GLOBAL DEBUG cmaEdition: copesa.core.dto.CmsEdition: editionId='1598', status='2', createDate='2013-09-06 11:51:40.746', modifiedDate='2013-09-06 11:51:40.746', launchDate='null', expirationDate='null', date='2013-09-07 00:00:00.0', version='1', description='', modifiedUserId='2204', userId='2204', keywords='' El balcón del adiós | Reportajes | La Tercera Edición Impresa

El balcón del adiós

A las 9.20 am del martes 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende abrió un ventanal y se asomó a calle Moneda. Un grupo de estudiantes lo aplaudió y el presidente les devolvió el saludo. El fotógrafo argentino Horacio Villalobos capturó el momento, en una foto que es considerada oficialmente como la última imagen con vida del malogrado primer mandatario. A 40 años de esa mañana, el autor del retrato y dos de sus protagonistas reviven la historia y hablan de las marcas que ese hecho dejó en sus vidas.

por Francisco Siredey

Como quería deshacerse de algunos bultos, una vecina de la población Santa Adriana le regaló a Benito Jaramillo una caja llena de libros y revistas. Al joven de 18 años le interesó particularmente un número de la revista Visión, que tenía varias banderas latinoamericanas en la portada. Corría 1976 y, a raíz del golpe de Estado en Argentina, el reportaje principal trataba el tema de los derrocamientos en Latinoamérica, con un extenso registro de fotografías. Jaramillo fijó la vista en una de ellas y se reconoció de inmediato, vestido de escolar con un portadocumentos en la mano.

La imagen era de tres años antes. Estaba afuera del Palacio de La Moneda, junto a varios compañeros de escuela, mirando hacia uno de sus balcones. Arriba de todos ellos estaba, aunque algo desdibujada, la figura de Salvador Allende con la mano derecha en el aire, saludándolos. Luego de salir de la sorpresa inicial, Jaramillo comenzó a recordar lo que había visto ese día y vivido desde entonces. Sus convicciones se fortalecieron, pero no pudo eludir el llanto. Hasta el día de hoy piensa que esa mano alzada fue una suerte de despedida.

El último aplauso

El fotógrafo argentino Horacio Villalobos nunca había estado en Santiago. Cuando aterrizó en Pudahuel, la noche del lunes 10 de septiembre de 1973, estaba entusiasmado. La revista Time lo había enviado por tres días a la capital chilena y luego trabajaría otros tres días más para la United Press International (UPI). Se dirigió al hotel Carrera, donde se reunió con el corresponsal Charles Eisendrath, para coordinar el trabajo del día siguiente, en el cual tenían programada una entrevista con Salvador Allende, cerca de las 11 de la mañana. Como no había habitaciones disponibles en el Carrera, Villalobos se instaló en el hotel Panamericano, ubicado en Teatinos, llegando a Huérfanos. El teléfono de su pieza sonó inesperadamente a las 7.30.

-Despierta. Hay movimientos en la plaza. Sería bueno que fueras a conseguir unas fotos allá -le encomendó Eisendrath.

A esa hora, Benito Jaramillo y Rubén Toledo ya estaban despiertos. Pese a que ambos eran compañeros de curso en el Segundo Medio A del Instituto Comercial Nº 9 de Santiago y vivían en la población Santa Adriana, se iban por caminos diferentes. Jaramillo se levantó a las 6.30, luego desayunó y tomó la micro 34, de la línea San Eugenio-Recoleta, cerca de las 7.15. Sus padres no le habían pedido ninguna precaución en especial cuando salió, pues no encendían la radio tan temprano y no se habían enterado de las noticias.

Las clases comenzaban a las 8.00, pero ningún profesor se presentó en la sala. Un compañero pasó avisando que el director los requería a todos en el patio. Allí les dijo que debían volver a sus casas de inmediato, pues un Golpe de Estado estaba en ejecución a dos cuadras de allí. Cuando el director liberó a los estudiantes, la gran mayoría obedeció, pero Jaramillo no fue uno de ellos. Tenía la costumbre de meterse en todas las marchas de izquierda y quería saber qué estaba pasando. “Ese día debía quedarme a trabajar en el torno de un tío y después a entrenamiento de boxeo en la rama de Colo Colo. Si me iba para la casa, se me iba a echar la yegua, así es que me quedé husmeando”, explica.

Toledo llegó al colegio cuando todos estaban saliendo, pasadas las 8.30. Ya había escuchado a un carabinero decir por megáfono que todo el mundo debía alejarse del centro, pero como le gustaban las emociones, siguió adelante y se unió al grupo de Jaramillo. “Vi un vuelo rasante de los Hawker Hunter, que era como de advertencia, pero yo era bien ‘contreras’ y andaba buscando el peligro”, cuenta Toledo.

El grupo de entre 10 y 12 jóvenes caminó por Moneda hacia el oriente y llegó a la esquina con Teatinos. Allí todos vieron que La Moneda estaba rodeada por carabineros armados y que un puñado de tanques se había apostado en la Plaza de la Constitución. Villalobos estaba ahí, tomando fotos desde la esquina opuesta. “Yo sabía de la huelga de los camioneros, de los cacerolazos y todo eso, pero no sabía cómo estaba el ambiente. Recuerdo que el Golpe fue extremadamente violento para los estándares de Sudamérica”, comenta el fotógrafo, quien a esas alturas era acompañado por un camarógrafo uruguayo de la agencia Visnews, Ariel Onetto.

Los buses de carabineros aparecieron alrededor de las nueve, para recoger a la guardia presidencial, que renunció a sus labores y abordó los vehículos. Estos desaparecieron en dirección al poniente. La Moneda había quedado desprotegida. Eran las 9.20 cuando el presidente abrió el ventanal y se asomó por el cuarto balcón (de oriente a poniente) que da a calle Moneda. Miraba hacia la plaza como intentando corroborar que había sido abandonado. A unos 60 metros de distancia, Villalobos lo reconoció. Ya lo había visto en persona el 25 de mayo de ese año, cuando el mandatario chileno asistió a la investidura del Presidente Héctor Cámpora. De inmediato corrió hacia él, exclamando su nombre: “¡Allende, Allende!”. Aunque sólo alcanzó a disparar su cámara dos veces, fue más que suficiente. El gran angular le había permitido capturar un momento único.

El peso de los años

El grupo de estudiantes corrió hacia abajo del balcón y se puso a aplaudir. “Allende, Allende, el pueblo te defiende”, gritaban casi todos. Toledo no. Era más tímido que el resto y sólo lo miraba. De no haber escuchado la burla de alguien que pasaba por la plaza, no hubiera roto su silencio. “Lo esperan en Pudahuel, compañero”, se oyó. Sólo entonces, Toledo sacó la voz.

-¡Déles duro, compañero presidente! -vociferó. El grito fue respondido con un último saludo de Allende, quien volvió a entrar. Cuatro horas más tarde sería encontrado muerto, con un disparo en la cabeza, en el Salón Blanco de La Moneda.

“Como que me piqué y por eso dije lo que dije. Quería que el otro tipo escuchara”, aclara Toledo.

Un grupo de carabineros salió desde el edificio de la Intendencia poco después y dispersó a todos a punta de culatazos y patadas. Villalobos se quedó dando vueltas en el sector durante toda la mañana. Vio a los tanques disparar contra La Moneda, el fuego cruzado entre miembros del GAP y los militares y el bombardeo aéreo de los Hawker Hunter. Entonces fue capturado por una patrulla. “Sentí ese sabor metálico en la boca con el que describen el miedo en las novelas baratas. Algunas fotos casi me cuestan la vida”, señala Villalobos, quien argumentó que se había perdido en busca de su hotel y fue puesto en libertad. Cuando regresó a Buenos Aires, casi dos semanas después, comenzó a tener violentas pesadillas.

Después de ser golpeado por un carabinero, Toledo se fue a casa, respetando el primer toque de queda, fijado a las 12. De su vida durante el gobierno militar prefiere no hablar. “Tengo un pasado muy complicado, del que prefiero no acordarme”, cuenta el hombre de 55 años, que vivió por mucho tiempo fuera de Chile y es tío de Kevin Silva Toledo, el joven de 16 años que fue atropellado y sufrió la amputación de las dos piernas en 2011.

Por su parte, Jaramillo fue a trabajar al torno de su tío José Olguín, pero éste lo mandó de inmediato a su casa. A la hora de almuerzo vio a su padre llorar de impotencia ante el Golpe, pero se rehízo rápidamente. Esa misma tarde acompañó a sus amigos del barrio, entre ellos el actual alcalde de El Bosque, Sadi Melo, a limpiar la parroquia de toda propaganda de izquierda. Horas después, levantó la primera de muchas barricadas. Fue el comienzo de su vida política. Luego pasó a las filas del Mapu y el Lautaro, pero se retiró decepcionado, en 1984. Ese mismo año fue detenido y torturado por un grupo de la Dicomcar. “Tengo una herida en el oído medio por los golpes del ‘Pegaso’ (apodo del carabinero Claudio Salazar), el mismo del caso degollados”, comenta el contador de 55 años. Cuando el país recuperó la democracia, se enroló en el Partido Socialista, su sueño desde que vio a Allende en el balcón de La Moneda.

Según la Fundación Salvador Allende, la imagen tomada por Villalobos es la última del líder socialista con vida, pese a que existen otras tomas obtenidas por el fotógrafo de La Moneda, Leopoldo Vargas, que serían del mismo día. El argentino exhibió todas las fotos obtenidas en Chile cuando se cumplieron 30 años del Golpe. No las había visto desde entonces. Actualmente, su amigo Luis Casado organiza una nueva muestra, en conjunto con la Academia de Humanismo Cristiano, para conmemorar el 40º aniversario. La imagen también está abierta al público en el Museo de la Memoria.

“Me parece que tomó una valor histórico en la interacción con los chicos, porque es la imagen de un tipo diciendo adiós”, argumenta el fotógrafo, ya jubilado, a sus 67 años.

Pese a su importancia, el retrato no está enmarcado ni ocupa un lugar en las paredes de su casa. Tampoco en las de Jaramillo o Toledo, los únicos dos protagonistas de la foto que han sido identificados, además de Allende. En cuanto a los negativos originales, estos todavía reposan dentro de una caja de papel fotográfico de color amarillo, el mismo recipiente donde han estado desde que salieron de Chile, escondidos en una maleta de doble fondo, en 1973.



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