GLOBAL DEBUG cmaEdition: copesa.core.dto.CmsEdition: editionId='1811', status='2', createDate='2014-04-04 09:47:00.588', modifiedDate='2014-04-04 09:47:00.588', launchDate='null', expirationDate='null', date='2014-04-05 00:00:00.0', version='1', description='', modifiedUserId='2204', userId='2204', keywords='' Los sismólogos en el país de los terremotos | Tendencias | La Tercera Edición Impresa

Los sismólogos en el país de los terremotos

No son más de 15 en todo el país y deberían ser 200. Quienes estudian con profundidad los sismos son un bien escaso en Chile. La falta de inversión pública en la formación de profesionales es la responsable de la llegada de un gran contingente de extranjeros, que con más instrumentos y financiamiento potencian el desarrollo del área en Chile.

SERGIO Barrientos no durmió la noche del martes. El terremoto de Iquique y sus posteriores réplicas trasladaron a un enorme contingente de periodistas al Centro Sismológico Nacional ubicado en la capital, organismo que él dirige. Barrientos se paseaba con ojos cansados tratando de responder preguntas de la más diversa índole. La que más se repetía en las primeras horas era una de las que más le cuesta responder: ¿Vendrá otro sismo de las mismas características del ocurrido el martes? Desde entonces, Barrientos no ha parado porque no tiene mucha gente sobre la cual delegar: paradójicamente, en un país tan sísmico como Chile, hay pocos sismólogos como él.

Junto con Japón, Alaska e Indonesia, por nombrar a los más insignes, Chile, por sus características naturales, es uno de los mejores países para el estudio de terremotos. Sin embargo, a juicio de los especialistas, el esfuerzo del Estado y de las instituciones privadas no ha sido suficiente para desarrollar adecuadamente esta disciplina. El sismólogo de la Universidad de Chile, Armando Cisternas, sentencia: “En estos momentos, puedo contar con los dedos de una mano a los sismólogos que tienen un doctorado. En cambio, en Japón hay más de 300. Es absurdo”.

Tras casi veinte años estudiando lo que ocurre con la sismología chilena, Michael Bevis, de la División de Ciencia Geodésica en la Universidad Estatal de Ohio, ha llegado a la misma conclusión: “No son tantos como se necesita porque el gobierno chileno no financia muchas investigaciones relacionadas con los terremotos (no en la proporción necesaria para los niveles de riesgo, al menos) y ha hecho relativamente pocos esfuerzos por constituir la sismología, la geofísica y otras ramas relacionadas en sus universidades”.

Precisamente porque son escasos, cuando ocurre un evento como el del martes, estos especialistas son buscados como si fueran ídolos populares capaces de tranquilizar a las masas. El caso más insigne es el de Marcelo Lagos (ver recuadro), que si bien no es sismólogo, es un geógrafo con una contundente trayectoria en el estudio de tsunamis. Pero con más o menos fama, todos muestran buena disposición frente a la alarma pública e intentan responder con paciencia preguntas que van desde cuándo vendrá la próxima réplica hasta dónde refugiarse en la casa para capear el peligro. En Antofagasta, por ejemplo, una zona de alta actividad telúrica, el único sismólogo es el académico de Geología de la Universidad Católica del Norte, Pablo Salazar. “Por eso, cuando pasa algo, me hacen entrevistas radiales y en los diarios locales”, dice.

También les toca tranquilizar a sus cercanos. Mauricio Fuentes, magíster en Geofísica de la Universidad de Chile, dice que la noche del terremoto “tenía el WhatsApp a full. Amigos, familiares, compañeros, todos me preguntaban por el tsunami, si iba a temblar de nuevo, si esto era lo que se estaba esperando”. A Klaus Bataille, geofísico y doctor en sismología, sus cercanos ya ni siquiera le preguntan, porque saben qué les responderá: que los terremotos no se pueden predecir. Lo mismo que dice Paula Manríquez, del Centro Sismológico Nacional.

Pero apenas pasa la emergencia, pasan también los minutos de gloria para los sismólogos, y ellos retoman lo central en su trabajo: las mediciones en los laboratorios, las clases en universidades de todo Chile y la investigación en terreno. Después de todo, el trabajo de estos profesionales implica conocer con extremo detalle la propagación de las ondas sísmicas al interior de la Tierra y el estudio de las causas que dan origen a los movimientos. Se trata de un trabajo arduo y puntilloso.

La ciencia sismológica comenzó en Chile después del terremoto de Valparaíso, en 1906, relata el sismólogo Armando Cisternas en su artículo “El país más sísmico del mundo”. En ese momento, el Presidente Pedro Montt se dio cuenta de que el país no tenía especialistas en terremotos y trajo uno del extranjero. El elegido fue el francés Fernand Montessus de Ballore y su tarea principal fue desarrollar el Servicio Sismológico Nacional.

La primera estación sismológica fue instalada por el francés en el cerro Santa Lucía en 1908. Le siguieron otras 29, que configuraron una de las mejores y más modernas redes de medición para la época. Pero tras la muerte de Montessus de Ballore, en 1923, la sismología chilena perdió el impulso y dinamismo y se dedicó más a obtener y organizar datos, que a crear nuevos patrones de estudio y desarrollo del área. Según Armando Cisternas el escenario empeoró tras el golpe de Estado en 1973: “Todos salieron volando de Chile en esa época. El que se quedó acá y logró salvar la sismología fue Edgar Kausel, director del Servicio Sismológico durante mucho tiempo. Hubo un momento en que estuvo totalmente solo y se quedó a pesar de todo y logró salvar la existencia del centro. Recién con el regreso a la democracia los más jóvenes comenzaron a volver”.

El sismólogo chileno de la Escuela Normal de París, Raúl Madariaga, grafica la desatención que ha tenido la sismología en Chile en una discusión que en 1999 mantuvieron a través de cartas en El Mercurio Edgar Kausel y el director de la Onemi de la época, después de que éste declarara que lo único que necesitaba para controlar un terremoto era un teléfono. “Ahora me da la impresión de que empieza a haber más confianza en la sismología”, dice Madariaga, quien volvió a Chile en 1997 junto a científicos europeos interesados en estudiar la zona del Maule, donde sabían que ocurriría el próximo gran evento.

Según Klaus Bataille, esa confianza en la sismología aumentó tras el terremoto de Aysén, en 2007. “Antes de eso, había poca inversión del Estado para tener una estructura sísmica en el país, pero ahí reaccionó”. Pero fue el terremoto de 2010 el que finalmente removió a las autoridades, explica Paula Manríquez: “No sólo movió el piso, sino también la conciencia de la gente que está arriba. Se han destinado más fondos, se ha despertado la inquietud por la sismología, que ahora no se ve como un dinero mal gastado. Eso antes no existía”.

Pero los signos del largo abandono del que hablan los más experimentados se ven todavía en las universidades. En Chile, la oferta académica en esta materia es escasa. Quienes desean convertirse en sismólogos ocupan principalmente tres vías de entrada. En primer lugar, la Geofísica, que sólo se imparte como carrera en nuestro país en las universidades de Chile y Concepción. En segundo lugar, a través de la carrera de Geología, aunque sus estudiantes deben especializarse posteriormente en Geofísica. Y, en un lejano tercer lugar, a través de la carrera de Geografía. Todos los profesionales de estos planteles son especialistas en fenómenos naturales, pero para ser sismólogo, que es el único profesional que tiene conocimiento acabado del instrumental que analiza los movimientos de la Tierra, hay que estudiar un posgrado.

En Chile, el Magíster en Ciencias con Mención en Geofísica de la Universidad de Chile es el único programa que ofrece especialización en sismología. Esta universidad, de hecho, es la líder indiscutida en la materia a nivel local, y en su Centro Sismológico Nacional se desempeña la enorme mayoría de los sismólogos del país. La otra opción de especialización es salir del país y realizar un magíster o doctorado en esta área, preferentemente en Estados Unidos, Francia o Alemania, que son los países reconocidos por hacer más investigación de campo.

Según Alexandre Corgne, director de la Escuela de Geología de la Universidad Austral de Chile, alrededor del 10% de sus estudiantes están interesados en ser sismólogos. Sin embargo, según el geólogo de la Universidad de Concepción, Jorge Quezada, quienes desean seguir este camino se enfrentan a un campo ocupacional bastante precario, ya que un sismólogo trabaja, en la enorme mayoría de los casos, en universidades o asociado a proyectos de investigación financiados por el Estado, que son descritos por todos los especialistas consultados como escasos. La remuneración financiera tampoco es un incentivo. Los expertos sitúan alrededor de un millón de pesos el sueldo que recibe un sismólogo por su trabajo cotidiano, la mitad de los más de dos millones que recibe, en promedio, un geólogo sin especialización cuatro años después del egreso, según el sitio mifuturo.cl.

Es por eso que si bien ha aumentado la oferta de estudiantes de Geología, esto no ha tenido mayor impacto sobre los estudios sismológicos. La aplastante mayoría de quienes ingresan a esta carrera se dedica al trabajo en las minas, que tiene fama de ser bien remunerado. Esa es precisamente la razón que ha llevado a varias universidades privadas a abrir la carrera en el último tiempo. En la Universidad Pedro de Valdivia (UPV), que fue la primera en ofrecerla, tienen Geología hace cuatro años, dice el director de carrera, Antonio Peralta, quien asegura que esto surgió por la demanda de los jóvenes. “Muchos de los niños que entran saben que tendrán un sueldo muy alto en las minas. Pero luego se dan cuenta de que no es tan fácil. De la primera generación de 30 estudiantes quedan sólo 10”.

A la UPV la siguió la Andrés Bello, que tiene Geología hace tres años. Manuel Suárez, director de la carrera, dice que actualmente hay “un boom de carreras de Geología. Esto responde un poco al crecimiento de la minería, de la publicidad que dice que la minería es muy bien pagada, aunque hay muchos acá a los que les gusta investigar”. En la Universidad Austral de Chile y en la Universidad Mayor, en tanto, abrieron la carrera de Geología hace dos años y en la Universidad del Desarrollo este semestre. Todos dan cuenta del creciente interés. La primera generación de la Mayor tuvo 66 estudiantes y la segunda, 80. Pero Paula Larrondo, directora de esta carrera, lamenta que esas ganas choquen con la realidad. “Esto requiere de financiamiento a nivel país, para generar más conocimiento en Chile a través de la creación de distintos centros de investigación, donde se les dé a los jóvenes la oportunidad de desarrollarse profesionalmente”.

El objetivo, dice Barrientos, debería ser multiplicar los especialistas en sismos con los que cuenta el país. “Este último tiempo se ha estado hablando de una de las cosas más importantes que está dominando el proceso de generación de terremotos, que es el rol de los fluidos en las fallas. Y no tenemos aquí en Chile ningún especialista que se dedique a estudiar esos problemas. Necesitamos tener esas contrapartes para poder hacer la historia completa del terremoto. Somos unas cinco personas que nos dedicamos a ciertas labores y necesitamos un ejército, a más de 100 personas”.

Ignacia Calisto y Matt Miller están casados y son de los pocos sismólogos que trabajan en Chile. Ellos grafican la forma en que se realiza buena parte de la investigación sísmica en el país: a través de la alianza con instituciones internacionales. Calisto es chilena y Miller es inglés. Llegó como estudiante de doctorado en un proyecto sismológico entre la Universidad de Concepción y la de Cambridge y Tokio: “La gente que estudia sismología en Inglaterra, donde no hay sismos, típicamente participa en proyectos que están en los países en los que sí hay”.

El primer terremoto que le tocó fue el de 2010, que además vivió en el epicentro porque ambos trabajan en la Universidad de Concepción. Calisto cuenta que esa noche, mientras ella se quedó escuchando cómo su casa crujía, su marido estaba fascinado tratando de detectar de dónde venía la onda sísmica. “Sus compañeros de la universidad, en Inglaterra, le mandaban mensajes diciendo: ‘Espero que estés bien. Te envidio’”.

Lo que envidian es la realidad sísmica chilena, porque el país es un “laboratorio natural” para aprender de terremotos, dice Ignacia Calisto. Pero no estamos aprovechando ese potencial para investigar y aprender más de este tipo de fenómenos naturales que nos afectan de manera tan fuerte. En Inglaterra, mientras tanto, ocurre lo contrario, explica Calisto, “los sismos son de magnitud 5, pero tienen tecnología, instrumentos, recursos y sismólogos, así que buscan otros lugares del planeta para investigar, como Chile. Nuestro país pone la logística y muchas veces investigamos juntos”. Esto beneficia a Chile y al mundo. “Pasan terremotos grandes tan pocas veces, que se necesita estudiar con instrumentos lo más posible”, dice Miller.

Alemania es uno de los países que más investiga en Chile. Esta nación forma parte del Integrated Plate Boundary Observatory Chile (IPOC), una red internacional que monitorea la interacción entre las placas de Nazca y Sudamericana para comprender la física de los terremotos y evaluar los riesgos y generar herramientas de predicción. También lo conforman la Universidad de Chile, la Católica del Norte, el Centro de Investigación Alemán para las Geociencias y el Institut de Physique du Globe Paris.

Otro ejemplo de capital humano importado es el del geólogo de la Universidad Austral de Chile, Jasper Moernaut. Llegó al país proveniente de Bélgica en enero de este año para estudiar los restos geológicos que dejan los terremotos en el fondo de los lagos y está sorprendido por la poca cantidad de profesionales dedicados al tema. “La paleosismología es una disciplina muy joven, pero incluso en Bélgica, donde no hay mucha actividad sísmica ni erupciones, está mucho más desarrollada. Acá todo está empezando, creo”.

Pese a que estamos atrasados, todavía es tiempo de ponerse al día, porque a la exploración aún le queda mucho tiempo. Aunque no sepamos ni con qué frecuencia ni intensidad temblores y terremotos seguirán ocurriendo. Según Armando Cisternas, “el hecho de que haya terremotos es una señal de que la Tierra sigue viva. En el momento en que se enfríe se van a acabar los terremotos, como pasó en Marte, que es un planeta muerto. Por eso yo a la gente le digo: ‘vaya a la misa todos los domingos y pídale al Señor que continúe habiendo terremotos’”.

Armando Cisterna

“En Chile necesitamos que haya un instituto que sea financiado por el Gobierno y tenga como finalidad formar sismólogos”.

Matt Miller

“Conozco sismólogos chilenos que trabajan en Alemania con más oportunidades, mejores sueldos y con más plata para las investigaciones”.

Ignacia Calisto

“No deberíamos depender de proyectos extranjeros para desarrollar nuestras propias investigaciones en términos de instrumental y terreno”.

Klaus Batalle

“En Japón la U. de Tokio tiene un instituto con cien sismólogos. En Chile no hay más de diez. Hay investigación, pero somos pocas personas”.

Pablo salazar

“Esta es una pega oculta, en la que se investiga qué fallas están activas en la corteza y qué peligros pueden traer si es que las hay”.

Sergio Barrientos

“Necesitamos especialistas. Somos una sociedad pequeña que necesita incorporar personas que puedan entender el concepto de Tierra de manera comprehensiva”.

Paula Manriquez

“Creo que vamos por buen camino. El martes se demostró que las cosas funcionaron. Los dineros están bien invertidos y hay que seguir así”.



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