre estacionamientos, bodegas y hasta una planta de procesamiento, donde recibe los pescados y mariscos que sirve a los más de 15 mil clientes que tiene mensualmente. Marcus Rulli (49 años), posee otros restaurantes: El Vikingo, decorado al estilo nórdico y que ofrece sobre todo carnes y comida chilena; el Cara de Palo, que actualmente está en remodelación y su nuevo chiche: el Ocean Pacific’s de Vitacura, en Padre Hurtado Norte. Abierto a comienzos de año en el mismo sitio donde cuatro restaurantes fracasaron, Rulli reconoce con humildad que le está yendo bien mucho antes de lo proyectado. “Pensé que nos demoraríamos uno o dos años en formar una clientela y mantener un nivel de ventas, pero llevamos unos pocos meses y ya pasamos de largo. Estamos en números azules”, dice.

¿Cuál es la razón de su éxito? Probablemente el que sus restaurantes sean temáticos y que tengan, tal vez, una ambientación muy llamativa. Ir al Ocean Pacific’s es más que ir a comer, es vivir una experiencia que tiene que ver con más sentidos. Es casi como visitar un museo: entre todos suman más de cinco mil objetos decorativos de la más diversa índole y que, sólo en el local de Cumming superan los tres mil. Desde la entrada sorprenden los salones repletos de peces de colores colgando del techo o en acuarios, redes, escafandras, cartas náuticas, timones, claraboyas, uniformes y un larguísimo etcétera. Objetos que Marcos Rulli ha comprado en remates, ferias, casas de antigüedades, ha heredado y, por sobre todo, ha recibido de regalo de sus propios clientes, muchos de ellos funcionarios de la Armada, de quienes está muy agradecido. De hecho, está orgulloso de que los almirantes Miguel Ángel Vergara, Rodolfo Codina y Edmundo González (todos comandantes en jefe de la Armada), le hayan regalado sus uniformes y condecoraciones, que hoy son exhibidas en los muros del local de Vitacura.

Se crió con sus abuelos maternos entre numerosos tíos -tuvieron 13 hijos-, siempre en el barrio Brasil. Su madre, soprano lírica, quedó embarazada de un trasandino “buenmozo y canchero” que regresó a Argentina cuando Marcos nació. Pero lejos de acumular resentimiento, siempre mantuvo contacto con él. Alumno destacado del Liceo de Aplicación, de muy niño las matemáticas fueron su fuerte. Al punto que, siendo estudiante de educación media, comenzó a hacerle clases a grupos de alumnas para ganarse sus pesos.

Así conoció a la hermada de una de sus alumnas: Rossana Gómez, la que años más tarde sería su mujer.

En la antigua Prueba de Aptitud Académica (PAA) sacó puntaje nacional en matemáticas y entró becado a Ingeniería Civil en la Universidad Católica. En el verano de 1985 viajó a ver a su papá a Asunción y estando allá supo del feroz terremoto que azotó a nuestro país. Pero además se enteró de que como no había hecho el Servicio Militar, si volvía lo iban a tomar preso. Solucionar el problema le tomó seis meses allá, en los que perdió el crédito y la beca.

Se puso a trabajar con el dueño de la panadería de la esquina. “Don Francisco, que me conocía desde niño, me dijo: ‘no te voy a dar trabajo porque a ti te va a gustar la plata y no vas a seguir estudiando’. Al final me dio trabajo, ahorré bastante, me compré una moto, pero no volví a estudiar”. Estaba por dar nuevamente la PAA cuando su padre lo mandó a buscar para que lo ayudase a abrir un restaurante en las afueras de Buenos Aires. Lo echaron a andar, comenzó a funcionar, pero su papá no le pagaba. “Y para mí que estaba acostumbrado a manejarme con mi plata, eso fue terrible”. La visita de su novia, Rossana, y de sus amigos lo decidieron a volver a Chile.

Aquí se hizo cargo de una shoppería que tenía su hermano con un socio y luego, de la cafetería de la Universidad Uniacc. De ahí, pasó a la concesión de la cafetería del Estadio Israelita. Tenía 21 años y estaba lleno de ganas. “Pasar de 70 puestos a atender a 700 personas, fue una locura pero durante dos años lo hicimos. Ahí aprendí a trabajar en equipo, a saber lo que es el servicio, debíamos tener todo impecable, las copas perfectas, los mozos atentos. Una vez me llamaron de la gerencia para mostrarme una servilleta que tenía una mancha. Hubo que lavarlas todas”.

Sin embargo, quería su propio restaurante y se puso a buscar una casa en Cumming. Cuando dio con una, pasó tres meses convenciendo a la dueña de que se la arrendara. De tener 40 empleados, se quedó con cinco, los que sin embargo se le fueron a las dos semanas porque no pudo pagarles todo el sueldo.

“Yo iba a ser competencia de los restaurantes que había en el barrio, pero con el plus de lo que había aprendido: de ofrecer unas copas grandes, unas servilletas impecables, buenos cubiertos, platos relucientes y gran servicio. Pero abrí y no entraba nadie. Cuando los mozos se fueron le dije a mi mujer: ‘Rossana, tienes que ayudarme, haremos esto juntos. Tú a la cocina y yo atiendo’. Me dijo: ‘No, yo no cocino’. Bueno atiende, entonces. ‘No, es que tampoco voy a atender’... Un día trabajando juntos y ya teníamos problemas serios. Al final, sin saber atender, se dedicó a eso. Y yo, sin saber cocinar, me puse a cocinar. Me enfoqué en elaborar 10 platos distintos y empezaron a entrar los clientes”.

¿En ese tiempo ya estaba la idea de decorarlo como está hoy?

No, para nada. Empecé a adornarlo de a poco. No tenía una red, así que puse una malla de kiwi, no tenía un flotador real, pero hice uno con plumavit y lo pinté de rojo. Mi señora dibujaba monitos y adornos que le dieran un toque marino. Desde el primer minuto quisimos diferenciarnos, que la ambientación con elementos del mar fuese protagonista y que reflejara nuestra carta de pescados y mariscos frescos. Y poco a poco empezaron a llegar los clientes que volvían. Muchos de ellos nos aconsejaban. ‘Preocúpate del baño de mujeres, que esté siempre impecable’. En un momento teníamos siete mesas llenas y cerrábamos la puerta porque la cocina colapsaba. Nos golpeaban la puerta, decían que no importaba, que esperaban. Y soy agradecido de esa gente que nos dio la oportunidad.

Fue un amigo naval el que le dio la idea de poner el techo curvo y no recto, para que imitase el interior de un barco. Y los objetos que hay en el interior -que han sido avaluados en más de 200 millones de pesos- son parte fundamental del ambiente del Ocean Pacific’s. “La gente dice que el lugar es acogedor, que es bonito, la decoración entrega una energía potente. De repente entre cachureos compraba un escotilla y la ponía y venía alguien que sabía cuántos años tenía, o de qué tipo de buque era y me decía, esto es un tesoro, más valor le tomaba”.

El Ocean Pacific’s es como un museo.

Sí, por eso quiero capacitar a mi gente para que sepan un poco de la historia, de los objetos de, por ejemplo, de la Guerra del Pacífico. De hecho hace poco los tuve en talleres.

Los objetos y siguen llegando. Marcos Rulli saca una bolsa pequeña de su bolsillo, la abre y extrae una serie de medallas e insignias. “Mira, Miguel García, de la Armada, me dio su chaqueta y cuando vio que estaba exhibida en una vitrina en el local, me vino a dejar sus medallas. Eso pasa a menudo, incluso con altas autoridades”.

¿Tiene todo clasificado?

Vengo trabajando hace más de un año, con asesorías, para educar y, por otro lado, para crear la Fundación del Mar Chileno para poder proteger las cosas que aquí hay. No vaya a ser cosa que el día de mañana una ley diga que los uniformes de la Armada no pueden ser exhibidos por un civil, por ejemplo. Por eso es que también, cuando alguien ha donado o regalado un objeto, le pedimos que lo haga por escrito.

En 2011 le incautaron casi 600 piezas entre huesos y fósiles ¿o no?

Se aprovecharon de la ignorancia. Lo que me pasó también le pasó a Cardoen pero a él no le hicieron la parafernalia que a mi. Me quitaron todo producto debido a la falta de información. Me dijeron que iban a incautar todas las piezas, yo quedé helado, y para no meterme en líos los doné porque así me lo pidieron. Pero después me entero, y eso me han dicho expertos, que a mí me jodieron, porque un fósil no es un monumento nacional, es un objeto paleontológico. Para que algo sea MN debe ser declarado tal, debe haber decretos. Cuando yo me enteré fue demasiado tarde. Y era tan fácil como que yo tuviese un respaldo escrito de dónde había obtenido todas esas piezas. Y no me hubieran quitado nada. Tampoco estuve detenido, como se dijo en la prensa.

¿La ha tocado atender a personajes destacados?

Muchos políticos y cantantes famosos, pero otros muy especiales. Un día yo estaba con mi hijo jugando pool, me llaman y me dicen, ‘don Marcos, hay una persona importante en el local para que venga’. Yo dije, no me molesten que estoy con mi hijo. Me vuelven a llamar, ‘don Marcos, parece que es importante el caballero porque está lleno de escoltas’. Tuve que partir y en la puerta escoltas, una media caravana y curioso voy a ver. Veo a un chinito en el salón y se me acerca un traductor. ¿Quién es el señor? pregunto y me dicen que el jefe del Estado Mayor de la Armada Japonesa y quería conocerme. Me pasa un regalo y yo le digo al traductor: ‘gracias pero yo soy un cliente que venía pasando por aquí no más’, casi se le salen los ojos pero cuando le digo que es broma recién se relajó. Otra vez, el capitán (que es quien recibe a los clientes) estaba haciendo un recorrido con un francés y era el que había hecho la muñeca de la compañía Royal Deluxe, La Pequeña Gigante. Cuando se fue le regalamos un buzo chiquitito. Y cuando vino la segunda vez a Chile, con el Tío Escafandra, supimos que se había basado en nuestro buzo”.



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