La compasión también se puede entrenar

Contrario a lo que se pensaba, la disposición a ayudar a los demás no es un rasgo estable de personalidad, sino una habilidad factible de ser desarrollada. Un nuevo estudio asegura que los resultados pueden medirse con sólo dos semanas de práctica.

por Ricardo Acevedo Z./ Ilustración: Marcelo Escobar

Es uno de los rasgos clave para la cooperación y, como tal, permitió que el hombre evolucionara en sociedades gracias a estrategias vitales como la colaboración, el apoyo mutuo y la preocupación por el otro. Todos rasgos poco comunes hasta entonces en la naturaleza, donde la supervivencia del más fuerte se erguía como el motor principal en el comportamiento de las especies animales. Si bien hasta ahora se ha considerado que la propensión del ser humano a ser compasivo era un rasgo estable de personalidad, las últimas investigaciones prueban que esta “capacidad” no sólo se modifica a medida que envejecemos, sino que sería una suerte de “arte” en el que todos podemos entrenarnos.

Es más. Bastan dos semanas de entrenamiento para reforzar estas conductas en adultos. Eso fue lo que descubrieron científicos de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos, que utilizaron técnicas cercanas a la meditación y comprobaron que con esta práctica las personas presentan cambios en los patrones neuronales relacionados con conductas como la compasión y el altruismo. No es todo. En la última década, otras investigaciones han revelado que, lejos de la tradicional imagen de los “buenos y los malos”, todos estamos “cableados” para ser compasivos.

Y que diversas estrategias han demostrado que pueden fortalecer esta conducta: desde el factor imitación hasta la distancia que tenemos con un problema social dado, todo influye en nuestra voluntad a mostrar compasión hacia los demás. Hallazgos que podrían ser utilizados para diseñar nuevos mecanismos que permitan disminuir problemas como el bullying o tratar condiciones como la ansiedad social o el comportamiento antisocial, aseguran los investigadores.

Entrenar el altruismo

El profesor de Dinámica Evolutiva de la Universidad de Harvard, Martin A. Nowak, explica en su libro Supercooperadores que la compasión es uno de los grandes motores de la evolución, uno que ni siquiera Charles Darwin fue capaz de visualizar en sus afamadas teorías. El libro asegura que se trata de una capacidad que radica en la corteza media prefrontal, que es el área del cerebro que controla las habilidades socioemocionales. Esto se puede apreciar en la capacidad que todos, en mayor o menor medida, exhibimos cuando aportamos a una obra de caridad o asistimos a una persona extraña que nos pide ayuda en la calle.

Y es esta base cerebral, mediada por las conexiones neuronales que facilitan la transmisión de información, la que está probando ser factible de entrenar. Los expertos del Centro de Investigación para Mentes Saludables de la Universidad de Wisconsin buscaban conocer si un adulto podía aprender a ser compasivo o si, al menos, estas actitudes se podían fortalecer para mejorar las relaciones sociales entre las personas.

Durante 30 minutos, por un lapso de dos semanas, un grupo de sujetos debía escuchar instrucciones como parte de un programa de entrenamiento consistente en meditación para la compasión, una técnica de origen budista que incrementa el sentimiento de preocupación hacia el que sufre. Pero hasta ahora sólo monjes con años de entrenamiento habían acudido a esta práctica. En el experimento, todos debían imaginar un momento en el que otra persona sufriera, para luego practicar deseando que el sufrimiento se alejara con frases como “pronto pasará este momento amargo” y “te sentirás mucho mejor cuando todo haya terminado”.

En el entrenamiento comenzaban imaginando que esto sucedía a alguien muy cercano -como una pareja, un familiar o un amigo- para luego aplicar la técnica con ellos mismos, con un completo extraño y, finalmente, con una persona que les causara conflicto, como un compañero de trabajo o un “vecino molesto”. Dos pruebas se realizaron para probar los efectos de esta práctica. La primera fue una adaptación del llamado “juego del dictador y la víctima”, donde los participantes debían redistribuir una suma de dinero muy mal administrada (el dictador sólo pasaba $1 de $10 a la víctima).

Cerebro más compasivo

Todos los que hicieron el entrenamiento fueron más altruistas y repartieron equitativamente la suma comparados con el grupo de control. Pero lo más sorprendente emergió del análisis de las imágenes del cerebro tomadas a los sujetos desde el inicio hasta el fin de la investigación. Utilizando la técnica de Resonancia Magnética funcional fMRI, los científicos comprobaron que tras el entrenamiento los sujetos presentaban cambios a nivel cerebral, específicamente en áreas como la corteza parietal inferior, responsable de la empatía y la comprensión, así como en la corteza prefrontal dorsolateral, involucrada en la regulación de emociones y emociones positivas.

Los hallazgos se utilizarán ahora para diseñar programas que puedan ser aplicados en las escuelas, que ayuden a los niños a regular emociones y sintonizar con los sentimientos de otros compañeros, lo que podría disminuir la incidencia de problemas como el matonaje, aclara la investigación. La misma técnica podría ayudar a mejorar la respuesta emotiva de personas con patologías como la ansiedad social o conducta antisocial.

En adolescentes, por ejemplo, estudios previos han demostrado que debido a los cambios hormonales en esta etapa los jóvenes presentan más problemas para empatizar, lo que también podría disminuir con esta clase de entrenamiento.



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